miércoles, 25 de marzo de 2015

EL YANAPUMA

El Yanapuma leyenda de la selva amazónica


El Yanapuma es un felino de la selva amazónica, un otorongo que tiene un exceso de pigmentación y que por eso su piel es totalmente negra, por ser una criatura rara se han contado muchas leyendas sobre sus poderes, se ha hablado que pueden ser brujos transformados en animales mediante pactos malignos, también que este felino se alimenta solo de sangre o de cerebros de humanos dejando el resto intacto dependiendo de la versión y la zona.
Yanapuma significa traducido del quechua puma negro aunque también en algunos lugares lo conocen como runapuma o Puma hombre que hace alusión a las historias sobre brujos que adoptan esta forma, veamos ahora una de las historias sobre esta criatura:
Los antiguos contaban una historia, la de un mitayero (cazador del monte o montaraz) que trabajaba cazando para los que se adentraban en la selva, cazaba monos, sachavacas, sajinos, entre otros animales y es así que entro a trabajar para unos madereros que se ubicaban a los lados del rio Pachitea.
Cuentan que un día mientras iba acompañado del cocinero en la selva, vieron un animal de color blanco como el ganado a lo cual el cocinero dice “mira esa novilla, ¿Qué hace por estos lados?”
El cazador que conocía varios secretos de la selva le dice “No es una novilla, eso es un Yanapuma, un tigre del demonio”, “recomiendo que regresemos al campamento, lo mejor es que le digamos a los demás para ir a otro sitio”.
El cocinero lo miro divertido y se burló de él diciendo que se le había pegado los embustes de la gente de las tribus. Volvieron al campamento y el mitayero conto a los demás lo que habían visto, sin embargo tampoco los madereros consideraron las advertencias del cazador.
El les explico muy serio: “Este tigre blanco es inofensivo de día, pero en la noche se vuelve un negro carnicero y ataca a las personas, el diablo se le mete al cuerpo y ni las balas lo hieren, solo con una lanza se le puede hacer daño”.
Los madereros sueltos de risa le dijeron: “Tranquilo, ya veremos qué clase de mal es cuando venga a morir con nuestras balas”, “por estos cuentos que te asustan no vamos a salir corriendo con todos estos cedros y caobas que hemos encontrado, ¿verdad?”.
Al día siguiente el mitayero fue solo al monte para conseguir carne, se hizo con una maquisapa y tranquilamente volvió al campamento feliz por la buena presa que había cazado, pero al llegar vio los cuerpos desperdigados de los madereros por todos lados, sus rifles estaban al costado, al parecer habían sido usados.
Al comprobar el estado de los cuerpos se dio cuenta que estaban casi intactos salvo por unas heridas en el cuello, “esto lo hizo el yanapuma”, pensó, pues como el sabia, las marcas eran orificios de colmillos con los cuales les extrajo la sangre.
El mitayero sintió mucho la muerte de sus compañeros, pero después se puso en modo de alerta pues el yanapuma aun debía estar por las inmediaciones así que subió a un árbol cercano armado con una lanza afilada y ahí espero. La noche avanzaba silenciosamente mortal hasta que se escuchó en un algún lugar cercano el rugido del animal.
Del follaje emergió el Yanapuma oliendo en el aire a un humano aún con vida, quiso treparse en el árbol amenazante tomando por sorpresa al mitayero, este por un momento flaqueo pero sacando valor ataco al yanapuma atravesándolo con la lanza mientras este trepaba. Con un rugido que sacudió la selva cayó la bestia al costado del árbol.
Este pensó en bajar pero por seguridad espero un momento más porque tal vez no había acabado, “mejor aguardar”, pensó. Fue así que entre los arbustos Una Yanapuma hembra apareció, acercándose a su compañero muerto al pie del árbol y mirando hacia arriba con ojos llenos de furia intento subir para tomar venganza, pero el cazador estaba bien apostado y logro darle un ataque certero acabando con la criatura.
Espero un poco antes de bajar del árbol y mientras miraba los restos de sus compañeros pensó en esperar el amanecer para sepultarlos sin embargo se dio cuenta que estaba solo y lo mejor que podía hacer era no perder tiempo e ir a avisarle a los compañeros de otros campamentos cercanos que estaban a más de un día a pie de ahí, así que se puso en camino.
En la noche mientras avanzaba en la oscuridad le pareció escuchar las voces de los que habían muerto en el viento, al parecer se disculpaban por no haberle creído y solo le decían que contara a todo el mundo la desgracia que había caído sobre ellos para advertir a la gente.


sábado, 21 de marzo de 2015

LA MUERTE DE UN CURANDER0

Amanecía en el poblado de San Antonio del Huallaga, aguas abajo del pueblo de Navarro, capital del Distrito de Chipurana y ese día don Raymundo Saurin, paso la ultima tarde con su esposa e hijos.
Y don Raymundo era conocido en toda la zona por su habilidad de curandero con yerbas, resinas y dietas rigurosas. Curaba a sus pacientes de sus dolencias y salvaba la vida hasta de lo que sufrían mordedura de serpientes venenosas de nuestra selva y por estas habilidades era querido por muchos y odiado por otros, porque decían que los brujos curan, sanan y también matan con sus  maleficios y actos diabólicos.
Y la noche fatal y escabrosa, se lleno de misterios y temor, cuando ya don Raymundo se encontraba descansando en su humilde choza junto con los suyos. Hasta que llego a la vivienda don Encarnación Napuchi, armado con una retrocarga, llamo insistentemente, se levanto la esposa y le dijo que él no podía levantarse por estar delicado.
Encarnación, se hizo el de retirarse e instantes después le disparo un balazo en su propia cama a don Raymundo, quien murió al instante, quedando su cuerpo inmóvil sin dar un solo quejido.
El criminal se dio a la fuga por el estrecho camino, mientras los hijos mayores lo perseguían para reconocerlo.
Ese día se entrego a las autoridades del Distrito confesando su sangriento crimen y los móviles para este acontecimiento, se reduce a que don Raymundo en su calidad de brujo había matado a algunos hijos de don Encarnación y tenía otro hijo, que en aquel instante se encontraba delicado, seguramente ya tenía el veneno o virote de la brujería, destinado a morir y así con este crimen, vengaría la pérdida de sus hijo ante el curandero.
Y cuando llevaron el cadáver del brujo a enterrarlo, mucha gente lo siguió hasta el cementerio y en esos precisos momentos que lo cerraban en la tumba, vinieron fuertes vientos y tempestades, que la gente corrió despavorida a sus hogares.
 Y más tarde comentaron que a don Raymundo lo habían visto nuevamente en su choza, al cabo de una semana de haber sido enterrado.
Carlos Velásquez Sánchez


viernes, 20 de marzo de 2015

EL CHULLACHAQUI SHIRINGUERO

Por el río Nanay, en Loreto, vivía un shiringuero que trabajaba de sol a sol pero los árboles de cauchoagotados, casi no le daban leche. Una mañana, mientras trabajaba, vio a un hombrecito barrigón con un pie más pequeño que el otro. De inmediato se dio cuenta que era el Chullachaqui, dueño de animales y amigo de los árboles. Tan desesperado estaba por su mala suerte el shiringuero que no tuvo miedo. “Si me quiere matar, que me mate”, pensó.
Sin embargo, el chullachaqui se acercó amigablemente y le dijo: “¿Cómo te va hoy hombre?”
“No muy bien”, contestó el shiringuero. “Tengo muchas deudas, especialmente con el dueño del shiringal. Mi familia pasa hambre, yo trabajo de sol a sol, pero lo que gano, no me alcanza para vivir, ya no sé qué hacer, creo que uno de estos días moriré”.
El chullachaqui lo miró sonriente y dijo: “si quieres tener más suerte con los árboles de caucho, te voy a ayudar”. “Sí, por favor, ayúdeme”, rogó el hombre. El Chullachaqui le dijo que primero debía hacerle un favor y después pasar una prueba. Lo que quieras, dijo el shiringuero tratando de aferrarse a alguna esperanza. El dueño del bosque le dijo: “Dame uno de tus tabacos y después de que lo haya fumado y me duerma, me dejas dormir un rato y después me das patadas y puños hasta que me despierte”.
El hombre aceptó. El otro se quedó dormido y después de un rato, recibió los golpes acordados. Al despertarse, el Chullachaqui le agradeció y dijo: “Bueno hombre, ahora pongámonos a pelear. Si me tumbas tres veces, haré que los árboles de shiringa te den más caucho para pagar tus deudas. Pero si ocurre que logro tumbarte, te morirás cuando llegues a casa.
El hombre pensó: “este es un chiquitín que ni siquiera puede andar bien con ese pie tan pequeñito; si le gano, podré pagar mis deudas”. Pero cuando comenzaron a pelear resultó que el chiquitín tenía una gran fuerza y parecía que iba a derrotar al shiringuero que estaba a punto de desfallecer. Entonces el shiringuero recordó las viejas leyendas que decían que para vencer a un chullachaqui hay que pisarle en el pie más pequeño de donde brota toda su fuerza. Así lo hizo y logró derribar tres veces al chiquitín.
Reconociendo su derrota, le dijo: “ahora los árboles te van a dar más caucho del que nunca has visto. Pero no vayas a ser tan avariento y sacarle tanta leche a los troncos que les hagas llorar. Y si cuentas a alguien, te morirás de inmediato”, le advirtió. Luego le enseñó los árboles que rendian más.
El shiringuero consiguió la leche de los árboles, y se dio cuenta que el Chuchallaqui era un buen dueño del bosque. Lo veía en el shiringal curando a los animales o trenzando bejucos en los árboles, cuidando los nidos de las aves para que no caigan y, de cuando en cuando, golpeando las aletas de la lupuna para pedir lluvia. Era un ritmo que daba ganas de bailar.
Trabajando fuerte, el hombre pagó las deudas al dueño de los shiringales, un patrón que vivía en la ciudad. Y compró ropa y zapatos para sus hijos y su mujer: “ya no anden por ahí haciéndose heridas”, decía.
Pero el dueño de los shiringales, un hombre malo (quien había esclavizado y matado a muchos indígenas), se enteró de la buena suerte del trabajador. Madrugó y atisbó al shiringuero para ver cuáles eran los árboles mejores, y después vino, no con tichelas, los recipientes pequeños usados por los shiringueros, sino con baldes grandes para llenarlos. Terminó haciéndoles tales cortes a los árboles que los últimos recipientes no contenían leche sino agua.
El shiringuero extraía sólo lo necesario, pero el patrón quería más. Un día cuando estaban discutiendo, apareció el chullachaqui y les dijo: “aquí se acabó la bonanza, sabía que algún día esto iba a suceder”, dijo. Y mirando el shiringuero le indicó: “a ti te perdono porque hiciste lo que te dije, pero si no has ahorrado tu dinero, otra vez vivirás en la pobreza, vete y no vuelvas más”.
Mirando al patrón le dijo: ¿no te diste cuenta que los últimos baldes que sacabas no tenían leche del caucho sino lágrimas de los árboles? Vete, pero vas a pagar esas lágrimas”.
Esa tarde el patrón del shiringal se puso muy enfermo con dolores de cabeza y fiebres. Lo bajarlo en canoa hasta la ciuidad, pero ningún médico le pudo decir cuál era su dolencia. Los sabedores tampoco pudieron curarlo y murió.
El shiringuero, un tal Flores, que todavía vive, dejó los shiringales y se fue lejos, a un pueblito, donde levantó una hermosa casa y puso un comercio.
Felizmente sí había ahorrado.


jueves, 19 de marzo de 2015

EL CHULLACHAQUI - DIOS ECOLOGICO

EL CHULLACHAQUI : DIOS ECOLOGICO DEL BOSQUE AMAZONICO
Por : Roger Rummrill

Don Oroma dio inicio a su relato de la siguiente manera:
–Así como los cerros tienen sus dioses, que son sus guardianes y protectores, los muquis, los bosques de la Amazonía también tienen sus dioses, sus protectores y sus guardianes, son los llamadossacharunachullachaquisyashingosshapshicosshapingos,shatucosshitacosshollacos. Les contaré sobre los chullachaquis.
Los chullachaquis son de pequeña estatura, por lo que pueden moverse mejor en el bosque. Son de color oscuro y tienen una cabeza desproporcionada para su tamaño; pero más que por su pequeña estatura, su cabezota y su color oscuro, el chullachaqui tiene una característica muy especial en sus pies. Éstos son desiguales y de ahí viene su nombre en el idioma de los incas, chulla, desigual, y chaqui, pie. Uno de sus pies apunta hacia delante y el otro, hacia atrás.
Y en sus pies está la clave de su secreto, el enigma de su existencia y el misterio de su relación con los hombres. Muchas veces, los hombres y las mujeres caminando en el bosque y en la orilla de un arroyo encuentran las huellas de un pie que ha caminado en una dirección. Si están desorientados, puede ser que sigan la dirección de esas huellas que no conducen a ninguna parte; pero también puede ocurrir que sigan las huellas en dirección contraria y ocurra que vuelvan y retornen al punto de donde partieron.
Entonces, los hombres y mujeres, siguiendo estas huellas, van y vienen en una ida y un retorno sin término, circulando, girando como es el tiempo y la vida en el bosque, que no tiene principio ni fin.
El chullachaqui tiene buen humor, le gusta jugar y es un ser sonriente. Le encantan los niños. Cuando éstos están solos en sus chozas, porque los padres se han ido a la chacra, de pesca o de cacería, se acerca y juega con ellos. Para no asustarlos con su cabezota y sus pies desiguales se transforma en el padre la madre, el hermano o hermana, el tío o el amigo.
Cuando decide irse, porque supone que los padres de los niños están por llegar, el niño, la niña o los niños le siguen por el bosque, confundidos por la apariencia del chullachaqui; por eso muchas veces se han encontrado niños perdidos en el bosque, llorando y abandonados.
El chullachaqui se enoja mucho cuando los hombres talan los árboles del bosque en exceso, más allá de sus necesidades, sobre todo no le gusta que corten las grandes lupunas, las catahuas y los renacos, es decir, los árboles que tienen madre porque, en el bosque, los árboles, los ríos, las cochas, el arco iris, todos los seres tienen madre. Para evitar que los hombres destruyan el bosque, el chullachaqui usa todas sus artes. Lanza truenos y rayos que asustan a los hombres, hace llover copiosamente para apagar el fuego del bosque, avisa a las isulas, las grandes hormigas venenosas, para que ataquen a los taladores; también, a las huayrangas, las avispas gigantes, para que piquen y produzcan fiebre.
El chullachaqui castiga a los hombres que son enemigos de los animales del bosque, a los cazadores que matan con crueldad y demasía a la fauna de sajinos, huanganas, venados, tapires, ronsocos, majases, añujes, carachupas, otorongos, monos, aves como paujiles, trompeteros, pavas, pucacungas y perdices.
Para castigar a un cazador, el chullachaqui se transforma en venado, la pieza de caza más apetecible y más buscada del cazador. Convertido en venado, se deja ver por el cazador a tiro de arma, luego rápidamente se aleja y, después, se detiene, esperándole. Cuando éste le da alcance y otra vez lo tienen en la línea de mira de su escopeta, el venado se aleja otra vez y así prosigue con este juego hasta llevar al cazador al interior del bosque donde lo deja, finalmente, perdido.
Lo mismo hace con los cazadores de monos. Se transforma en un hermoso mono choro o una maquisapa y se hace perseguir por el cazador hacia el interior del bosque. Ahí desaparece de la vista de éste que, al final, pierde no sólo al mono sino también la trocha para regresar. El chullachaqui también puede transformarse en un paujil, la gran ave del tamaño de un pavo que vive en el corazón de la selva, para engañar a los cazadores ambiciosos y llevarlos a lo más profundo del bosque y dejarlos perdidos.
El chullachaqui también hace su chacra en medio del bosque. Muchas veces se puede escuchar, en plena selva, un golpe seco de machete o de hacha como de alguien que está trabajando en el bosque. Es el chullachaqui que está haciendo su chacra.
–Don Oroma, ¿usted ha visto alguna vez un chullachaqui? –preguntó Camuchín, interrumpiendo el relato del viejo, sin poder contener su curiosidad. Los demás muchachos estaban muy atentos, imaginando estar en el bosque, siguiendo las huellas de los pies desiguales.
–Sí, he visto no sólo una sino varias veces al chullachaqui. Les voy a contar sobre aquella vez que me encontré con él y que se transformó en mi hermano Otoniel. Vengan todos conmigo –dijo y comenzó su relato–. Era el mes de enero de un año que recuerdo muy bien, que se ha quedado fijo en mi memoria porque ese año el río Amazonas se desbordó, creció como no lo había hecho en mucho tiempo, inundando las chacras y las casas en todos los pueblos. Con la naturaleza que cambia y se transforma, también cambia la vida de los hombres porque, como ustedes saben, la vida del hombre en el río y en el bosque tiene dos etapas muy marcadas, el invierno y el verano, las dos únicas estaciones que conocemos del clima y que también son estaciones de nuestras vidas.
En ese mes de enero, sólo conocíamos el agua y el bosque inundado. Sólo había tierra en la restinga, una parte alta del boque donde los animales habían buscado refugio. Tomé mi canoa y me dirigí a la restinga para buscar tortugas motelos y huevos de perdiz.
Desde que puse los pies en la restinga, mientras caminaba por la hojarasca húmeda del monte, presentí que algo extraño me iba a pasar. El primer aviso fue el canto de la chicua, el pájaro de mal agüero. Luego una serpiente loro machaco se cruzó en mi camino. La serpiente también es un mal anuncio. Súbitamente escuché voces a mi espalda. Giré rápidamente el rostro y, asombrado, vi que mi hermano Otoniel avanzaba hacia mí.
–¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has retornado de Tapira? –le pregunté. Él había viajado al pueblo de Tapira recién el día anterior y tenía previsto regresar el fin de semana.
–Llegué esta mañana y como me enteré que has venido a la restinga, he venido a darte alcance –contestó con naturalidad.
-Pero no has traído tu escopeta. ¿Con qué vas a balear? –le dije, sorprendido de que estuviera en la restinga sin su arma.
–Te voy a ayudar a cargar lo que tú mates –respondió prestamente.
El bosque, que hacía sólo unos instantes era un concierto de cantos de pájaros, de aullidos de monos, de la estridencia de las cigarras y de algún lejano rugido del tigre otorongo, se había quedado extrañamente en silencio.
El silencio se quebró con las palabras de Otoniel:
–Estoy escuchando el canto de un paujil –me dijo apuntando en la dirección de una hilera densa de palmeras tagua.
–Ven, sígueme –dijo y caminó con gran agilidad y destreza debajo de las palmeras.
En ese instante volvió a cantar la chicua y tuve miedo. Empecé a correr detrás de Otoniel y grité:
–Espérame.
Se detuvo para mirarme y fue, en ese momento, en que pude ver sus pies desiguales en la hojarasca.
–¡El chullachaqui! –grité aterrorizado y emprendí una loca carrera con dirección a mi canoa.
Después de ese susto, abandoné la cacería de animales para siempre.


domingo, 15 de marzo de 2015

EL BUFEO ENAMORADO

Al extraño delfín rosado del Amazonas la gente lo llama, simplemente, bufeo colorado y así lo distinguen de sus otros hermanos que son de color gris. Todas las leyendas afirman que el bufeo, es un ser o duende “encantado” capaz de transformarse en un varón “gringo” al que le gustan las mujeres jóvenes y bonitas de los caseríos ribereños.
Convertido en un apuesto varón, le gusta llegar hasta la fiesta donde pasa revista a las chicas y elige una que le gusta.
Entonces, haciéndose pasar como un viajero de paso, baila y enamora a la muchacha ofreciéndole una vida mejor. Para que los demás le crean un potentado, invita bebidas para todos los asistentes a la fiesta. De esa manera se gana la simpatía de la población. Sin embargo nunca se le ve comer y menos libar licor, porque según cuentan las leyendas, si se emborracha, dejaría su ropaje de varón y todos se darían cuenta que es un bufeo.
En mitad de la fiesta, el apuesto varón (que no es otro que el bufeo) anuncia su noviazgo con la chica elegida y la colma de regalos, mientras sigue invitando mucha bebida a los demás. La fiesta se convierte en un loquerío de alegría.
Puede suceder que esa madrugada, cuando la mayoría está durmiendo la borrachera, el bufeo se lleve a la chica. Pero también ocurre que el bufeo desaparece y sólo se le ve retornar al anochecer, siempre alegre y dispuesto a invitar bebidas o comida a los que lo rodean. Siempre al amanecer, desaparece el enamorado para volver por la noche.
Poco a poco, la joven enamorada se siente muy extraña cuando no está su amado y se le ve, casi siempre a orillas del río, extrañando a su “gringo”.
Esa es la señal de alerta.
Si sus familiares se dan cuenta a tiempo, acudirán donde un curandero que, después de varias sesiones, la curará, evitando que la joven termine viviendo en el fondo del río con el bufeo.
Pero si no se dan cuenta, un buen día verán a la joven enamorada hundirse en el río, para no salir nunca más.
Cuando el bufeo sabe que lo han descubierto, desaparece y nunca más vuelve por el caserío. Cuenta una vieja leyenda Shipibo que hace muchos, muchísimos años, un pueblo entero de shipibos fue convertida en delfines de río (bufeos) por no haber querido reconocer el poder de una hechicera que quería ser la jefe de la comunidad. En castigo y para mostrar su poder, ella los transformó en bufeos. Desde entonces sus descendientes pueblan alegremente el caudaloso río Ucayali y sus afluentes. Se les encuentra de cuatro o cinco, surcando juguetonamente las aguas.
Las leyendas siguen diciendo que en las noches de fiesta en los pueblos de las riberas de ríos y lagos, casi siempre aparecen varones extraños que dicen ser viajeros y que piden hospedaje. Como en la selva, nadie niega nada a nadie, se quedan en el pueblo y participan de la fiesta. Dicen que en cierto pueblo, apareció Shinaan, un bufeo colorado que -a diferencia de los otros bufeos- se enamoró de Panshin, una humana muy bella. Tanto era su amor que le confesó su verdadera identidad.
Al principio Panshin se asustó y no quiso ver más a Shinaan pese a que éste llegaba todas las noches a buscarla con regalos.
Tanto fueron los ruegos de Shinaan que Panshin accedió a conversar con él.
Después de largas conversaciones, Shinaan le dijo que haría cualquier cosa por vivir con ella.
“¿Cualquier cosa, incluso aunque parezca imposible?” le preguntó la joven.
Y Shinaan enamorado respondió: “si es posible daría mi vida po ti”, dijo él. “Déjame pensarlo”, le dijo ella. Alegre Shinaan se arrojó al río y retozó un gran rato hasta perderse en las profundidades.
A la noche siguiente, cuando Shinaan regresó, no encontró a Panshin. La buscó por todo el pueblo, pero no la encontró. Triste se fue a sentarse a orillas del río, pensando que ella había jugado con su amor.
De repente una red cayó sobre su cuerpo y lo sujetaron fuertemente a las aletas de un árbol.
Entonces apareció Panshin con un curandero y preguntó “¿De verdad harían lo imposible por mí?”.
“Sí”, contestó él.
“Entonces te convertirás en humano para siempre”, le dijo ella y el curandero hizo sus hechizos y Shinaan jamás volvió a ser bufeo.


sábado, 7 de febrero de 2015

EL TIGRE Y EL LAGARTO

Sabado, 07 de Febrero del 2015

                             E L   L A G A R T O
Íbamos en una canoa a remo por el rio Samiria , abriéndonos paso entre centenares de estos lagartos, que con la cabeza fuera del agua formaban verdaderas palizadas en todo el recorrido junto a las playas, era preciso ir golpeándolas con el remo para que nos dieran pase los que estaban en nuestra ruta, no hubo intentos de ataque por parte de ninguno de ellos, tampoco nadie deseaba cazarlos ni matarlos.
Un día llegamos al atardecer a casa de un amigo ribereño en los momentos que llegaba del mitayo trayendo un sajino y una pava de monte y de inmediato sus hijos se pusieron a cocinar.
Luego, uno de ellos en son de broma me dijo que iba a cazar un lagarto y para esto preparo un trozo de topa de regular grosor, en el que envolvió todo el intestino delgado del sajino bien amarrado y al anochecer fue al puerto y arrojo el trozo a una muyuna cerca de la orilla, en el que quedo flotando y dando vueltas dentro del circulo del remolino.
Al día siguiente muy temprano me paso la voz para ir  a ver el resultado y realmente no podía creer lo que veía, un enorme lagarto negro muerto con la panza arriba, girando alrededor de la muyuna con la boca abierta y el trozo de topa atrapado entre sus poderosos dientes.
La explicación muy sencilla, el animal al atrapar con violencia las tripas envueltas en la madera blanda, los dientes se clavaron hasta la raíz,  quedando la boca abierta por donde iba penetrando el agua libremente sin que el animal  pudiera cerrar las mandíbulas para evitar morir por ahogamiento, pues una vez clavados los dientes son aprisionados por la madera y ya no es posible que los retire, porque no puede. Muy fácil ¿ Verdad ? Y sin exponerse a ningún peligro.
Llegada la noche de ese mismo día, el muchacho me invito para ir a cazar lagartos blancos conocidos como “challualagartos” que son más pequeños que los negros y tienen la carne muy blanca y fina como de mejor pescado y es muy agradable cuando es ahumado.
Para esto, el muchacho llevo una linterna a pilas y un pesado y duro palo de madera. Nos embarcamos en una pequeña canoa, el iba en proa de pie, linterna en mano, yo conducía la canoa lenta y silenciosamente desde la popa y empezamos a distinguir a la luz de la linterna una infinidad de puntos rojizos brillantes que no eran otra cosa que los ojos de los lagartos.
El muchacho me dice que me acerque lentamente hacia los puntos que tenia enfocado, el no aparta la luz que alumbraba los ojos de la víctima, entonces mi acompañante le descargo un tremendo golpe en la cabeza con el palo que sostenía en la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetaba la linterna, el lagarto pego una sacudida y luego fue quedándose quieto a medida que el experto muchacho seguía golpeándole con el palo y lo cazamos.
El lagarto ataca generalmente cuando está hambriento o cuando defiende a sus huevos que los deja regados entre las hojarascas de los ríos y cochas. Puede atacar dentro o fuera del agua, pero para devorar a la presa cuando esta es grande, tiene que salir forzosamente del agua a tierra firme para evitar ahogarse al tener la boca abierta por largo rato.
Un día mientras viajábamos en canoa por el rio con un sol desesperante, decidimos atracar  al medio en una orilla protegida de los rayos solares a fin de descansar un rato.
Nos recostamos sobre la hojarasca que cubrían el suelo, al rato uno de los muchachos, se levanto al escuchar un sonido de algo parecido a campanitas y veía varios huevos de lagarto que había echado a rodar al remover las hojarascas, no cabía duda de que este sonido provenía de los huevos y lo comprobamos al hacer rodar los huevos y sonaban como campanitas.
Luego oímos el crujir de dientes, al mismo tiempo que vimos salir de las orillas próximas a dos enormes lagartos de unos 3 mtrs. cada uno, hembra y macho que se abalanzaban contra nosotros y nosotros pegamos un salto casi felino hacia la parte alta de la orilla, una vez arriba subimos a unos árboles.
Los lagartos querían arremeter contra nosotros, pero fueron cansándose, luego con movimientos lentos de la cola comenzaron a reunir los huevos y a cubrirlos nuevamente con las hojarascas y se echaron los lagartos a dormir con la cola hacia el rio y la cabeza hacia nosotros y cuidando sus huevos.
Mientras esto ocurría, nosotros tratamos de acomodarnos lo mejor en los arboles y esperar que los lagartos se durmieran y luego nosotros hacer el intento de ganar la canoa.
Había transcurrido  más de media hora del incidente y al parecer los lagartos dormían, pero cuando queríamos bajar, observábamos que los lagartos de cuando en cuando movían  su cola, es decir estaban despiertos.
Esta situación comenzó a desesperarnos, hasta que se escucho un potente rugido de otorongo cerca a nosotros, dejándonos casi paralizados y hasta que vimos salir de la espesura de la selva al enorme tigre y dirigirse hacia la orilla donde se encontraban los lagartos, que en ese momento se quedaron inmóviles sin dar señales de vida, como si realmente estuvieran muertos.
El tigre no nos había visto, porque su atención estaba en los lagartos, el tigre se sentó tranquilamente y lanzo otro potente rugido, sin que los reptiles optaran por moverse, ni abrir siquiera sus ojos.
Acto seguido el tigre empezó su festín, se acerco a la cola de uno de los lagartos y empezó a comerla. Durante esta operación el tigre removía al lagarto de un lado a otro, sin que este ofreciera resistencia ni se quejara por el intenso dolor que seguramente le producían las garras y los dientes del tigre al prenderse en sus carnes.
Luego se canso de este y paso a comer la cola del otro lagarto, en la misma forma como lo hizo con el primero. Cuando ya estuvo harto, se alejo de ellos y fue al rio a beber, luego se sentó en la orilla, lanzo otro rugido ensordecedor y se dirigió al bosque donde desapareció. Mientras tanto los lagartos apenas se sintieron libres de la presencia del tigre reaccionaron de inmediato y sin esperar más se lanzaron al rio con las colas mutiladas y sangrantes.
Carlos Velásquez Sánchez 
 

domingo, 1 de febrero de 2015


                  E L   H A R A G A N   Y   E L   P A L O M I L L A

Cuando nació, demoro en lanzar su llanto, la partera, luego de palmearle varias veces, recién lloro y ella dijo : “Nunca en los años que llevo de partera, vi un niño tan haragán y desde ahí, todos le conocían por haragán y no por su verdadero nombre.
El les decía, cuando ya sabía hablar: No me digan Arturo haragán , me llamo Arturo Ruiz Chujandama. Cierto, el niño se levantaba de su cama, después que todos se encontraban trabajando, su madre tenía que esperarle y servirle. Caso contrario no comía de pereza.
En el mismo pueblo, el mismo día que el nació lo hizo otro niño, la misma partera le atendió y vio que era muy vivazo, su nombre era Melvin Domínguez Pérez, más conocido como Melvin palomilla.
Pasaron los años y llamaba la atención la amistad que tenían Arturo y Melvin, se les veía caminar a todos lados juntos, se defendían ambos de cualquier agresión y celebraban juntos sus cumpleaños que era el 29 de junio: Día de San Pedro y San Pablo.
En la escuela, estudiaba junto con ellos un niño ya mayor, alto y gordo y tenía por costumbre exigir a sus compañeros que le dieran regalos o sea era un abusivo.
Cansado Melvin palomilla de esto, una mañana le dice a su amigo Arturito, en tu casa hay un carnero, en la tarde trae envuelto en un papelito unas tres bolitas de su isma, pero que estén frescas.
No puedo, me da pereza esperar que el borrego cague, mejor porque no vas tú a mi casa y lo haces.
Espera, creo que no me has entendido, eso le vamos a dar de comer al fastidioso y abusivo de Mantecoso, para que nunca más nos vuelva a fastidiar. Abusa porque nadie le hace el alto.
Bueno, si es por eso, tendré que hacer un esfuerzo, lo traeré. Más tarde, Arturo haragán, le dio el encargo a Melvin, lo envolvió en un papel de caramelo cada bolita y le dieron a Mantecoso, diciéndole : Te traemos unos caramelos importados, si es que no te gustan, nunca más te regalaremos nada. Ni Arturo ni yo.
Mantecoso se los llevo a la boca y de pronto comenzó a escupir, a la vez que corría al pozo de agua de la escuela,  a enjuagarse la boca. Todos los muchachos que vieron esto, se reían celebrando la broma que le jugaron los dos amigos al matón del Colegio. Era caca de carnero, lo que comió, ja, ja, ja, ja,ja, se reían sin cesar.
Después Mantecoso quería desquitarse del ridículo que le hicieron pasar y les amenazaba  con su puño cerrado a Arturo y a Melvin. A la hora de la salida, los dos niños abandonaron el salón junto a su profesor y por detrás les seguía el Mantecoso.
Una vez afuera, el profesor tomo rumbo a su casa y Mantecoso fue a golpearles, pero Melvin palomilla con una baladora le tiro una piedra en la frente que le tumbo de espaldas y desde aquel día todos le tenían un callado respeto al palomilla y se burlaban de Mantecoso que lucía la frente morada a consecuencia de la piedra que le tirara Melvin.
En un lugar conocido como el shapumbal,  se reunían los muchachos a jugar a los indios y soldados. Los indios se sacaban las camisas y cortaban los tallos de los helechos. Eran sus lanzas y los soldados hacían lo mismo.
Se iniciaba la guerra, todos corrían a esconderse, para poco a poco ir apareciendo y matando a sus adversarios.
Melvin palomilla se escondió entre las shapumbas, el Mantecoso lo vio, corto un tallo de tabaco caspi y lo lanzo a Melvin, que se quejo y desmayo. Todos se dieron a la fuga, dejando al desvanecido niño.
Luego sus amigos le echaron agua en su cara y se levanto llorando fuertemente y prometió que se desquitaría en cualquier momento.
Al día siguiente le ordeno a Arturo haragan, diciéndole :Arturito, en la tarde, tráeme tres isulas, los metes en una botellita y me lo entregas sin que nadie se dé cuenta.
¿ Porque no vas tu mismo a recogerlas?. Yo en cuanto llego a mi casa, como, luego me duermo, pues tengo mucha pereza.
Está bien, mal amigo, pero cuidado de hablar de esto o te pesara. En la tarde, en la formación, Melvin se coloco tras el Mantecoso y con un palito saco de la botellita dos isulas y las coloco en la camisa de Mantecoso, las isulas subieron hasta el cuello y le picaron, que Mantecoso grito fuertemente y salió corriendo de la formación y nadie dijo nada.
Una tarde hablo el profesor a sus alumnos: Ya que son tan burros, a ver si salvan su nota contando cuentos, a ver tu Melvin palomilla.
Una vez, mi cuñado Chancho, se fue a montear por Shima Uma, era muy valiente en aquel entonces, bueno, hoy día todos sabemos que es un talegario. En un aguajal, escucho comer a unos sajinos, olio el asnay de aquellos animales que apestan idem a sobaquina de chucuma. Se  acerco, apunto y disparo, allí mismo cayó muerto un sajino. Una perdiz voló asustada de su nido, quebrando los huevos que estaba incubando, de los cuales iban a nacer hermoso shanshitos.
¿ Como, que de los huevos de perdiz van a nacer shanshos?, pregunto el profesor.
El que está contando soy yo profesor y hago nacer lo que quiero de aquellos huevos. Por si no lo saben amigos, la perdiz le burlaba a su esposo con un shansho.
Bueno, mi cuñado cargo en hombros al sajino y lo llevaba a su casa, hombreándolo, paso por debajo de un árbol caído, paso y se dio cuenta de que el sajino pesaba más, entonces miro hacia arriba y vio que sobre el sajino iba un tigre intentando comer al sajino, entonces Chancho con la mano que tenia libre le tiro un puñetazo al tigre, que rugiendo fuertemente se escapo monte adentro con un ojo negro e hinchado.
El profesor le dijo: Sabes engañar Melvin palomilla, cuando seas grande serás un escritor.
A ver, tu, Arturito ¿ Que nos vas a contar ? O es que para esto tienes pereza.
Mi primo Manuel cuando era niño vivía con sus padres en la chacra y un día vio que varios chanchos  comían el arroz que soleaban en el patio de la casa y comenzó a arrearlos diciendo: Shoo, shoo, shooo, fuera chanchos ladrones y así arreándoles, e fueron alejando.
Luego, llegaron sus padres y preguntaron a la abuelita sobre el paradero de su hijo Manuel.
No lo se, estaba jugando en el patio, lo buscaron durante tres días y lo encontraron con una rama diciendo : sho, shoo, shooo, lárguense chanchos rateros.
Sus padres no veían nada alrededor y de inmediato comprendieron lo que había sucedido.
Le robo el chullachaqui, dijo su padre. Tendremos que bautizarle de inmediato. Vámonos hijo que debes tener mucha hambre.
No papa, ya comí bastantes aguajes, le respondió el niño. Muy bueno, tu cuento, haragán. Perdón Arturito.
A ver, tu, Tedy, dirigiéndose al Mantecoso ¿ Que nos vas a contar ?.
Bien, mi tio Toribio, que ahora es contador, cuando era niño y como no había baño, hacia sus necesidades en el campo, por las noches con su alcuza (lámpara) se iba tras de la casa, en donde había una piedra grande y allí hacia sus necesidades.
En esos días, las gallinas amanecían sangrando, investigaron el motivo y descubrieron que los mashos les estaban chupando la sangre. Algunas aves se morían bien poshecas y sus abuelos decidieron quemar ají pucunucho por las noches para que no se acercaran estos mashos.
Venían las lluvias  y el ají se regaba por el suelo y todo lo que se encontraba por allí se impregnaba con el ají.
Las gallinas dormían en los arboles, no había gallinero.
Y una noche Toribio, fue a hacer su necesidad bajo uno de esos árboles, como en aquel entonces no había papel higiénico, se limpiaban con tuzas de maíz, con hojas o con alguna piedra.
Toribio luego que termino, se limpio con una tuza de maíz y que estaba impregnada con ají. Al poco rato , entro corriendo a su casa, llorando fuertemente y tuvo que permanecer como dos horas cutulo sentado en el agua hasta que le pasara el ardor del aji pucunucho en su “chunchuy muyuna”.
Y así todos los alumnos, hasta el profesor se rieron con el cuento del Mantecoso.

Carlos Velásquez Sánchez