domingo, 12 de abril de 2015

LA MATINTA PERERA ( LA LECHUZA )

Una pareja tenía un negocio donde se abastecían los recolectores de castañas y madereros. Cierto día un hombre recién llegado al pueblo, que se ganaba la vida tallando figuras de animales en madera, vino a la tienda con una coruja pichoncita.
Al verla uno de los niños de la pareja se encariñó tanto que la quería tener. El hombre les dijo que no deseaba separarse del animal pues era regalo de unos madereros amigos. Pero el niño insistió de tal modo que él se la dio con la condición de que le permitieran visitar al pájaro.
Una de las criadas apenas vio llegar la coruja se santiguó. “Ese animal es un Matinta-Perera”, les dijo a sus patrones, “ese pájaro deja que un brujo o alguien por el estilo se meta en su cuerpo, y vuela por las noches para molestar y hacerle daño a la gente”. “Esas son creencias de índios” dijo la dueña de la casa y llevó la coruja a vivir junto a la jaula de los otros pájaros en el patio. Allí, el ave era feliz alimentada con sobras de carne y comía pan con leche que le traía el tallador, quien laboraba en su taller hasta la madrugada.
Poco después, como lo había temido la criada, la gente del pueblo comenzó a escuchar aletazos y unos silbidos agudos que no dejaban dormir e inquietaban a los animales.
Lo que fuera, se transformaba en pájaro, y volaba en la oscuridad después de la medianoche para desaparecer antes de que las gentes le gritaran: “Compadre venga a tomar café mañana bien temprano”, las palabras claves para obligar al pájaro a tornarse otra vez en la persona que venía a pedir café al otro día en la casa del ofendido.
Sin embargo, cada vez que salían a conjurarlo, el Matinta-Perera ya había desaparecido.
La criada se acecó donde el dueño de casa y le dijo: “Mire señor, por allá en el caserío donde vivíamos mi madre y yo en el río Tocantins, había una coruja como ésta que se convertía en un Matinta-Perera todas las noches y se descubrió que era uno de la misma comunidad”.
Entonces el hombre dijo: “Mira a ver si tú puedes averiguar alguna cosa y contarme qué pasa ”.
Ella obedeció y al escuchar los silbidos del Matinta-Perera bien cerca, fue con una linterna y alumbró al lado de la pajarera pero la coruja no estaba allí. A la mañana siguiente (mientras el pájaro tomaba leche con pan en la tacita), la criada fue a contarle al patrón y a repetirle que la coruja era un Matinta-Perera.
El dueño de la tienda decidió atisbar él mismo y se quedó una noche afuera de la casa escondido detrás de un árbol de caucho. Pasada la medianoche, escuchó los primeros silbidos saliendo de la casa del tallador y comenzó a gritar: “Compadre venga a tomar café mañana bien temprano, Compadre venga a tomar café mañana bien temprano”. Y regresó corriendo a su casa, alumbró el patio y, otra vez, la coruja no estaba. Al día siguiente, el que tallaba los animales en madera se presentó avergonzado en la tienda a rogar que lo invitaran a una taza de café pero prometió nunca más molestar a nadie.
Coruja: en portugués, lechuza
Matinta Perera: significa que las personas y chamanes se pueden convertir en animales. Otras versiones de este mito, escuchado en muchos pueblos de la frontera con el Brasil amazónico, muestran al Matinta-Perera como una mujer vieja aficionada a mascar tabaco, que vuela por las noches. En dichos casos, se revela su identidad gritándole que venga por tabaco al día siguiente.



LA HUAYRAMAMA ( MADRE DE LOS VIENTOS )

Hay muchas cosas que se están perdiendo para siempre y quizás ya nunca más puedan repetirse y quizás esos conocimientos ya nadie vuelva a tenerlos.
Esta es la historia de don Emilio Shuña, en un pueblito a orillas del río Ucayali. Los que llegaron a conocerlo en vida, decían que tuvo grandes poderes que heredó de sus abuelos curanderos famosos en el alto Ucayali. Ellos le habían enseñado a usar las fuerzas de los ríos y la tierra pero tuvo que pasar muchos ayunos de yacutoé y ayahuasca. Pero Don Emilio quería conocer más y se propuso controlar las fuerzas del espacio. Entonces las mismas plantas le aconsejaron que tome un preparado del huayracaspi rojo, el árbol madre de la Huayramama, es decir la madre de los vientos.
Después de ayunar nueve días, tomando su huayracaspi, una madrugada llegó el viento cabalgando sobre una gran boa. Tenía el rostro de una mujer joven de dorados cabellos largos que se perdían en las nubes. Ella se posó en el techo de la casa donde Emilio estaba ayunando y le dijo: “Bueno, hombre, aquí estoy ¿qué es lo que tú quieres de mí?” Don Emilio le dijo: “Quiero mandar sobre el viento y la lluvia y cualquier cosa que exista allá arriba”.
“¿Para qué quieres eso?” preguntó la mujer
“Para ayudar a mi pueblo”, contestó don Emilio.
“¿No lo quieres para usarlo contra tus enemigos?” volvió a preguntar la mujer y le dijo: “al contestarme mírame a los ojos”. Emilio mirando a los ojos de la mujer, dijo: “La verdad es que no lo quiero para mí, sino para ayudar a mi pueblo”. La huayramama viendo la sinceridad en los ojos de Emilio, le dijo: “Te daré los poderes con la condición de que ayunes por cuarenta y cinco días más”.
 Después de una pausa, le advirtió “Pero cuídate de mis hijos, malos vientos que andan por ahí haciéndole daño a la gente”. Y se fue, cabalgando en la gran serpiente hasta perderse entre las nubes. Luego de ayunar lo convenido, con los poderes que le dio la huayramama, Don Emilio tuvo fuerza para dirigir el viento y las lluvias, y con esos poderes curaba a quienes venían desde lejos a buscarlo.
Lo visitaban gentes a punto de morirse porque les había soplado un mal viento, los que perdían sus cosechas, mujeres atormentadas por las borrascas, o simplemente pescadores que no cogían nada porque los ríos estaban crecidos. Él ayudaba a todos, sin pedir nada a cambio, porque para eso les dan los grandes poderes, no para aprovecharse, sino para ayudar.
Sin embargo, la prueba de poder más grande para Don Emilio ocurrió cuando los malos vientos se ensañaron con uno de los pueblos.
Fueron tan fuertes los vientos, que las vaquitas, chanchos y hasta unos niños volaron en el espacio, ante la mirada aterrorizada de los pobladores que se aferraban a cualquier cosa para no salir volando. Don Emilio fue llamado de emergencia y tuvo que ayunar por varios días debajo de unas palmas de chonta, cantando bajito los icaros que la huayramama le había enseñado. Sentado allí, sólo bebiendo el agua preparada del huayracaspi y soplando humo de tabaco, aplacó a los hijos malos de la Huayramama y los mandó a vivir bajo las raíces de los árboles.
Desde ese día, los malos vientos estuvieron planeando la manera de vengarse, matándolo. Pero, al enterarse, don Emilio se defendió y los castigó llevándolos a unos árboles llenos de hormigas. Los malos vientos pidieron perdón y prometieron que nunca más harían daño a la gente. Sin embargo, a veces, no cumplen su promesa.
De vez en cuando, la Huayramama visitaba a don Emilio y le ponía su mano en la cabeza para afinarle la fuerza. El hombre llegó a tener tanto poder que en la época de lluvias, los muchachos iban a pedirle: “Don Emilio, no deje que nos llueva hoy. Queremos jugar fútbol esta tarde”. Entonces llamaba a su mujer y le decía: “Elena, tráeme los cigarros mapachos”, y se iba donde las palmas a soplar humo y a cantar las cosas que le había enseñado la Huayramama.
Pero una mañana, Don Emilio amaneció muerto. Unos le echaron la culpa a unos brujos envidiosos, enemigos suyos que vivían al otro lado del río. Otros decían que era cosa de los malos vientos. Lo cierto es que los del pueblo y de la selva lo lloraron.
Tuvieron que esperarse varios días para enterrarlo, porque Don Emilio les tenía pedido que lo pusieran bajo las raíces de un huayracaspi rojo selva adentro. “Quiero que me entierren allá, porque ese árbol es mi madre”, había dicho. Pero cuando lo pusieron debajo del árbol, llegó primero una brisa fresca y después un fuerte viento que elevó a don Emilio hacia el espacio y lo hizo desaparecer entre las nubes donde, según dicen viejas leyendas, vive la Huayramama.


viernes, 3 de abril de 2015

EL PAUCAR

Cuentan que en un pueblo de la selva hubo un niño que siempre usaba pantalón negro y chaqueta amarilla. Además tenía demasiada suelta la lengua, pues a la menor noticia que oía la difundía inmediatamente a los cuatro vientos y en un abrir y cerrar de ojos ya lo sabía la población entera. Más aún, solía burlarse de las flaquezas del prójimo, razón por la cual se hizo mal querer del pueblo, quien no veía la hora de castigarle y corregirle ese defecto.
En una de estas ocasiones el muchacho contó que una vecina anciana Mama Llicu era runa mula y que los viernes por la noche volaba montada en una escoba, noticia que en el acto llegó a oídos de la anciana; y como ésta era una gran hechicera, decidió inmediatamente aplicar un severo castigo al incorregible niño.
Preparando una pócima en un dulce que dio de comer al muchacho, no bien lo había probado, al instante le crecieron plumas y pico, convertido en un ave de color negro y amarillo -que eran los colores de de sus vestidos-, y le llamó Paucar.
Pensaba que, con eso era suficientes para corregirlo y no siga difundiendo chismes.
Sin embargo, el muchacho, aún convertido en un ave, no se enmendó de su defecto y continúa difundiendo noticias a través de su reconocido canto. Por eso es que continuamente oímos decir que cuando canta el paucar es buen augurio, pues está anunciando la llegada de cartas, telegramas, visitas y buenas noticias.
El paucar es muy inteligente; imita con perfección los cantos y llamados de los campesinos y de algunos animales, en especial, el cacareo de las gallinas. Por eso los indígenas dan de comer a sus hijos el cerebro bien caliente de este animal, con el objeto de que sean inteligentes y aprendan pronto las cosas que les enseñan.
Sin embargo, cuentan que esta ave siempre tiene presente el castigo que le impuso el hada y por eso construye su nido en los árboles más altos, junto a caserones de avispas, para su defensa.


miércoles, 25 de marzo de 2015

EL YANAPUMA

El Yanapuma leyenda de la selva amazónica


El Yanapuma es un felino de la selva amazónica, un otorongo que tiene un exceso de pigmentación y que por eso su piel es totalmente negra, por ser una criatura rara se han contado muchas leyendas sobre sus poderes, se ha hablado que pueden ser brujos transformados en animales mediante pactos malignos, también que este felino se alimenta solo de sangre o de cerebros de humanos dejando el resto intacto dependiendo de la versión y la zona.
Yanapuma significa traducido del quechua puma negro aunque también en algunos lugares lo conocen como runapuma o Puma hombre que hace alusión a las historias sobre brujos que adoptan esta forma, veamos ahora una de las historias sobre esta criatura:
Los antiguos contaban una historia, la de un mitayero (cazador del monte o montaraz) que trabajaba cazando para los que se adentraban en la selva, cazaba monos, sachavacas, sajinos, entre otros animales y es así que entro a trabajar para unos madereros que se ubicaban a los lados del rio Pachitea.
Cuentan que un día mientras iba acompañado del cocinero en la selva, vieron un animal de color blanco como el ganado a lo cual el cocinero dice “mira esa novilla, ¿Qué hace por estos lados?”
El cazador que conocía varios secretos de la selva le dice “No es una novilla, eso es un Yanapuma, un tigre del demonio”, “recomiendo que regresemos al campamento, lo mejor es que le digamos a los demás para ir a otro sitio”.
El cocinero lo miro divertido y se burló de él diciendo que se le había pegado los embustes de la gente de las tribus. Volvieron al campamento y el mitayero conto a los demás lo que habían visto, sin embargo tampoco los madereros consideraron las advertencias del cazador.
El les explico muy serio: “Este tigre blanco es inofensivo de día, pero en la noche se vuelve un negro carnicero y ataca a las personas, el diablo se le mete al cuerpo y ni las balas lo hieren, solo con una lanza se le puede hacer daño”.
Los madereros sueltos de risa le dijeron: “Tranquilo, ya veremos qué clase de mal es cuando venga a morir con nuestras balas”, “por estos cuentos que te asustan no vamos a salir corriendo con todos estos cedros y caobas que hemos encontrado, ¿verdad?”.
Al día siguiente el mitayero fue solo al monte para conseguir carne, se hizo con una maquisapa y tranquilamente volvió al campamento feliz por la buena presa que había cazado, pero al llegar vio los cuerpos desperdigados de los madereros por todos lados, sus rifles estaban al costado, al parecer habían sido usados.
Al comprobar el estado de los cuerpos se dio cuenta que estaban casi intactos salvo por unas heridas en el cuello, “esto lo hizo el yanapuma”, pensó, pues como el sabia, las marcas eran orificios de colmillos con los cuales les extrajo la sangre.
El mitayero sintió mucho la muerte de sus compañeros, pero después se puso en modo de alerta pues el yanapuma aun debía estar por las inmediaciones así que subió a un árbol cercano armado con una lanza afilada y ahí espero. La noche avanzaba silenciosamente mortal hasta que se escuchó en un algún lugar cercano el rugido del animal.
Del follaje emergió el Yanapuma oliendo en el aire a un humano aún con vida, quiso treparse en el árbol amenazante tomando por sorpresa al mitayero, este por un momento flaqueo pero sacando valor ataco al yanapuma atravesándolo con la lanza mientras este trepaba. Con un rugido que sacudió la selva cayó la bestia al costado del árbol.
Este pensó en bajar pero por seguridad espero un momento más porque tal vez no había acabado, “mejor aguardar”, pensó. Fue así que entre los arbustos Una Yanapuma hembra apareció, acercándose a su compañero muerto al pie del árbol y mirando hacia arriba con ojos llenos de furia intento subir para tomar venganza, pero el cazador estaba bien apostado y logro darle un ataque certero acabando con la criatura.
Espero un poco antes de bajar del árbol y mientras miraba los restos de sus compañeros pensó en esperar el amanecer para sepultarlos sin embargo se dio cuenta que estaba solo y lo mejor que podía hacer era no perder tiempo e ir a avisarle a los compañeros de otros campamentos cercanos que estaban a más de un día a pie de ahí, así que se puso en camino.
En la noche mientras avanzaba en la oscuridad le pareció escuchar las voces de los que habían muerto en el viento, al parecer se disculpaban por no haberle creído y solo le decían que contara a todo el mundo la desgracia que había caído sobre ellos para advertir a la gente.


sábado, 21 de marzo de 2015

LA MUERTE DE UN CURANDER0

Amanecía en el poblado de San Antonio del Huallaga, aguas abajo del pueblo de Navarro, capital del Distrito de Chipurana y ese día don Raymundo Saurin, paso la ultima tarde con su esposa e hijos.
Y don Raymundo era conocido en toda la zona por su habilidad de curandero con yerbas, resinas y dietas rigurosas. Curaba a sus pacientes de sus dolencias y salvaba la vida hasta de lo que sufrían mordedura de serpientes venenosas de nuestra selva y por estas habilidades era querido por muchos y odiado por otros, porque decían que los brujos curan, sanan y también matan con sus  maleficios y actos diabólicos.
Y la noche fatal y escabrosa, se lleno de misterios y temor, cuando ya don Raymundo se encontraba descansando en su humilde choza junto con los suyos. Hasta que llego a la vivienda don Encarnación Napuchi, armado con una retrocarga, llamo insistentemente, se levanto la esposa y le dijo que él no podía levantarse por estar delicado.
Encarnación, se hizo el de retirarse e instantes después le disparo un balazo en su propia cama a don Raymundo, quien murió al instante, quedando su cuerpo inmóvil sin dar un solo quejido.
El criminal se dio a la fuga por el estrecho camino, mientras los hijos mayores lo perseguían para reconocerlo.
Ese día se entrego a las autoridades del Distrito confesando su sangriento crimen y los móviles para este acontecimiento, se reduce a que don Raymundo en su calidad de brujo había matado a algunos hijos de don Encarnación y tenía otro hijo, que en aquel instante se encontraba delicado, seguramente ya tenía el veneno o virote de la brujería, destinado a morir y así con este crimen, vengaría la pérdida de sus hijo ante el curandero.
Y cuando llevaron el cadáver del brujo a enterrarlo, mucha gente lo siguió hasta el cementerio y en esos precisos momentos que lo cerraban en la tumba, vinieron fuertes vientos y tempestades, que la gente corrió despavorida a sus hogares.
 Y más tarde comentaron que a don Raymundo lo habían visto nuevamente en su choza, al cabo de una semana de haber sido enterrado.
Carlos Velásquez Sánchez


viernes, 20 de marzo de 2015

EL CHULLACHAQUI SHIRINGUERO

Por el río Nanay, en Loreto, vivía un shiringuero que trabajaba de sol a sol pero los árboles de cauchoagotados, casi no le daban leche. Una mañana, mientras trabajaba, vio a un hombrecito barrigón con un pie más pequeño que el otro. De inmediato se dio cuenta que era el Chullachaqui, dueño de animales y amigo de los árboles. Tan desesperado estaba por su mala suerte el shiringuero que no tuvo miedo. “Si me quiere matar, que me mate”, pensó.
Sin embargo, el chullachaqui se acercó amigablemente y le dijo: “¿Cómo te va hoy hombre?”
“No muy bien”, contestó el shiringuero. “Tengo muchas deudas, especialmente con el dueño del shiringal. Mi familia pasa hambre, yo trabajo de sol a sol, pero lo que gano, no me alcanza para vivir, ya no sé qué hacer, creo que uno de estos días moriré”.
El chullachaqui lo miró sonriente y dijo: “si quieres tener más suerte con los árboles de caucho, te voy a ayudar”. “Sí, por favor, ayúdeme”, rogó el hombre. El Chullachaqui le dijo que primero debía hacerle un favor y después pasar una prueba. Lo que quieras, dijo el shiringuero tratando de aferrarse a alguna esperanza. El dueño del bosque le dijo: “Dame uno de tus tabacos y después de que lo haya fumado y me duerma, me dejas dormir un rato y después me das patadas y puños hasta que me despierte”.
El hombre aceptó. El otro se quedó dormido y después de un rato, recibió los golpes acordados. Al despertarse, el Chullachaqui le agradeció y dijo: “Bueno hombre, ahora pongámonos a pelear. Si me tumbas tres veces, haré que los árboles de shiringa te den más caucho para pagar tus deudas. Pero si ocurre que logro tumbarte, te morirás cuando llegues a casa.
El hombre pensó: “este es un chiquitín que ni siquiera puede andar bien con ese pie tan pequeñito; si le gano, podré pagar mis deudas”. Pero cuando comenzaron a pelear resultó que el chiquitín tenía una gran fuerza y parecía que iba a derrotar al shiringuero que estaba a punto de desfallecer. Entonces el shiringuero recordó las viejas leyendas que decían que para vencer a un chullachaqui hay que pisarle en el pie más pequeño de donde brota toda su fuerza. Así lo hizo y logró derribar tres veces al chiquitín.
Reconociendo su derrota, le dijo: “ahora los árboles te van a dar más caucho del que nunca has visto. Pero no vayas a ser tan avariento y sacarle tanta leche a los troncos que les hagas llorar. Y si cuentas a alguien, te morirás de inmediato”, le advirtió. Luego le enseñó los árboles que rendian más.
El shiringuero consiguió la leche de los árboles, y se dio cuenta que el Chuchallaqui era un buen dueño del bosque. Lo veía en el shiringal curando a los animales o trenzando bejucos en los árboles, cuidando los nidos de las aves para que no caigan y, de cuando en cuando, golpeando las aletas de la lupuna para pedir lluvia. Era un ritmo que daba ganas de bailar.
Trabajando fuerte, el hombre pagó las deudas al dueño de los shiringales, un patrón que vivía en la ciudad. Y compró ropa y zapatos para sus hijos y su mujer: “ya no anden por ahí haciéndose heridas”, decía.
Pero el dueño de los shiringales, un hombre malo (quien había esclavizado y matado a muchos indígenas), se enteró de la buena suerte del trabajador. Madrugó y atisbó al shiringuero para ver cuáles eran los árboles mejores, y después vino, no con tichelas, los recipientes pequeños usados por los shiringueros, sino con baldes grandes para llenarlos. Terminó haciéndoles tales cortes a los árboles que los últimos recipientes no contenían leche sino agua.
El shiringuero extraía sólo lo necesario, pero el patrón quería más. Un día cuando estaban discutiendo, apareció el chullachaqui y les dijo: “aquí se acabó la bonanza, sabía que algún día esto iba a suceder”, dijo. Y mirando el shiringuero le indicó: “a ti te perdono porque hiciste lo que te dije, pero si no has ahorrado tu dinero, otra vez vivirás en la pobreza, vete y no vuelvas más”.
Mirando al patrón le dijo: ¿no te diste cuenta que los últimos baldes que sacabas no tenían leche del caucho sino lágrimas de los árboles? Vete, pero vas a pagar esas lágrimas”.
Esa tarde el patrón del shiringal se puso muy enfermo con dolores de cabeza y fiebres. Lo bajarlo en canoa hasta la ciuidad, pero ningún médico le pudo decir cuál era su dolencia. Los sabedores tampoco pudieron curarlo y murió.
El shiringuero, un tal Flores, que todavía vive, dejó los shiringales y se fue lejos, a un pueblito, donde levantó una hermosa casa y puso un comercio.
Felizmente sí había ahorrado.


jueves, 19 de marzo de 2015

EL CHULLACHAQUI - DIOS ECOLOGICO

EL CHULLACHAQUI : DIOS ECOLOGICO DEL BOSQUE AMAZONICO
Por : Roger Rummrill

Don Oroma dio inicio a su relato de la siguiente manera:
–Así como los cerros tienen sus dioses, que son sus guardianes y protectores, los muquis, los bosques de la Amazonía también tienen sus dioses, sus protectores y sus guardianes, son los llamadossacharunachullachaquisyashingosshapshicosshapingos,shatucosshitacosshollacos. Les contaré sobre los chullachaquis.
Los chullachaquis son de pequeña estatura, por lo que pueden moverse mejor en el bosque. Son de color oscuro y tienen una cabeza desproporcionada para su tamaño; pero más que por su pequeña estatura, su cabezota y su color oscuro, el chullachaqui tiene una característica muy especial en sus pies. Éstos son desiguales y de ahí viene su nombre en el idioma de los incas, chulla, desigual, y chaqui, pie. Uno de sus pies apunta hacia delante y el otro, hacia atrás.
Y en sus pies está la clave de su secreto, el enigma de su existencia y el misterio de su relación con los hombres. Muchas veces, los hombres y las mujeres caminando en el bosque y en la orilla de un arroyo encuentran las huellas de un pie que ha caminado en una dirección. Si están desorientados, puede ser que sigan la dirección de esas huellas que no conducen a ninguna parte; pero también puede ocurrir que sigan las huellas en dirección contraria y ocurra que vuelvan y retornen al punto de donde partieron.
Entonces, los hombres y mujeres, siguiendo estas huellas, van y vienen en una ida y un retorno sin término, circulando, girando como es el tiempo y la vida en el bosque, que no tiene principio ni fin.
El chullachaqui tiene buen humor, le gusta jugar y es un ser sonriente. Le encantan los niños. Cuando éstos están solos en sus chozas, porque los padres se han ido a la chacra, de pesca o de cacería, se acerca y juega con ellos. Para no asustarlos con su cabezota y sus pies desiguales se transforma en el padre la madre, el hermano o hermana, el tío o el amigo.
Cuando decide irse, porque supone que los padres de los niños están por llegar, el niño, la niña o los niños le siguen por el bosque, confundidos por la apariencia del chullachaqui; por eso muchas veces se han encontrado niños perdidos en el bosque, llorando y abandonados.
El chullachaqui se enoja mucho cuando los hombres talan los árboles del bosque en exceso, más allá de sus necesidades, sobre todo no le gusta que corten las grandes lupunas, las catahuas y los renacos, es decir, los árboles que tienen madre porque, en el bosque, los árboles, los ríos, las cochas, el arco iris, todos los seres tienen madre. Para evitar que los hombres destruyan el bosque, el chullachaqui usa todas sus artes. Lanza truenos y rayos que asustan a los hombres, hace llover copiosamente para apagar el fuego del bosque, avisa a las isulas, las grandes hormigas venenosas, para que ataquen a los taladores; también, a las huayrangas, las avispas gigantes, para que piquen y produzcan fiebre.
El chullachaqui castiga a los hombres que son enemigos de los animales del bosque, a los cazadores que matan con crueldad y demasía a la fauna de sajinos, huanganas, venados, tapires, ronsocos, majases, añujes, carachupas, otorongos, monos, aves como paujiles, trompeteros, pavas, pucacungas y perdices.
Para castigar a un cazador, el chullachaqui se transforma en venado, la pieza de caza más apetecible y más buscada del cazador. Convertido en venado, se deja ver por el cazador a tiro de arma, luego rápidamente se aleja y, después, se detiene, esperándole. Cuando éste le da alcance y otra vez lo tienen en la línea de mira de su escopeta, el venado se aleja otra vez y así prosigue con este juego hasta llevar al cazador al interior del bosque donde lo deja, finalmente, perdido.
Lo mismo hace con los cazadores de monos. Se transforma en un hermoso mono choro o una maquisapa y se hace perseguir por el cazador hacia el interior del bosque. Ahí desaparece de la vista de éste que, al final, pierde no sólo al mono sino también la trocha para regresar. El chullachaqui también puede transformarse en un paujil, la gran ave del tamaño de un pavo que vive en el corazón de la selva, para engañar a los cazadores ambiciosos y llevarlos a lo más profundo del bosque y dejarlos perdidos.
El chullachaqui también hace su chacra en medio del bosque. Muchas veces se puede escuchar, en plena selva, un golpe seco de machete o de hacha como de alguien que está trabajando en el bosque. Es el chullachaqui que está haciendo su chacra.
–Don Oroma, ¿usted ha visto alguna vez un chullachaqui? –preguntó Camuchín, interrumpiendo el relato del viejo, sin poder contener su curiosidad. Los demás muchachos estaban muy atentos, imaginando estar en el bosque, siguiendo las huellas de los pies desiguales.
–Sí, he visto no sólo una sino varias veces al chullachaqui. Les voy a contar sobre aquella vez que me encontré con él y que se transformó en mi hermano Otoniel. Vengan todos conmigo –dijo y comenzó su relato–. Era el mes de enero de un año que recuerdo muy bien, que se ha quedado fijo en mi memoria porque ese año el río Amazonas se desbordó, creció como no lo había hecho en mucho tiempo, inundando las chacras y las casas en todos los pueblos. Con la naturaleza que cambia y se transforma, también cambia la vida de los hombres porque, como ustedes saben, la vida del hombre en el río y en el bosque tiene dos etapas muy marcadas, el invierno y el verano, las dos únicas estaciones que conocemos del clima y que también son estaciones de nuestras vidas.
En ese mes de enero, sólo conocíamos el agua y el bosque inundado. Sólo había tierra en la restinga, una parte alta del boque donde los animales habían buscado refugio. Tomé mi canoa y me dirigí a la restinga para buscar tortugas motelos y huevos de perdiz.
Desde que puse los pies en la restinga, mientras caminaba por la hojarasca húmeda del monte, presentí que algo extraño me iba a pasar. El primer aviso fue el canto de la chicua, el pájaro de mal agüero. Luego una serpiente loro machaco se cruzó en mi camino. La serpiente también es un mal anuncio. Súbitamente escuché voces a mi espalda. Giré rápidamente el rostro y, asombrado, vi que mi hermano Otoniel avanzaba hacia mí.
–¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has retornado de Tapira? –le pregunté. Él había viajado al pueblo de Tapira recién el día anterior y tenía previsto regresar el fin de semana.
–Llegué esta mañana y como me enteré que has venido a la restinga, he venido a darte alcance –contestó con naturalidad.
-Pero no has traído tu escopeta. ¿Con qué vas a balear? –le dije, sorprendido de que estuviera en la restinga sin su arma.
–Te voy a ayudar a cargar lo que tú mates –respondió prestamente.
El bosque, que hacía sólo unos instantes era un concierto de cantos de pájaros, de aullidos de monos, de la estridencia de las cigarras y de algún lejano rugido del tigre otorongo, se había quedado extrañamente en silencio.
El silencio se quebró con las palabras de Otoniel:
–Estoy escuchando el canto de un paujil –me dijo apuntando en la dirección de una hilera densa de palmeras tagua.
–Ven, sígueme –dijo y caminó con gran agilidad y destreza debajo de las palmeras.
En ese instante volvió a cantar la chicua y tuve miedo. Empecé a correr detrás de Otoniel y grité:
–Espérame.
Se detuvo para mirarme y fue, en ese momento, en que pude ver sus pies desiguales en la hojarasca.
–¡El chullachaqui! –grité aterrorizado y emprendí una loca carrera con dirección a mi canoa.
Después de ese susto, abandoné la cacería de animales para siempre.