Una joven tigresa, herida por la flecha de un indígena, se arrastraba
penosamente, mientras que de su “chucho” se colgaba su cachorro.
La tigresa veía avanzar la inundación y se enderezó rápidamente. Cogió a su
cachorro entre sus mandíbulas y sin temor a los lagartos, sin miedo a las pirañas,
se lanzó a las aguas y nadó oblicuamente contra la corriente.
La inundación arrastraba árboles que avanzaban rápidamente empujadas por la
corriente y la tigresa esperó de frente la embestida y sus garras
desfallecientes ya, se clavaron como garfios a un tronco, mientras que con un
brusco movimiento de su cabeza arrojó a su cachorro sobre la isla.
Después sus garras se aflojaron, resbalaron y se soltaron. La inundación
pasó por encima de la tigresa, mientras el cachorro huérfano y hambriento,
maullaba desesperadamente.
Dos días después, frente al tambo del Curaca Shanqui y Yúrac, la hija única
del curaca encontró un cachorro de tigre moribundo.
Le pusieron por nombre Yana, porque su piel era oscura y Yana era de la
variedad más feroz de tigres negros de la selva amazónica.
Yana , se había convertido en el compañero inseparable y en el guardián
celoso de Yúrac.
Yana , cuando cazaba un añuje o un venado, corría en busca de Yúrac y le
tiraba su presa como un presente y se
arrastraba a los piés de la doncella. Yúrac le acariciaba la cabeza y el tigre
ronroneaba como un gato engreído.
Una vez, después de dos días de fiesta, toda la tribu descansaba, cuando
Yana comenzó a rugir furiosamente y a sus rugidos despertaron los guerreros y
empuñaron sus macanas y rejones, porque una tribu enemiga invadía el poblado y
prendía fuego a las chozas de paja.
Yúrac, asustada por el combate y los incendios, corrió a refugiarse en el
bosque, pero un guerrero enemigo la siguió y la arrastró cogiéndola por los
cabellos.
A sus gritos, Yana, que distinguía su voz entre cientos, acudió rápidamente
y de un solo manotazo mató al raptor. Después, poseído de una furia terrible,
se lanzó en medio del combate.
Cada dentellada suya rompía un cuello, cada manotazo abría un pecho.
En el combate, los de la tribu sentían crecer su valor y los enemigos
poseídos de un temor supersticioso, huyeron dispersándose en la selva. Y el
curaca asesorado por el brujo, con palabras rituales, consagró a Yana como
animal sagrado de la tribu.
Hasta que un día el brujo anunció que había llegado la época en que los
jóvenes guerreros se disputasen a Yúrac.
Diez jóvenes guerreros entre los cuales destacaba Sinchi, el fuerte
aspiraba a ser esposo de Yúrac. A una señal del brujo se lanzaron al agua, para
alcanzar la otra orilla.
Desde un principio, Sinchi aventajó a los demás. No en vano sobre su pecho
colgaban numerosos collares de dientes de los enemigos que mató en los combates
y se colgaban como cabezas disecadas y reducidas.
Pero, de pronto, surgió Yana que llegó a la meta mucho antes que el
guerrero Sinchi.
Sinchi fue proclamado vencedor de la prueba. El curaca frunció el
entrecejo.
Detrás de la raya, que estaba marcada en el suelo, se alinearon los
guerreros. Sinchi, dio el primer salto y siguieron los demás aspirantes, pero
ninguno pudo superar ni siquiera igualar la distancia que ágilmente saltó el
joven guerrero.
Entonces, sucedió algo extraordinario, Yana se colocó en la línea y dio un
salto elástico y elegante, abatiendo la victoria de Sinchi por una distancia
dos veces mayor.
La voz sabia del brujo, advirtió a la tribu que el tigre sagrado se oponía
al enlace de Sinchi y Yúrac, lo que era una prueba de que el Gran Espíritu
repudiaba esa unión.
Pero, todos los guerreros, lanzaron un grito de protesta contra las
advertencias del brujo y Sinchi fue proclamado vencedor.
Orgulloso con su victoria, impuso sus manos sobre la cabeza de Yúrac, que
la inclinó en señal de sumisión y se mostraba muy feliz.
Cuatro ancianos condujeron a su tambo a la joven casada. Tambo que aún
nadie había habitado, el cual tenía una tarima llena de pieles de tigre y de
venado.
Poco después, escoltados por los guerreros, llegó Sinchi y cuando éste
entró al tambo, todos se alejaron y la tribu entera en torno a una hoguera, se
entregaba a la embriaguez de una danza sensual.
De pronto, escucharon gritos espantosos de terror y muerte que dominaron el
estruendo de la fiesta.
La tribu en masa, liderada por el
brujo, corrieron al tambo de los jóvenes esposos y al fulgor de las antorchas vieron
sobre el lecho nupcial los desgarrados cadáveres de Sinchi y Yúrac y al tigre
Yana, que rugiendo sordamente, lamía la sangre que escapaba del pecho de la
joven esposa.
Así murió Yúrac, según dijo el brujo por desobedecer a los mandatos del
Gran Espíritu.
Humberto Del Águila Arriaga
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