lunes, 17 de diciembre de 2012

U N G R A N B A N Q U E T E

(Darío Vásquez Saldaña)

En Piscoyacu, hace muchos años vivieron dos hermanos: doña Deidamia Mozombite con su esposo don Ezequiel Guerra y don Natividad Mozombite con su esposa doña María Riva.

En esta familia Mozombite Riva, en su cocina casi nunca faltaba las carnes de monte y así se iban a pernoctar por tres o cuatro semanas en su campamento de Fababa, a donde llegaban remontando el cerro Vistoso con su escopeta y sus magníficos perros cazadores: Titino, Camucha, Lobo y Chita.

Y don Natividad cada vez que salía de cacería siempre regresaba con un paujil una pucacunga, sajino, picuro, añuje, carachupa o un venado, los que después de recibir su aderezo de sal pasaban a la salapa para su secado respectivo.

A su regreso a Piscoyacu, ofrecía en venta la mayor parte de las carnes, también enviaba algunas raciones a su hermana Deidamia y el resto lo guardaba en un canasto suspendido en una de las vigas de la cocina.

La canasta la colgaba en dirección perpendicular a la “tullpa” para que el calor y el humo de la candela de protegiese de las moscas y de otros insectos.

Asegurado ya la carne, se dedicaban de lleno al cuidado de sus sembríos de frejol, maíz, yuca y plátanos que tenían en la banda del rio Saposoa.

Pasaron los días y doña María observo con gran preocupación que los alimentos disminuían rápidamente antes de lo previsto. Entonces, era el momento en que doña Maria y sus tres hijos con sus “llicras” iban al rio Saposoa o a la quebrada en donde a través del “shitareo” y del “ mañacheo” pescaban bujurquis, bagres, allpones, shitaris,trompishos, anchovetas y añashuas para alimentarse varios días.

Al mismo tiempo en las purmas de la banda, don Natividad instalaba varias trampas para roedores y aves, logrando así atrapar conejos, zorros, torcazas o un yangunturu.

Ese pues era el secreto de esta familia Mozombite Riva de que nunca les faltaba las carnes en su mesa.

Cierto día don Natividad trajo de su chacra un zorro y un conejo y como de costumbre lo prepararon y al canasto, pero a la hora del almuerzo del día siguiente: faltaba el conejo.

-¡ Ja! Oye Natico-dijo doña Maria a su marido- ¿Tú te has comido el conejo que estaba en el canasto?

-¿Qué? Ni que hubiese dejado de comer una semana para tragarme un conejo entero- respondió don Natividad.

No quedaba duda, de que alguien y desde hace mucho tiempo venia robando las provisiones y tomaron la decisión de atrapar al ladrón.

Titino , quizás el mejor perro cazador que tuvo don Natividad, ahora ya no les seguía a ninguna parte, porque la vejez y la sarna incurable hicieron de aquel excelente animal casi una piltrafa, exhibiendo en todo su cuerpo sus heridas con pus y hasta dejaba ver sus huesos.

Sino le sacrificaron antes, era por la pena que les causaba la desaparición de un cazador muy querido, pero el día de su sacrificio tenía que llegar y llego.

Una mañana, a las cinco, doña María se levantó y con lágrimas en los ojos le sacrifico. Don Natividad enterró las patas y las vísceras debajo de un naranjo y la cabeza junto al pellejo los envolvió en papel, guardándolos en una talega de fibra de chambira.

Al perro Titino,. Empezaron a condimentarlo con ajos, pimienta, vinagre y otros aderezos, le atravesaron  con una varilla de guayaba y le pusieron a dorar  a fuego de carbón.

Más tarde , ya estaba crocante, broster y tenía un aroma tan provocativo al paladar(plato: titino al ajo). Luego doña María lo guardo en el canasto como carnada para el ladrón o ladrones.

Aquel día don Natividad y sus tres hijas se fueron a la chacra, quedándose su esposa sola en la casa. Al medio día tomo algo de ropa sucia, los puso en una batea y fingiendo ir a lavar en la quebrada de Piscoyacu, pero ella, se escondió detrás de un cerco y vio que su cuñada Deidamia se paró frente al portón de su casa, corrió dos travesaños de la tranca, entro y se dirigió hasta la cocina, a los pocos minutos salió con un talego colgado del hombro izquierdo y se marchó a su casa.

Doña María, que todo lo había observado, regreso de inmediato a su casa, constatando que el Titino ahumado ya no estaba en su lugar. Ella espero un tiempo prudencial, más o menos hasta que terminaran de almorzar a Titino y se dirigió a la casa de su cuñada con la talega de chambira en la mano.

Y en efecto, no había calculado mal. Cuando llego, vio que los platos todavía contenían los huesos de su perro Titino, al centro había un tiesto con un poco de “pucunucho”(lli-

 

 

llin caleo) y lo que es más, ante su repentina presencia se pusieron nerviosos.

Doña María saludo a su cuñada, a su concuñado Ezequiel y a sus sobrinos.

-          Cuñadita Deidamia, he venido para que me invites a almorzar- dijo – doña María, en antes nomas me han robado de la cocina lo que prepare para el almuerzo, así que no tengo nada que comer. Dentro de poco llegara tu hermano de la chacra y no sé que le voy a dar de almorzar.

-          ¡Ah!  María, respondió su cuñada- acabamos de almorzar y nada ya nos ha quedado, pero, dime-¿ No has averiguado, si alguien ha visto entrar a robar en tu casa?.

-          No importa, cuñadita, ojala les engorde y buen provecho les haga a quienes  se comieron a mi perro, aun así sarnoso, con que gusto se lo habrán tragado.

Revolvió la talega y esparciendo en el suelo la cabeza y el pellejo de Titino, grito : Esto es lo que acaban de comer Uds. y tú eres quien me  ha robado hace un momento de mi cocina. Yo te he visto desde el cerco en la huerta, así que no te podrás negar.

Al oír esto y ver los despojos del perro Titino, a doña Deidamia se le descompuso el semblante poniéndose “posheca”. No pudo soportar toda esa humillación delante de su esposo, de sus hijos y se puso a llorar, se provocaba el vómito , pero solo escupía bastante saliva.

Mientras tanto don Ezequiel y sus hijos se pusieron a vomitar, como si un balde de ayahuasca les hubiese hecho efecto de inmediato y por el impacto que les produjo saber esto, dos días sin para estuvieron con quicha, o sea curseaban a cada rato.

Por lo visto: el perro al ajo también hizo el efecto de un potente purgante, ídem oje.

Y desde ese día, en casa de doña María, es decir en su cocina, nunca más volvió a perderse un solo shitari del canasto.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

E L CAZADOR

Tengo hasta ahora unos perros cazadores y ese día me fui con mi mujer al monte a buscar churos y congompes, o sea caracoles, llevamos solo una flecha y entonces oímos unos ladridos de los perros, le dije a mi mujer, credo que es tigre, pero, mi mujer me dijo, creo que es víbora, porque los perros no ladran así cuando es tigre.

Bueno, vamos rápido. Llegamos y en el hueco de un cedro antiguo, podrido estaba el shushupe. Los perros le ladraban, brincaban y el shushupe saltaba para morderlos, pero, estos brincaban.

En eso agarro la flecha y le mando un flechazo al shushupe, le picaba con la flecha en el hueco, para que saliera y empezó a salir más adelante, era un tremendo animal. Sale y se para de casi un metro de alto para venir contra mí. Y estaba ya viniendo contra mí el shushupe y mi señora me dice: Corre, te va a matar.

No le digo, ya estamos para desgraciarnos, me mata o yo le mato , carajo. Bueno, total a lo que ya está viniendo, a unos tres metros para morderme, avanzando contra mí, los perros se van a ladrarle y cuando le ladran los perros, el voltea con el fin de saltar, pero, yo allí mismo le pego un garrotazo: ¡CUAN! al suelo en la cabeza, he agarrado un palo chico, le he dado más de 50 garrotazos.

Luego, al verle que esta tendido, agarro el machete y le empiezo a cortar, quedándome con miedo y cansado.

Luego, le estiro al animal y tenía como seis metros de largo y en la punta del rabo tenía una espuela como de esos gallos viejos, pero aguda. Le troze la espuela y la guarde, porque es remedio.

Remedio, porque si te encuentras en un lugar donde no hay remedio para este animal, le raspas en agüita y lo tomas.¡Santo remedio!, para eso se le guarda. También la hiel del shushupe se le toma y es un remedio eficaz, cuando en la selva te muerde este animal y te encuentras sin medicamentos.

Carlos Velásquez Sánchez

LA LOMBRIZ HUMANA

En la antigüedad hubo muchas mujeres indígenas leprosas, a las cuales les expulsaban de sus Caseríos a lugares lejanos para que no se extendiera la enfermedad. Vivian estas mujeres solas, ellas se hacían sus chacras y se buscaban el alimento.

Algunas de estas mujeres eran bien trabajadoras , el mismo trabajo a veces les curaba y regresaban a sus casas . Otras por el contrario eran holgazanas y pasaban las horas y los días sentadas en el suelo llorando sus infortunio.

Una de estas mujeres haraganas como ninguna, por estar tanto tiempo sentada en el suelo, se le lleno el vientre de lombrices de tierra y quedo como embarazada. A los pocos días nació el hijo y era un niño al cual se le veía crecer de día en día extraordinariamente.

Este niño fue la alegría de todas las mujeres leprosas, pues todas le adoraban, le tenían en sus brazos y le daban regalos. Lo veían como un regalo de los dioses y que hasta su madre se había vuelto trabajadora por él.

 Cierto día se fue la madre al monte a buscar leña, al salir de la casa le encargo a su madre, también leprosa, que no bañase a su hijito en agua caliente, pero la abuela del niño no sabía la razón de aquella orden y baño al nieto en agua caliente y de pronto se trozo en dos pedazos, convirtiéndose al instante en un montón de lombrices que corrían por la tierra. El niño había sido carne rellena de lombrices.

Cuando la mama del niño vino del monte se encontró con aquel macabro espectáculo y culpo de esto su misma madre por haberla desobedecida.

Y manifestó a todas las mujeres que aquel niño había sido destinado por los dioses para curarlos de la lepra, mas por aquella acción nunca verían la salud y la curación total de esa terrible enfermedad que es la LEPRA.

Carlos Velásquez Sánchez

E L C H U L L A C H A Q U I (E L S H A P S H I C O)

Cumplía 12 años y llego las vacaciones, mis padres acordaron ir a la chacra de mi abuelo y antes de partir fui a casa de don Mañanero a despedirme y el me entrego un pequeño amuleto para que me protegiese:” Con esto, estarás bien hijita” me dijo.

Y llegamos a la chacra, mi abuelito como siempre, vino feliz a nuestro encuentro.

Mi abuelito nos invitó chicha de maíz y al tomar , me acordaba de don Mañanero. Poco después yo me aleje, mientras mis padres conversaban con mis abuelitos.

La chacra estaba más bonita que el año pasado, parecía un paraíso y lo que más me gustaba es que seguía en pie mi chocita, la cual construí cuando era más pequeña. Cerca al pasto de mi abuelo había un barranco grande y profundo, donde nacía un hermoso manantial azulado.

Cuando los días eran fríos y solitarios salía un extraño hombrecillo del barranco que aterrorizaba a las personas que tenían sus chacras cerca al barranco. Este hombrecillo era chatito, viejito y era cojo, siempre usaba pantalones y camisas viejas, tenía un sombrerito que le tapaba gran parte de la cara, decían la gente de allí.

Una tarde yo y mi hermano nos fuimos al monte a revisar las trampas que él había puesto para atrapar palomas y conejos, siempre lo hacíamos, pero esa tarde vimos al hombrecillo.

Yo me puse a llorar de miedo, pero mi hermano me daba ánimos y después de media hora nos encontrábamos donde estaban las trampas, me puse contenta al ver la chacra, deje a mi hermano y me fui corriendo a la choza y después de un rato llego mi hermano y en la cena conto a mis padres lo que nos había sucedido en el monte. “Tengan cuidado” nos dijo.

Mi abuelo nos contó que este hombrecillo, siempre sale del barranco cuando no hay nadie y engañaba a las personas hasta hacerlos desaparecer para siempre, igual que quiso hacer con Uds. Toda la gente le llama “chullachaqui” o “shapshico”. Luego, nos fuimos a acostar, pero yo no podía dormir, pensando en lo que había sucedido en la tarde.

Al día siguiente, mi abuelito llevo a la hija de un peón a la casa y la vi desgranando maní para hacer inchicapi, me acerque, le pregunte su nombre y me dijo que se llamaba Rosa y desde ese día siempre jugábamos en la chacra.

A Rosa siempre le gustaba ir al manantial que estaba cerca al barranco, yo le decía que no se acerque, pero ella no tenía miedo, regresamos a la choza y le contaba a ella sobre mi amigo don Mañanero, que era un señor muy bueno, que siempre me contaba historias de la selva y Rosa me escuchaba atentamente.

Al día siguiente fuimos con Rosa a jugar en el pasto con los animales y luego me di cuenta que Rosa ya no estaba conmigo, la llame y la comencé a buscar, ,pero no la encontré, me fui donde mis padres y les conté lo que había sucedido y me ayudaron a buscarla, estaba yo asustada y comencé a llorar porque no sabía nada de Rosita.

Y me  acorde, que a ella le gustaba el manantial y fui con mi hermano a buscarla, al llegar al sitio, no encontramos nada, yo me fui al lado del barranco y allí encontré sus zapatillas, llame a  mi hermano y no supo que decirme y regresamos a la choza.

Allí encontramos a mi padre y a mi abuelo,  que no tenían noticias de ella. Les conté que había encontrado sus zapatillas cerca del barranco, entonces mi abuelo me dijo unas palabras que al escuchar me quede muda.

Dijo que el “chullachaqui” se la había llevado. Yo me puse a llorar, porque era la única amiga con quien me había acostumbrado y a quien quería mucho.

Mi abuelo y yo fuimos al día siguiente a casa de los padres de Rosa a dar la noticia, la madre de la niña al enterarse de lo sucedido lloro mucho y nunca olvidare el rostro que puso su padre.

Al ver las lágrimas de la familia, comencé a llorar junto con la madre. Después de dos días volvimos  a casa, pero yo ya no era la misma, había cambiado bastante, a veces me ponía a pensar en las travesuras que hacíamos con Rosita y me salían las lágrimas.

Después de dos meses volvía a la chacra de mi abuelo y a veces me voy al pasto a pensar sobre los momentos lindos que pase con Rosita y siento la presencia de ella, hasta parece que escucho sus pasos.

Pero el “chullachaqui” se la había llevado para siempre.

Carlos Velásquez Sánchez

E L TA R R A F E RO

Había un señor en Piscoyacu, se llamaba Coria y desde su juventud le gustaba la monteada y la tarrafeada. Un día viernes por la noche, que era algo lluvioso, se fue a tarrafear en el rio Saposoa, por el sector Mishollo, por donde hoy amarra sus anzuelos Alpino y Amaringo.

Cuando estaba tarrafeando escucho que silbaba el difunto y señor no le hacia caso, pero el difunto seguía silbando, entonces el tarrafero Coria le dijo:”Oye, difunto, no vengas a molestarme, que quiero agarrar mis carachamas” y el señor seguía tarrafeando sin hacerle caso. Seguía caminando arriba del rio y el difunto le seguía molestando.

Entonces Coria , se paró un rato, miro al costado de la playa y vio a un pequeño bulto sentado a la orilla del rio, total era el “chullachaqui” y el tarrafero djo:”Mejor quiero regresar, no me deja tarrafear este diablillo y no voy a agarrar nada, porque ya es saladera.

El tarrafero seguía pescando por la orilla del rio, caminando despacio, llego a una pequeña playa y al frente estaba un árbol de oje, seguía bajando por la orilla del rio y de repente vio a un bultito que estaba sentado encima de una piedra a la orilla de un pozo y que allí siempre aparecía la sirena.

El tarrafero se acercó despacito al bulto y se dio cuenta de que era otro diablillo, entonces agarro su tarrafa y con todas su fuerzas, le azoto con su tarrafa y en esos instantes el chullachaqui voló gritando :”Ay, ay,ay,ay” y se fue al otro lado del rio.

Entonces el tarrafero Coria se asustó al escuchar sus gritos y de repente pensó: ”Creo que es el alma de mi esposa que me está cuidando, ya que ella esta muy enferma”.

Entonces el tarrafero Coria, decide regresar de inmediato a su casa en Piscoyacu, pero preocupado por no haber agarrado ni un “shitari”.

Llego a su casa donde encontró a su esposa enferma y que estaba semidormida y para hacerse pasar el “manchari” empezó a tomar su “chuchuhuasha” hasta emborracharse y sigue borracho hasta estos días en Píscoyacu.

Carlos Velásquez Sánchez

L A S I R E N A

Así como el mar, también hay sirenas en los ríos y lagos de la selva y se la presenta como una bellísima mujer. Mitad humana y mitad pez, que fascina a los mortales con una voz melodiosa capaz de cautivar a los hombres.

Aparece a orilla de las playas o sobre las palizadas en las noches claras de luna. Tiene los cabellos dorados, ojos verdes azulados, cara perfecta y brazos blanquísimos y a  partir de la cintura es un pez de color plateado azulado y un excelente busto.

Para atrapar a sus víctimas emplea una serie de trampas, tales como atraerlos con sus encantos de mujer, hipnotizándolos con su voz, hacerlos naufragar en remolinos creados con ese fin.

                                     CUENTO

Pedrito llego a su casa al regresar de su escuela, tenía 14 años, beso a su mama y le dijo : Siento mucho calor, voy a bañarme en la playa con mis amigos y regresare pronto para el almuerzo.

Su mama le dijo que tenga cuidado, no te metas al hondo y no demores mucho. Y Pedrito con sus amigos permanecieron en el agua bañándose y jugando.. De pronto Pedrito increpo a sus compañeros, que porque le jalaban de sus piernas y todos le dijeron que ellos no habían sido.

A partir de ese momento se acabó el entusiasmo de Pedrito y salió del agua a sentarse en la playa muy pensativo. Sus amigos le llamaban pero el no les decía ya nada.

De repente, este se levantó y se puso al borde la parte más profunda del rio y se lanzó de cabeza al rio, en el mismo instante en que se abría a sus pies un enorme remolino y en cuyo fondo desapareció rápidamente, ante el asombro y terror  de sus amigos.

Y empezaron a pedir auxilio y algunas personas se metieron al rio para buscar a Pedrito, de pronto las aguas comenzaron a crecer en gran volumen, cubriendo la playa rápidamente y todos corrieron al ver esto.

La infausta noticia llego a la casa del menor y luego se entero toda la ciudad y empezaron a decir: “ Dios mío, se lo ha llevado el yacuruna” y otros decían :”Virgen Santísima, se lo ha llevado la sirena”, mientras que otros decían que se lo había tragado un saltón.

Esa misma tarde, la familia y el pueblo se pusieron a buscarle con expertos buceadores, pero sin ningún resultado, porque el cadáver no estaba por ninguna parte. Los días siguientes continúo la búsqueda, pero nada. Y la familia contrato a un brujo para que descubra que le ocurrió al chico y si estaba vivo o muerto.

Esa misma noche, la madre de Pedrito tuvo una revelación , se le presento su hijo en sus sueños, muy contento y feliz , echándose en sus brazos le dijo cariñosamente al oído :” Mamita no te aflijas, ni sientas pena por mí, estoy bien. Ahora mi vida es diferente a la que he sido a tu lado, tengo muchos servidores,, mi guía y protectora es una chica de mi edad y estoy rodeado de hermosas mujeres que tratan de halagarme en todos mis deseos. Adiós mamita, no llores, porque siempre estaré en tu corazón “ y luego desapareció.

Y entonces la madre despertó llorando. El brujo trabajo durante dos semanas, empleando solo los martes y viernes para realizar sus sesiones invocando a los espíritus. Después se presentó a la familia con la buena nueva de que el chico no estaba muerto y que se encontraba en las profundidades del rio, a donde había sido conducido por la sirena que se enamoró del muchacho.

Los padres no pudieron reprimir el llanto al conocer esto y preguntaron al brujo si había alguna posibilidad de rescatar al chico con vida, este les aseguro que existía tal posibilidad, pero que le dieran un plazo de tres meses, para realizar los trabajos preliminares y el trato quedo hecho.

Al término del plazo fijado se presentó el brujo y les dijo que todo estaba listo y que trajeran un cura con una cruz y agua bendita. Luego, llegado el día, bajaron al rio y se instalaron en una sólida balsa amarrada a la orilla.

Estaban presentes los padres del niño , el hermano mayor, el cura , el brujo y a la luz de la luna. Luego el brujo se concentró durante varios minutos y luego entro en trance. A continuación comenzó a llamar a Pedrito, diciendo:” Pedrito, en nombre de Dios , de ordeno que dejes ese extraño mundo de encantamientos y vuelvas a este mundo terrenal.

El sacerdote oraba quedamente, al tercer llamado, de pronto se abrió un enorme remolino al pie de la balsa y en el apareció Pedrito sonriente, que dejo paralizados y mudos a todos por breves segundos, lo que aprovecho el niño para decir:” Queridos padres, le ruego que no hagan nada para rescatarme, no se preocupen, porque soy feliz aquí y en donde soy tratado como un rey.

Nunca más podre volver con Uds. porque pronto seré transformado en otro ser y me convertiré en otro habitante de las aguas y aquí no existe la muerte. Tengo por compañera a una bellísima muchacha que se enamoró de mí. Adiós, para siempre, ,padres míos, nunca los olvidare”.

Y desapareció al instante en el mismo remolino que lo trajo a la superficie y volviendo las aguas a su normalidad. Ni el conjuro del sacerdote, ni los llamados lastimeros de los padres, ni las invocaciones del brujo, pudieron hacer volver a Pedrito al seno de la familia.

A estas alturas, Pedrito ya convertido en yacuruna estará recorriendo las profundidades de los ríos acompañado de su deslumbrante SIRENA.

Carlo Velásquez Sánchez

martes, 6 de noviembre de 2012

EL TIGRE Y LA BOA


Suele a veces suceder que el tigre, rey de la selva y la boa, reina de las aguas se encuentran en el momento de echarse encima de la misma presa y como son los más irreconciliables enemigos desde que surgió la selva. Jamás se atacan de improviso, dejan a un lado la presa moribunda, se miran con odio ancestral y se miden en todo sentido.
El tigre se agazapa, estirándose en el suelo, en tal forma que se diría hundido en él, pues solo sobresalen las garras desnudas y su enorme cabeza.
La boa se encoge en tirabuzón, clava la cola en el suelo y extiende parte de su cuerpo hacia adelante como una lanza destinada a herir al enemigo. Este evita el golpe y a  la vez ataca, cuando la boa decepcionada en su fracaso o queriendo, prudente, evitar la pelea con tan formidable contendor, vuelve la cabeza en dirección a las aguas donde impera.
Veloz como un rayo hiere a la boa con dientes y zarpas y se aparta de ella, para esquivar la respuesta, rugiendo furioso que hace estremecer a la selva, que todos los animales que le escuchan huyen aterrados, porque saben que el soberano de la selva, esta enojado, porque la intrusa ha salido de las aguas a disputarle la supremacía en la tierra.

La boa queda un momento indecisa por lo repentino del ataque, que al sentirse herida, vuelve a enroscarse y ataca moviéndose hacia adelante y hacia los costados con bastante rapidez.

Los tigres viejos, cautos y mañosos, conocen la treta de su enemiga y saben aprovechar las facciones de segundos ante el raudo ataque, especialmente las tigresas envejecidas en las correrías de caza, las cuales por su ferocidad y astucia, son las más temidas de la selva, pero los cachorros atolondrados y petulantes, que buscan aventuras y peleas prematuramente, antes de haber aprendido a luchar, son cogidos y envueltos por los anillos de su veloz adversaria. Sin embargo, aquí el tigre todavía no está vencido.

Expande su cuerpo en el preciso instante en que la boa aprieta, después ese cuerpo inflado como globo y constituido por músculos de acero, en cuanto siente que la boa cede para preparar el próximo apretón, se comprime extendiéndose casi hasta tomar la alargada forma de la misma serpiente, se escurre entre los anillos y de un salto se pone fuera del alcance de la boa.

Bueno, esto, solo lo pueden hacer los tigres, por algo son los reyes de la selva, pues saben por instinto, que una vez fallado el primer apretón, la boa necesita cierto espacio de tiempo para ejecutar el segundo, que es de efecto mortal, pues concentrando en el sus vigorosas energía, tritura los huesos de su víctima, dejándola, por poderosa que sea, convertida en una masa , lista para ser engullida o tragada.

Fracasado el segundo intento o ataque de la boa, el tigre se enfrenta resueltamente a ella. Ya no hay saltos ni quites, la lucha es continuada y feroz. La cabeza de la boa con rapidez increíble, trata de burlar al tigre, que se defiende a dentelladas y zarpasos.

Lucha terrible que estremece la tierra y las aguas. Cuando el cansancio los obliga a cesar el combate, ambos se quedan quietos, jadeantes, mirándose rencorosos. Estos dos monarcas de la selva tienen fundados motivos para odiarse y ser irreconciliables adversarios, pues uno y otro se invaden recíprocamente sus zonas de influencia.

El tigre se vuelve a veces pescador, pesca con su zarpa los peces que acuden atraídos por sus bigotes que sumerge y lo mueve a manera de insectos.

Cuando la boa tiene conocimiento de esto, se enfurece hasta la desesperación, bien quisiera sorprenderlo allí en la orilla, a su alcance , donde le vencería con toda facilidad, pero el tigre que sabe esto muy bien, se cuida con precaución de acercarse a las aguas fangosas, a los remansos profundos y a las orillas llenas de árboles, que pueden ocultar a su implacable enemiga.

No es que el tigre tenga miedo, su gran valor, siempre temerario, está plenamente probado, que siempre busca la ocasión de prenderse al hocico de la vaca marina para sumergirse con ella en el agua, matarla y después se da un buen festín entre los arboles de la orilla.

Y cuando se encuentra con un lagarto, que al sentirlo, no se atreve a moverse por mas despierto que este, el tigre se pasea entre los lagartos, elige a los más gordos y les va devorando las colas, los cuales las victimas soportan sin protesta, pues se dejan amputar, tranquilas, cuantos trozos apetece el tigre y permanecen inmóviles hasta que el tigre se aleja satisfecho, entonces recién los lagartos se lanzan al rio dando gritos de dolor.

Carlos Velásquez Sánchez