viernes, 10 de mayo de 2019

LA SOMBRA DE LUNA LLENA



(NELSON IRIGOIN GALVEZ)
De loco me tratan todos, dicen que por pura lástima me enviaron  al manicomio en vez de la cárcel, pero yo sé lo que vi, estoy totalmente convencido que fue real… ese par de ojos brillantes de un fantasma aún me persiguen en sueños.
Todo empezó una noche de luna llena, yo dormía en la terraza de mi choza. Allá en mi chacra, cuando escuché algo en las ramas de un pandisho que sirve de gallinero por las noches.
Alarmado, saqué la escopeta y me puse al cuello la talega con balas y sigiloso me arrastré por el emponado hasta la esquina del techo y se podía ver con total claridad hasta más allá del maizal y la purma.
Fijé mi mirada en el follaje del árbol donde escuché el griterío de las gallinas.
De pronto: Al dián. Qué es eso. No pude contener mi asombro cuando vi que un bulto negro se descolgaba de las ramas y corría a toda velocidad por el patio.
Cuando hice el primer disparo, ya había desaparecido.
Dije: Segurito es un intuto hambriento. Bajé del terrado sin soltar mi arma y fui a ver el daño. Alawa mis gallinas, varias estaban tiradas en el piso muertas.
Extrañado observé que nada de daño tenían, ni desplumadas, ni con rasguños.
Es así, la piel posheca ídem granjina en el cuello dos puntos rojos, ashishitos que parecían heridas de colmillos.
Recién me asusté, no existe animal que pueda hacer esto, ni siquiera el oscuro piri, chupasangre nocturno y preocupado volvía a la cama.
Me levanté justo amaneciendo. Hice fuego en la tushpa con leña de capirona y dejé cocinando una olla de inguiri.
Fui al pastizal donde criaba mis únicos cuatro novillos.
La desgracia no había acabado para mí, encontré muerto a uno, igual que las gallinas, no tenían heridas abiertas, ni moretones, solo dos pequeños orificios en el cuello.
Como buen montaraz sabía que este ser dañino tenía que volver.
Esta vez iba a estar preparado y cobraría mi venganza..
Armé mi chapana en la misma terraza de mi choza , por las noches traía las reses al patio, cerca del gallinero y yo acostado, vigilaba inmóvil con la escopeta cargada.
Nadie apareció, después de dos semanas me di por  vencido.
Justo en la siguiente luna llena, otra vez me sorprendió, mis novillos seguían durmiendo en el patio.
 Un mugido me despertó, brinqué de mi cama y corrí a la esquina del terrado con el arma, no tuve tiempo para apuntar bien y disparé a quemarropa, esta vez salió huyendo el bulto negro y se perdió por el maizal.
Corrí a ver el daño y quedé sorprendido, tan solo uno estaba de pie, las otras dos yacían tirados en el piso sin vida.
Además de los pequeños orificios en el cuello, tenía el cráneo abierto. Ese bendito animal había chupado toda la sangre y los sesos de mis terneros.
Estaba dispuesto a cazarlo. Alumbrado solamente por la luna, seguí su rastro hasta la montaña, ahí se perdía. Volví con rabia e impotencia, no podía hacer nada al respecto, otra vez tuve que ahumar la carne para no echarle a perder.
Analizando, noté que el animal solo salía en luna llena y me preparé para la siguiente vez.
Cuando llegó el día señalado, tenía afilados varios machetes, algunos tramperos hechizos instalados en lugares estratégicos, la escopeta y muchas balas.
Puse de carnada a mi único ternero en esa fría noche fumando mi papacho y tomando copitas de ventisho.
A la medianoche me vino un sueño, que ya comenzaba  a cabecear, sentí un soplido caliente detrás de mí cuello,  giré la cabeza y ví brillar dos ojos amarillentos a menos de un metro de mí.
Quise gritar y correr, pero nada, no podía, estaba hipnotizado, mi adormecido cuerpo no obedecía.
Esos ojos brillantes se acercaban más y más hacia mí  y a la luz de la luna pude ver sus enormes colmillos y una lengua felina.
Mi cuerpo se dormía, hice un último esfuerzo y apreté a duras penas el gatillo de mi arma.
Salió el disparo y la gran bestia negra retrocedió, pero no huyó, se abalanzo sobre mí.
Con  una gran destreza me quité a un lado, tomé un machete mientras la fiera intentaba atraparme con sus garras, son perder tiempo logré darle un tajo por entre las patas.
Lancé al patio la escopeta y el machete, brinqué atrás, sin miedo.
No me hice daño volví a tomar las armas y esperé como todo valiente cazador y selvático dispuesto a luchar hasta el final. Solo uno debía salir vivo.
No apareció por ningún lado y me puse en el centro del patio, apuntando con el arma en distintas direcciones.
De pronto cruzó a toda velocidad delante de mí…solo quería asustarme, como si razonara, pasaba cerca de los tramperos sin activarlos.
Por fin la fiera se detuvo, entró al patio lo vi entonces… era un enorme felino totalmente negro, solo sus colmillos blanqueaban y sus ojos amarillentos como el mismo sol me miraban fijamente acercándose cada vez más.
¡Yanapuma! ¡ Yanapuma! , grité aterrado al reconocerle.
Ahora más cerca , abría las mandíbulas mostrando sus grandes colmillos ya manchados con sangre, seguramente de un ternero.
Creí que era imposible vencerlo, recordé cuando mi abuelo me contó sobre él.
Este ser maligno es un hombre malvado transformado en fiera, se alimentaba d solo de sangre y cerebros y seguramente quería comerme.
Hoy, no me comerás hijo del supay, volvía a gritarle para darme valor, pero mi voz salió quebrada y tartamudeante.
Cerré los ojos y apreté el gatillo, mientras veía que la fiera se abalanzaba sobre mí.
El yanapuma es un brujo, ya que el arma no disparó y un fuerte moquetazo me tumbó al suelo, mi cabeza chocó contra la dura tierra, se abrió una herida y comencé a sangrar.
Brillaron aún más sus ojos y se abalanzó a m i cuerpo moribundo, sentí su áspera lengua sobre mí, estaba bebiendo mi sangre.
Intenté levantarme sin lograrlo, me debilitaba rápidamente y de pronto palpé con mis manos un frío metal, deslicé mi mano y me di cuenta que era el machete.
No dudé en utilizarlo, tomé un gran impulso y le clavé en la panza a la bestia.
Levantó sus patas delanteras y dio un gran rugido que parecía quejido, no perdí tiempo, le clavé otro y otro más.
Cayó de espalda, volteó enloquecido y furioso se abalanzó contra mí, yo estaba en pie, solo que a la derecha y éste cayó en el vacío y aproveché  para hacer una carnicería en su espalda, como un loco demente continuando masacrando el lomo del yanapuma con mi afilado machete.
Empezó a sangrar verde al principio, luego rojo. Yo gritaba sin sentido mientras mi rostro se inundaba con la sangre del yanapuma.
Al fin me detuve, volví mis ojos al felino, su negro cuerpo estaba inmóvil en un charco de sangre.
Me arrastré hasta la choza, arranqué un manojo de llantén para lavar mis heridas, luego le eché resina de sangre de grado y me vendé con cuidado.
Cuando desperté al amanecer, tenía adolorido el cuerpo, ayudado por un bastón fui hasta el patio para ver mi hazaña.
Grande fue mi sorpresa cuando encontré, en vez de la enorme fiera a un hombre desnudo, de rostro pálido y canoso, tenía el cuerpo repleto bañado de sangre.
¡Maldito yanapuma! , le grité,. Mientras recogía el machete ensangrentado.
Quedé un momento pensando lo que iba a hacer con el muerto, cuando de pronto escuché el alboroto de una multitud acercándose por el camino.
Con las pocas fuerzas que me quedaban corrí a su encuentro para advertirles de los tramperos que aún seguían instalados.
Se acercaron tomando precauciones, me miraron con recelo, mientras preguntaban sobre los disparos y gritos de la medianoche.
Narré lo sucedido con detalle, primero me escucharon, luego al ver el cuerpo ensangrentado del viejo, me prendieron sin piedad, ni siquiera les importó mis heridas, ataron mis manos y confiscaron mis armas.
Fue el yanapuma , les decía, pero estos incrédulos hombres, forasteros de tierras lejanas nada saben de esto y me llevaron para juzgarme.
Yo sé lo que he visto, esos ojos amarillentos clavados en la negra sombra, aún me persiguen y torturan cuando duermo.

lunes, 29 de abril de 2019

Y A N A P U M A



El yanapuma regresó a su cueva, cogió a sus cachorros y se internó en la selva rumiando su tristeza.
Caminó por senderos agrestes, alejándose lo más que podía hasta que el cansancio la doblegó.
Enseguida rodeó a sus crías con su débil cuerpo y se quedó dormida.
Ya habían rodeado la cueva, hacía varios días que la perseguían subiendo por abismos y despeñaderos, permaneciendo escondidos entre los arbustos.
Una verdadera cacería y por fin la tenían cerca, lanzaron antorchas hacia el interior de la cueva con la intención de obligarlos a salir.
Ella estaba a punto de parir y ya no podía continuar huyendo, era necesario quedarse allí.
Entonces decide salir a enfrentarlos, sabe que la atraparán. Pero tiene como misión salvarlos y era la única esperanza de que su especie no se desaparezca, porque solo quedaban ellos.
Los hombres estaban tirados esperando a sus presas y cuando vieron que uno de ellos se asomaba a la entrada de la cueva, sus ojos se enrojecieron, revisaron su retrocarga, quitaron el seguro y dispararon.
Una bala se incrustó en una extremidad superior y otra en el lomo. La bestia intentó volver a la cueva arrastrándose y a través de su mirada suplicaba piedad, más sus cazadores no la temían.
Se acercaron presurosos y la atraparon, arrastrándola con fuertes sogas, ya era imposible escapar.
¡Lo han muerto, Felipe!  Dijo uno. No hombre está vivo, pero ya morirá.
Mañana regresaremos por el otro y ganaremos una fortuna con sus pieles, respondió alegre.
Y los tres hombres se alejaron, pero sucumbieron ante el cansancio y se durmieron.
Al día siguiente regresaron a la cueva y al no encontrar lo que ambición desmesurada buscaban, se alejaron maldiciendo el silencio del lugar.
Un brujo se acercó a la bestia, cogió a sus crías, los colocó en una alforja y a ella la cargó en la espalda y se los llevó.
Era una noche en que la luna resplandecía. Al llegar, decidió que era el momento, tenía que hacer  algo a esta especie o desaparecería.
La colocó en un lugar en donde la luna le iluminaba totalmente.
Le dio de beber una pócima, el brujo entró en trance pronunciando palabras extrañas, luego un silencio sepulcral, el conjuro ya estaba hecho.
Abrió los ojos, recorrió con su mirada el lugar, nunca había estado allí, recordó a sus crías, se levantó apresurada, aura sí. ¡Que le había sucedido, ya no era la misma. El brujo la observaba desde un rincón oscuro.
Cálmate – le dijo – No te asustes, pero que me pasó , preguntaba sorprendido.
Te has transformado, ahora eres  uno de ellos, sin embargo no te quedarás así.
Puedes volver a ser la antes cuando quieras, respondió el brujo. Ahora irás  a buscarlos y ya sabrás que hacer.
Ella comprendió. Buscó a sus cachorros, los miró tiernamente, mientras volvía a ser ella, los sujetó con la boca y se los llevó.
Ya en su guarida nuevamente los amamantó con ternura mientras limpiaba sus cuerpos y después que se durmieron partió.
Lo vio bañándose en un riachuelo cercano a la choza, donde se refugiaban, era el primero.
Se le acercó y en su mirada se reflejaba un odio disimulado, disfrazado de seducción, la tenía muy cerca y le hipnotizaba.
Lo llevó hasta la cueva, en la entrada quiso retroceder, pero era demasiado tarde, dos faros con un brillo espeluznante le miraban  le miraban fijamente, el miedo le inmovilizó, la bestia saltó sobre él, mordiéndole el cuello, le arrancó la cabeza con un odio desenfrenado y lo arrastró hacia la oscuridad, era un cuadro sangriento.
Dos cachorros tenían su primera cena con carne humana.
Felipe y Remberto esperaban angustiados la llegada de Josías, pues había salido al atardecer y decidieron ir a buscarlo.
El silencio era extraño, de pronto escucharon un rugido detrás de ellos, voltearon y lo vieron.
Era un animal descomunal, los ojos le brillaban como chispas de fuego, sus cuatro patas se aferraban al terreno rocoso.
Después dio unos pasos alrededor de ellos  con una astucia felina como hipnotizándolos, les mostró sus enormes colmillos en actitud amenazante. No hubo tregua, se lanzó sobre ellos.
Remberto logró escapar, mientras que Felipe fue atrapado en sus brutales fauces y de un violento tirón le arrancó la cabeza, el cuerpo quedó tirado en el suelo, la cabeza a un costado y la bestia se alejó.
Sabía exactamente a donde ir y a quién buscar, él era un mozo fornido y formaba parte del grupo que provocó la sangrienta cacería, le había reservado para el último, era el elegido.
Ahora, él estaba solo en el tambo intentando calmar su pánico, ella se acercaba, ingresó al lugar, bastó con mirarla, sus ojos brillaban con un rojo intenso y no tuvo tiempo de reaccionar, le rodeó con sus brazos y lo sedujo, le cogió de la mano y la siguió.
Se perdieron en la selva, cuando despertaron  se encontraba en la guarida.
La vio acercarse con su caminar contorneante y le dijo: Bebe.
De pronto entre imágenes borrosas la vio convertirse en un enorme yanapuma que venía rugiendo espantosamente mostrando sus colmillos filudos, intentó correr, sin embargo su cuerpo no se movía, la bestia le miraba y caminaba alrededor de él, lentamente, vigilándole.
Entonces Remberto empezó a transformarse, su piel ahora era de un negro intenso y aulló de una manera espeluznante, ella se acercó y ambos compartieron un rugido espantoso, ya no estaba sola.
Ahora la especie estaba asegurada.
En la quietud de la selva, dos yanapumas caminan acechando a esos seres que se internan en la selva, se miran los dos, conspiran y atacan, mientras que las dos crías esperan hambrientos la llegada de su ansiado, pero macabro alimento humano.

sábado, 20 de abril de 2019

S A N A P I Y O Q U I


                                        (MUJER LUNA)
Reydelinda se bañaba en el río con sus cuatro hermanitos
El caluroso anochecer estaba iluminado por una luna llena que invitaba a refrescarse, por lo que Reydelinda no dudó en llevarse a los niños monte Adentro, donde les esperaba una pileta natural formada por grandes rocas.
Mientras sus hermanos chapoteaban en el agua, ella subió a una piedra para peinar su larga cabellera.
Los chicos erran hijos del Apu Nahwiri Pizango que dirigía  comunidad Shawi. Por ese motivo del descubrimiento del felino causó tal revuelo en el poblado, que la noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la zona de Papaplaya. Esa noche en el río la algarabía de los pequeños, contrastaba con la tristeza de su hermana mayor quién pensaba en Nurubé Huansi, el hombre al que dejó plantado una semana antes de su boda.
Cuando todos los preparativos estaban listos para la boda, una súbita intuición la obligó a cancelar su matrimonio.
Sin dar mayores explicaciones salvo a su madre y al novio, Reydelinda puso punto final a su historia de amor.
La noticia generó en el pueblo una ola de rumores y Pizango estaba dolido por este misterioso cambio de rumbo que tomó su hija.
Ella aún lo amaba, pero él ya no era la misma persona y llorando se lo contó a su madre. La mujer le aconsejó que lo pensara bien.
Cuando se armó de valor para comunicarle a su prometido su decisión, la reacción de éste fue terrible y furibundo prometió vengarse.
Con su violenta actitud, la joven terminó confirmando sus sospechas, su intuición no le engañaba, él se había transformado en alguien irreconocible.
Nurubé era tres años mayor que Reydelinda, sin embargo crecieron juntos, desde niños jugaban e iban a la escuela bilingüe.
Al llegar a la pubertad se volvieron inseparables, los dos se preocupaban por los problemas de su pueblo, eran muy amables con todos , ayudaban a los  niños en sus tareas escolares, atendían a los ancianos si lo requerían, participaban en las labores agrícolas y pesca de la comunidad.
Fueron años maravillosos para la comunidad shawi de Santa Sofía.
Pronto surgió el amor entre ambos y nadie se sorprendió cuando anunciaron el compromiso.
El con su porte de guerreo parecía tener la fuerza necesaria para defender a su pueblo de un ejército. Ella con su voz dulce cantaba a los niños y su anhelo era ser maestra de escuela.
El agua der río Huallaga seguía refrescando a los niños que esa noche jugaban sin parar.
De pronto Reydelinda c reyó escucha a lo lejos entre el silbido de las hojas una popular canción shawi SANAPI YOQUI, una canción que le dedicó Nurubé, el día que pidió su mano.
Buscó en el matorral, de dónde provenía esa canción, pero en medio de las sombras lo único que vio fue una mirada felina o sea los ojos del yanapuma.
Sin darle tiempo a reaccionar, el animal dio un salto ligero, apareciendo muy cerca de donde se bañaban.
Los niños dieron un grito ensordecedor, tan agudo que el murmullo lejano del pueblo de Santa Sofía calló de golpe.
Rey atrajo a los niños hacia ella, instándoles a permanecer en silencio mientras el puma negro tan negro como la noche oscura, exploraba la forma de llegar a ellos y dar el zarpazo final.
Parecía que la muerte estaba echada para los chicos y solo esperaban que el yanapuma entrara al agua.
Sin embargo un arbusto de floripondio que estaba a unos metros distrajo al felino.
Rey y sus hermanos vieron como el puma jugaba dando manotazos a la planta y comenzó a comer las flores blancas.
No pasó mucho tiempo para que el efecto alucinógeno del floripondio se hiciera presente.
El felino comenzó a retorcerse con una mezcla de placer y dolor, giraba sobre la hierba de un lado a otro, con visiones que el solo podía ver.
Fue en ese momento, que los niños aprovecharon para huir hacia la comunidad nativa, dejando atrás la amenaza que estuvo a punto de quitarles la vida.
Un año ante de esa noche de luna llena, Santa Sofía comenzó a sufrir infinidad de atropello en sus tierras.
Primero fueron unos madereros que utilizando grandes motosierras, comenzaron a talar los árboles de las chacras muy alejadas de la Comunidad.
Todo el pueblo se unió  para expulsarlos y los capturaron, los saqueadores fueron obligados a irse con las manos vacías, no sin antes recibir como escarmiento sendos latigazos.
Un día los jefes de las comunidades aledañas de Santa Rosa y San Manuel de Nashatauri, llegaron sin previo aviso a Santa Sofía.
Nahuel Maarichi con Odilio Yumbato llamaron a la vivienda de Pizango, solicitando una audiencia urgente con el padre de Reydelinda.
Pizango no se encontraba en el pueblo, estaba de viaje. Los visitantes les dijeron a los muchachos que volverían pronto con los jefes de otras comunidades Shawi, para tratar un asunto de suma gravedad.
Pasaban los días y la esperada reunión se llevó a cabo de acuerdo a lo previsto: Mariche, jefe de Santa Rosa, Yumbato jefe de San Manuel de Ñashatari, cumplieron el rol de coordinadores, trasladando a los demás jefes hasta Santa Sofía.
Llegaron los Apus de los Centros Poblados de Santa Rosa de Alto Shambira,Nuevo Nauta, Nuevo Alianza, Pijuayal, Nuevo Pizana y Nuevo San Martín.
Allí los esperaba Pizango con la comunidad en pleno, las mujeres llevaban flores en el pelo y los varones se arreglaron con sus mejores atuendos.
Después der ña bienvenida, Pizango llevó a los hombres hacia a una maloca alejada del pueblo para comenzar la reunión.
Pizango le hizo participar a Nuribé, les dijo a los jefes que el joven muy pronto sería su yerno, por lo tanto era necesario que apoyara en las decisiones de la comuna y nadie se opuso.
Rey también quiso ir, pero su padre le dijo que era una reunión de hombres.
Comenzó hablando Isidro Chanchari, apu de Santa Rosa de Alto Shambira quién estaba muy afectado por el tráfico de tierras que venían sufriendo en el Distrito de Pongo del Caynarachi.
Nuestras Comunidades Nativas no tienen Títulos de Propiedad, estamos en posesión de nuestros territorios ancestrales, pero solo tenemos reconocimiento legal.
No es justo que las tierras estén valoradas en 80 céntimos cada Há.
Me ha llegado esta notificación, Isidro mostró un papel arrugado. Hay buna Empresa Coreana “Ecoamérica” que está reclamando 72,654 Hás. de nuestro territorio a un Juez de Yurimaguas.
Cuando dijo esto, el silencio de los demás hombres se rompió. Comenzaron los sentimientos de enojo y súbitamente el miedo se apoderó de todos.
Pizango los trató de calmar, pero los cuchicheos no cesaban debido a la desconcertante noticia que acababan de recibir.
Y Nurubé con habilidad les controlaba, hablándoles con tanta afinidad, que todos los jefes le quedaron mirando.
A pesar de su juventud mostró una soberbia seguridad.
Contó de que sueño era de que los pueblos shawi es tuvieran unidos no solo cuando existan problemas.
Pizango lo quería como un hijo, por eso no dudó en apoyarle cuando planteó la creación de la Federación Regional Indígena Shawi , para hacer respetar los derechos de las Comunidades.
Cuando terminó de hablar, los apus sorprendidos vieron en él  la reencarnación de su Dios convertido en piedra: Kumpanamá.
Los apus y comuneros aceptaron el Plan de Pizango.
En uno de esos viajes a participar en reuniones con los apus, Nurubé conoció a Isael Mijahuanca, un brujo de Chazuta que lo invitó a una sesión de ayahuasca.
Le dijo que él solamente obsequiaba el brebaje a personas que lo merecían.
Isael era muy respetado y temido, sus curaciones eran milagrosas, pero se murmuraba que sus maleficios eran mortales.
Cuando lo familiares de Nurumbé, se enterarron de que estaba frecuentando al brujo, no estuvieron de acuerdo debido a su popularidad por practicar estas artes oscuras.
Rey comenzó a notar los primeros cambios en su novio, se volvió dominante y le notaba con signos de ambición por su liderazgo entre los shawis.
El brujo buscaba un heredero al cual transmitirle sus poderes y había encontrado en Nurumbé el candidato ideal.
El brujo astutamente le había convencido diciéndole que la mejor manera de luchar contra los explotadores de tierras era a través de los poderes mágicos.
Para lo cual, ambos se internan durante dos meses en el monte, con el fin de purgarlo e instruirlo en el ocultismo.
Todos en Santa Sofía estaban intrigados con la desaparición del muchacho, incluso algunos pensaban que ya no volvería.
Su familia era la única que sabía dónde se encontraba, pero advertidos por Nurumbé no revelaron el secreto.
Cuando regresó fue recibido con algarabía por el pueblo y pocos advierten su transformación, se le veía fiero, con el rostro adusto, su piel había adquirido u bronceado inusual, estaba convertido en todo un hombre.
Fue en ese momento que Rey decide cancelar la boda. Cuando estaban los dos solos, no podía recocnocerlo, parecía que se había convertido en otro hombre.
El liderazgo de Nurumbé siguió en aumento, cada vez más aguerrido, en el pueblo lo comienzan a ver como un salvador, incluso se oyen rumores malsanos en contra de Pizango.
En una de esas reuniones, persuadió a los jefes apus para invitar a los representantes de le Empresa Coreana a una reunión en Santa Sofía.
Les propuso preparar una cena y llegar a un acuerdo sobre el litigio.
Los invitados de Eco América, dos funcionarios y un abogado llegarán a la Comunidad cerca de las 7.00 p.m.
Los jefes apus los recibieron con frialdad, pero con cortesía en las instalaciones de la Escuela.
En una rápida acción aquí aprisionó a los hombres, sin que se dieran cuenta, pero antes había hecho salir a los jefes.
Los apus fueron llevados por el muchacho a la casa de Pizango, advertidos de no salir de ahí y ni se imaginaban lo que iba a ocurrir.
Nurumbé desapareció en las sombras de la noche.
Los tres hombres, al advertir que fueron abandonados en la escuela, intentaron  salir pero no podían.
La comunidad se había quedado a oscuras, porque un apagón llenó de sombras el lugar.
Por fin se dieron cuenta que la invitación había sido una trampa, se miraron inquietos y llamaban a Pizango pidiendo auxilio.
Luego lograron divisar en medio de las tinieblas unos ojos rojos como llamas, era el yanapuma que los miraba desafiante.
Y fueron brutalmente atacados, uno a uno los tres hombres murieron por certeros colmillos que se incrustaban en sus cuellos.
Todo el pueblo escuchó los gritos desgarradores provenientes de la escuela y por temor nadie se atrevió a salir de sus casas. Fue una masacre.
El puma negro después de matarles se comió sus cerebros. Algunos pobladores lo vieron salir de la escuela velozmente dejando en su caminar huellas de sangre, luego desapareció en la espesura de la selva.
Alumbrados por alcuzas, Pizango y los demás jefes corrieron a verificar lo ocurrido, el lugar estaba hecho una carnicería, desperdigados por el patio del colegio los hombres yacían desfigurados.
Buscaron a Nurumbé, creyendo que él también podría estar herido, pero no lo encontraron.
Pizango estaba muy alterado con lo ocurrido, no tenía palabras para expresar lo que significaban estas muertes en su Comunidad y podrían acusarlo de asesinato.
Después de comprobar que toda la población no había sufrido daños, dio una orden de dar con el paradero del animal y matarlo, no importaba el precio que costara, él pagaría por la cabeza de la fiera.
Rey le dijo a su padre que el animal era el mismo que le atacó a ella y a sus hermanos en el río.
Esa misma noche se armó un escuadrón que daría muerte al yanapuma.
Todos los hombres del pueblo, prepararon lanzas, machetes, algunos cargaron rifles con municiones para peinar toda la zona.
Antes de salir, el viejo chamán del pueblo les advirtió que la única forma de matar a un yanapuma era con una lanza o bala que apuntara directo a su corazón.
Fueron más de 50 hombres armados que se internaron en la selva.
Caminaron durante horas, bordeando el río, soportando picaduras de insectos y exponiéndome a la mordedura de las víboras y no había señales del animal.
Pizango e Isidro Chanchari con su grupo encontraron a la bestia, lo vieron revolcándose en la hierba de una forma juguetona y la fiera no advirtió la presencia de los hombres.
Se hicieron señas entre ellos para acorralarlo, Pizango tenía el rifle cargado así que apuntó directo a su corazón como les dijo el chamán,
Estuvo a punto de apretar el gatillo, cuando de pronto los ojos rojos del yanapuma lo avistaron.
Fueron segundos de tensión, el apu sintió que el animal lo miraba de una forma suplicante.
Cerró los ojos para no dejarse cautivar por esa fascinante mirada, disparó y se oyó un roñoso maullido.
Los hombres de los otros grupos que estaban esparcidos por toda la zona, corrieron para ver lo ocurrido.
Grande fue su sorpresa cuando encontraron en lugar del yanapuma a Nurumbé muerto de un certero balazo en el corazón.
Nadie en toda la zona de Papaplaya, Santa Sofía y lugares colindantes no creían lo sucedido.
Algunos en el pueblo pensaron que fue una equivocación, que mataron al muchacho por accidente.
La noticia no sorprendió a Reydelinda, ella si estaba segura que el yanapuma era Nurumbé Huansi, si, el hombre al que amó y que pagó con su vida su desmedida ambición.




martes, 26 de marzo de 2019

EL CERRO DE LOS AGUELOS


                          (Francisco Izquierdo Ríos)
A orillas del río Utcubamba estaban en la choza, la vieja Estefa con su marido don Evaristo y su sobrino Orencio.
Era un amanecer y Orencio decía: Parece mentira tío Eva que no encontremos a ese puma.
Así es Orencio, ese animal parece hijo del diablo.
El mismo diablo, el mismo diablo tío Eva, a pesar que lo buscamos tanto no lo podemos encontrar, no los perros, hombre ni los perros.
El viejo Evaristo contó a Orencio, que en su juventud, antes de que éste naciera había matado un puma en Silca.
Los perros lo forzaron a subir a un árbol en las riberas del Utcubamba y allí lo mató con un certero disparo de su escopeta y era un puma grandazo.
Caray tío Eva no parecemos hombres, le cortó su relato el joven Orencio.
¡ Juro que esta noche encontraré yo al puma, seguramente se esconde en el Cerro de los Aguelos. Iré allí.
Cuidado Orencio, yo nunca me he atrevido. Nadie. Los ágüelos agarran a la gente.
Pero, hasta ahora no hemos buscado allí el puma y yo iré mascando coca fresca.
¡Cuidado muchacho¡ Cuidado y el viejo contó al joven que muchos años atrás cuando Orencio todavía era muy niño, un hombre del lugar llamado Cirilo se había ido a ese cerro donde duermen su sueño de siglos de los ágüelos.
No me harán nada decía Cirilo tengo buena coca y se burlaba de ellos. Les tiraba piedras.
Y no has de creer Orencio , concluyó el viejo.
Cuando Cirilo llegó su casa, en ese instante enfermó, le dolía la cintura, le salieron grandes tumores en el costado y se llenó de sarna de pies a cabeza, se descascaraba el pobre como perro atacado del mismo mal.
Se hizo haragán como el pájaro shihuín, solo junto al fogón nomás quería vivir. Antes era muy trabajador.
Le habían agarrado, pues los aguelos y una noche se acabó como una lámpara.
Callaron y seguían masticando la coca como rumiantes.
Mi coca se ha vuelto amarga, es aviso de algo malo – Orencio.
Por el aguacero que ya cae ha de ser tío – le contestó Orencio.
Orencio, los ágüelos no quieren que nadie les moleste, le volvió a advertir el anciano.
El puma es muy astuto, ataca en el día, pero se vale más de la noche para sorprender a los potrillos, a los becerros, a los caballos y bueyes.
Y salta al pescuezo del animal, prendiendo sus garras y colmillos con ferocidad.
La víctima cae con el pescuezo roto, la cabeza desgajada y el puma lo arrastra a un lugar solitario donde lo come a su gusto, haciendo brillar a su pupo.
Es el terror de las chacras y pobladores.
Silca es un pequeño valle del río Utcubamba, afluente del río Marañón y estaba acabando al escaso ganado y con la paciencia de los moradores.
Desesperados estaban los moradores por los perjuicios que les venía ocasionando el puma, lo buscaban día y noche por todo el valle solo o con ayuda de los perros, pero no lo encontraban.
Algunos encontraban las huellas del puma en los caminos pero cuando los estaban siguiendo, de pronto por encanto desaparecían las huellas y le armaban trampas y nada.
Orencio se frotó el cuerpo con coca mascada y se encaminó hacia el Cerro de loa Ágüelos, confiaba en el poder de su coca y en su juventud.
Llegó a un bosquecillo junto a la quebrada en el Cerro de los Ágüelos, Orencio temblaba, luego algo maravilloso le sucedió , poco a poco fue teniendo confianza en ese lugar, perdiendo el miedo a ese cerro, se sentía atraído hacia el…
Cuando seguía caminando con cautela escuchó ruidos, se detuvo y vio a cierta distancia dos ojazos que le miraban fijos a través de la oscuridad.
Se quedó hipnotizado mirando esos dos puntos de fuego que parecían ojos del diablo, luego reaccionó y quiso dispararle, que no era otra cosa que el puma, dando media a saltos empezó a descender a la quebrada y Orencio como un autómata se fue tras el hacia el abismo.
Orencio siguió al puma que ya subía con rodeos al Cerro de los Ágüelos, iba tras el animal cogiéndose de las hierbas y de las piedras.
Ya no era dueño de su ser, parecía como que una fuerza sobrenatural le arrastraba hacia arriba.
De pronto el puma desapareció, no se dejó ver más y Orencio se quedó pasmado al darse cuenta de que se encontraba en el Cerro de los Ágüelos.
Al amanecer, Orencio se contorsionaba, alzaba los pies, movía las manos.
De pronto se dio cuenta de que estaba rodeado por veinte indios viejos, con ponchos raídos y amarillentos y uno de ellos, el Curaca con corona de plumas, la mano izquierda sobre la cabeza de un puma y un pedazo de madera en la derecha a modo de cetro, dio una señal  los demás para que se llevaran a Orencio a la necrópolis.
Le introdujeron en una cueva grande, donde se encontraba el curaca sentado en un banco de piedra, junto a él estaba echado el puma como un enorme gato.
Sus conductores acostaron  a Orencio en el suelo junto al Curaca y se colocaron en dos filas a ambos lados de él.
Se levantó el Curaca hizo una reverencia al cóndor y a la serpiente, ambos de piedra.
Luego apuntándole con el cetro dijo colérico a Orencio:”Pagarás caro tu atrevimiento, no sabes acaso que este lugar es sagrado. Se paralizarán tus manos, tus pies y no podrás andar más.”
Así sea – aprobaron los otros en coro – inclinándose.
Orencio despertó  al amanecer, quiso levantarse y no puedo, su cuerpo no le obedecía, no podía moverse por ningún lado, permanecía tieso como un muerto.
Todo lo sucedido en la noche parecía un sueño malo o sea una pesadilla.
No. No había sido un sueño, le habían agarrado los ágüelos . Estaba en el cerro de ellos inutilizado, inválido, gritaba, pero sus gritos morían en el sordo rumor de las aguas de la quebrada.
Su desesperación creció al oír aleteos sobre él y descubrió que eran buitres que le miraban golosamente desde las peñas.
Los indios, hombres y mujeres estaban arrodillados en el fondo de la quebrada, frente al Cerro de los Ágüelos, quienes de rato en rato arrojaban puñados de coca mascada a la montaña.
La desaparición de Orencio, como es natural había provocado alarma en el pueblito de Silca, todos miraba con terror el Cerro de los y decían los ágüelos le han agarrado.
El viejo Evaristo decía ¿Y qué hacemos ahora? Parecían preguntarse todos con un miedo profundo.
Iremos al Cerro y rogaremos a los ágüelos para que lo suelten – expresó la vieja Estefa.
Y dudando se fueron al Cerro provistos de abundante coca.
¿Realmente Orencio estará allí?
Orenciooooooo, llamó el viejo Evaristo suavemente con las manos ahuecadas en la boca.
La montaña se erizó como un monstruo, volaron algunos buitres y los indios quisieron huir.
La vieja Estefa les detuvo, diciendo:” No nos harán nada los ágüelos, ellos saben que no hemos venido a molestarles”.
Y volvieron a arrodillarse y a mascar coca.
Ahí está avisó de pronto Tishtico señalando una peña. Ahí, ahí.
Todos se arremolinaron junto al muchacho Orencio, estaba en la quebrada recostado en una peña.
Los ágüelos, los ágüelos, le han agarrado los ágüelos y está muerto.
Casilda, la novia de Orencio , lloraba bajo un arbolito.
Orencioooooo, volvió a llamar el viejo Evaristo- Orencioooo.
Oooooooooooo, respondió una voz quejumbrosa de las entrañas del cerro como si fuera uno de los ágüelos que contestaba desde la lejanía de los siglos.
¿Será la voz de uno de los ágüelos? Los indios dudaban.
Nadie se atrevía a subir al cerro, hasta que la bella Casilda quiso escalar, avergonzándole a Natico, amigo íntimo de Orencio y él era un mozo fornido, valiente, hábil trepador de montañas y dominador de la cordillera agreste.
Natico se frotó el cuerpo con coca y terciándose al pecho una larga soga de cuero enrollada, ascendió con sumo cuidado la difícil montaña.
Cuando Natico llegó al lugar donde se encontraba Orencio, rápidamente echó a éste coca mascada  en el cuerpo y amarrándolo con la soga por debajo de los brazos e hizo descender con cautela como un fardo.
Los demás esperaban a Orencio al pie de la montaña, lo cogieron y lo llevaron al otro lado de la quebrada donde todos le arrojaron coca masticada y él inconsciente deliraba.
 Mientras tanto Natico sujetando la soga a una piedra, con la escopeta de Orencio a la espalda, ya en tierra, orgulloso de su triunfo dio dos saltos como el cóndor cuando va a volar.
El aguacero venía bramando como centenares de pumas desde el oeste.
Los indios corrieron a Silca conduciendo a Orencio en una improvisada camilla.
La lluvia y la noche sepultaron a Silca. Orencio en la choza del viejo Evaristo estaba tieso en la cama, continuaba delirando, gritando: No me lleven, por favor suéltenme.
Dios santo, son los ágüelos, exclamaron espantados los indios masticando coca. En el fondo de la noche iluminada por una débil lámpara de aceite. ¿Los ágüelos?.
La sombra del brujo se irguió, de repente en la habitación. Ahuyentando a los indios al patio.
Y comenzó a conjurar a los ágüelos, arrojando hojas de coca sobre él rígido cuerpo de Orencio.
Ejecutó luego la danza del látigo e derredor del joven, la correa zumbaba casi rozando a éste desde los pies al rostro.
Jadeante, sudoroso, se sentó el brujo en un rincón, mirando como un búho al enfermo.
Al amanecer con el canto de los gallos, salió al patio, asegurando a los demás indios que los ágüelos se habían ido.
Orencio dormía profundamente, despertó cuando el sol alumbraba radiante al valle ya sin aguacero.




domingo, 3 de marzo de 2019

ZENON EL PESCADOR




                           (Francisco Izquierdo Ríos)
Zenón ayudaba a su padre a pescar. El cordel del anzuelo llegaba desde el río a la choza, era un grueso cordel de hilo semejante a los que se usan para amarrar caballos, con un anzuelo grandazo que llevaba como carnada un pollo entero.
El padre de Zenón arrojaba el anzuelo en una poza profunda del río y extendía el cordel por sobre las ramas bajas de los árboles  hasta la puerta de su choza con una pequeña lata confeccionada como timbre al extremo.
El tintineo de esa lata anunciaba la caída de un pez y entonces padre e hijo corrían al río y sacaban la presa de las aguas enormes peces más grandes que un hombre.
De cualquier sitio de la chacra era oído el tintineo de la lata.
A veces a la medianoche sonaba la lata y Zenón era el primero en escucha el aviso y despertaba a su padre.
El ayudaba a su padre a jalar el cordel, era apenas un niño de nueve años, pero muy vivaracho y valiente.
Un día sus padres se fueron al pueblo a hacer compras, recomendando a Zenón que no se moviera de la choza.
Su padre enrolló el cordel del gran anzuelo y lo colocó en un rincón. Pero el muchacho tan luego que sus padres se fueron, decidió ir s pescar en el río con su pequeño anzuelo de caña.
¿Llevaré a mi perro? Se preguntó Zenón, mejor será que no – se contestó. Porqué me molestará y amarró a Otorongo, que así se llamaba su perro a un horcón de la choza.
Llevaré a la carabina, pero no mejor no, porque pesa mucho, también no llevaré a la cerbatana.
Y después de sacar lombrices para a carnada, cavando con su machete en la tierra húmeda de la chacra, se fue en busca de un sitio apropiado para pescar.
Y Zenón estaba pescando una regular cantidad. Tenía una gran sarta de pescados y ya era de volver.
Enroscó su sedal en la caña y caminó de regreso, de pronto se dio cuenta de que le perseguían unos caimanes, Zenón se trepó como un mono a un árbol, hasta que se acordó que esos animales le tenían pánico al tigre e imitó el rugido del tigre y los caimanes se tiraron al río desapareciendo en sus aguas
Zenón sonriendo bajó del árbol y con la sarta de pescados regresó a su choza.