martes, 26 de junio de 2018

LA DUENDA


Allá por el año de 1949, Juan Quispitongo, indio recio de unos 22 años, se paseaba una tarde algo nublada por la orilla de la laguna de San Nicolás (que queda en el distrito de Namora, en busca de sus animales, cuando de pronto se le apareció una mujer gringa, de ojos azules, rubia, de cabellos muy largos que le llegaban hasta la cintura, y completamente desnuda.
Juan se quedó sorprendido con la aparición, y no atinó a retirarse del lugar; más bien la mujer llegó hasta su lado y con palabras bonitas le insinuó que tuvieran trato sexual, a lo que el campesino, vencido por el deseo y la extraordinaria belleza de la mujer, accedió.
Después de realizado el acto, la gringa entregó a Juan una talega con plata.
De regreso a su casa, le contó a su mujer que se había encontrado la talega de plata, pero la mujer, temerosa, creyendo que lo había robado, no quiso hacer uso del dinero. Todos los días martes y viernes por la tarde, a la caída de la oración, Juan se juntaba con la gringa y practicaban el acto carnal, y siempre le hacía entrega de la bolsa de plata, con la cual se compró chacras, casas y otras cosas, volviéndose de esta manera, ante la sorpresa de sus vecinos, un hombre rico. Cuando se consideró seguro contra la pobreza, ya no
quiso ir a las citas con la mujer, por lo que ésta, en venganza, fue matando a todos sus animales y destruyendo su casa y sus chacras, hasta volverlo nuevamente a la pobreza.
Pero la duenda, que no era otra que la mujer gringa, no cesó en su
venganza, y por las noches, armando gran tropel y alboroto, se dirigía a la casa de Juan a asustar a su mujer y a sus dos hijitos, todavía de pocos años de
edad.
La mujer, alarmada por estos acontecimientos, se dirigió a Cajamarca, en donde se entrevistó con una su comadre que vivía en la calle Silva Santisteban, quien le recomendó que tan luego sintiera el tumulto, hiciera llorar a sus hijitos pellizcándoles en las nalgas, y que con un machete de acero hiciera cruces en el aire y tirara en dirección al ruido ajos molidos.
Todas estas precauciones las siguió al pie de la letra, pero sin resultado positivo alguno.
En vista del fracaso regresó a la ciudad y contó lo sucedido a su comadre, manifestando que la duenda siempre la fastidiaba. Para entonces, ya Juan le había contado la verdad de las cosas, pidiéndole lo disculpara por cuanto la
duenda le había embrujado y seducido con la plata. En esta nueva oportunidad, la comadre le recomendó que comprara mirra e incienso, para quemar a la hora en que acostumbraba la duende fastidiarla.
Premunida ya de estas sustancias, se dirigió a su casa, que quedaba cerca de la laguna de San Nicolás, pero cuando llegó a su domicilio, con gran sorpresa, ya no encontró a su marido, quien, enfermo de fiebres, había quedado postrado en cama. Sólo percibió en el cuarto un fuerte olor a azufre, por lo que comprendió que la duenda se había llevado a su marido en cuerpo y alma..
Carlos Velásquez Sánchez


viernes, 8 de junio de 2018

LA TERRIBLE RUNAMULA


                          (Lucio Córdova Mezones)
En una noche sin luna, la mujer fue despertada por el silbido del maligno, eso lo hizo salir a la calle de aquel pueblo.
Las impenetrables tinieblas no le permitían ver ni sus propias manos. El ayapullito pasaba como un dardo piando y soplándole las orejas.
Dio unos cuantos pasos y se sentó a orinar entre unos arbustos y de entre la oscuridad surgió un ser horripilante más negro que las sombras, con ojos candentes tomó a la mujer, la doblegó y la hizo revolcar sobre el barro pestilente y la poseyó en un repulsivo apareamiento entre espeluznantes carcajadas y alaridos.
La mujer con el rostro inflado y los ojos a punto de reventar, con muecas de nauseas, revolcándose con aterradores gritos comenzó a sufrir una serie de transformaciones.
En esa horrenda confusión, tambaleándose se puso de pie entre resoplidos y relinchos.
-Se convirtió en una mula.
El abominable espectro venido de las sombras, la sujetó y le colocó las bridas con frenos y riendas adornadas con hebillas de oro y plata.
La ensilló, puso sobre ella un elegante apero con bellos estribos y la montó.
La mujer convertida ahora en una runamula salió en veloz carrera, daba escalofriantes relinchos y botaba fuego por sus narices y el diabólico jinete emitía aterradoras carcajadas.
La runamula – decían en el pueblo, la gente de miedo se cobijaba, otros rezaban, agarraban sus crucifijos y estampas de santos y santas.
Fuera de la ciudad se perdieron en el bosque lanzando sus relinchos y carcajadas.
Al amanecer, los moradores vieron en la calle a una conocida vecina avanzar a paso lento, maltrecha hacia su casa.
Esa es la runamula – la acusó una anciana.
Quién más podría ser, siendo casada por la iglesia, burla a su marido con toda clase de hombres casados y solteros.
Dicen que hasta su propio yerno la hace su mujer y que a sus propios hijos los ha iniciado sexualmente. ¡Qué horror! Dios mío.
Cuentan que cuando era una huambrilla, su finado padre la violó y siguió con ella en su  adolescencia.
Su vida está llena de ira y odio y a su marido siempre le amenaza de muerte, al pobre le ha atontado con brebajes.
Y a ello se suman malvados oficios: mujeres adultas y preñadas acuden a ella para que les haga abortar.
Comentan que a los fetos que nacen vivos los mataba metiéndoles en agua hervida y que su huerta es un cementerio de abortos.
Mezcla la comida con su esputo y tierra de las tumbas y no cede espacios al amor y su vida es un laberinto de inmundicia – concluyó la mujer.
La mujer al escuchar las murmuraciones, respondió a voz en cuello-
-Sí, yo soy la runamula, mírenme, apúntenme. No se crean los santos y santas, entre Uds. también hay runamulas y runamuleros escondidos y yo los arrastraré al infierno porque hemos bebido juntos negros pecados – dijo la mujer enfurecida.
Pasaron días, meses y años y en esas noches sin luna ni estrellas los pobladores escuchaban el tenebroso relincho de la runamula y las horrendas carcajadas de su jinete.
Un día, de repente los relinchos y carcajadas se apagaron y la mujer cayó con una grave enfermedad y postrada maldecía su cruz.
Un grupo de mujeres caritativas le visitaban y le ofrecían apoyo espiritual pero ella rechazaba todo rezo.
Le ofrecieron traer al cura para que le de extremaunción, pero a pesar de estar muy cerca de la muerte vociferaba, blasfemaba y decía groserías, negándose a recibir el sacramento.
Era un esqueleto viviente, hueso y pellejo y su agonía duró muchos días.
Una noche desde su lecho gritó: Noooo puedo morirrr y los pobladores en el pueblo estaban asustados y al día siguiente al atardecer estaba atrapada por el ronquido de la muerte.
De pronto llegó un extraño personaje cabalgando en una mula muy bien aperada y en su sonrisa mostraba sus dientes de oro y no se alejaba de su mula.
De pronto surgió un grito espantoso, ronco y balbuceante, la mujer acababa de morir.
Un fuerte estremecimiento sacudió la casa, se sintió como si una bandada de aves oscuras y gigantes entraron por las puertas y ventanas, se apagaron las alcuzas y los gritos de la pobre alma congelaban a los acompañantes al velorio.
De pronto un pavo desplumado y degollado cobró vida haciendo huir atemorizados a los presentes.
El alma de la runamula salió del pavo y con gritos horribles se metió en la mula del extraño visitante, la cual relinchó, se paró en dos patas y lanzó fuego por sus narices.
El hombre la montó y emprendió velo carrera, la horrenda carcajada del jinete asustó a los pobladores.
La runamula y su jinete se perdieron para siempre en un negro pantano rodeado de un bosque de renacos malditos.
En la casa encendieron las alcuzas y se dieron con la sorpresa de que no había el cuerpo de la muerta, se lo habían llevado los espectros malignos.
El marido se recuperó de sus males, sacó sus enseres y quemó la casa.
Todos vieron que el cielo se despejó y ahora las estrellas iluminaban el firmamento.

Carlos Velásquez Sánchez





miércoles, 30 de mayo de 2018

LA RUNA MULA DE SELVA ALEGRE


(DARWIN CORDOVA VASQUEZ)
En noche de luna llena, las calles del pueblo de Selva Alegre se habían convertido en tétricos escenarios donde se presentaba a todo galope y relinchando espantosamente una sobrenatural mula, cabalgada por un diablillo de traje negro y sombrero vueludo.
Loa pobladores temerosos se preguntaban cuál de las mujeres casadas burlaba a su marido y recorría el pueblo los martes y viernes por las noches escupiendo candela por la boca y relinchando convertida en la legendaria runamula.
Los comentarios sobre estas diabólicas apariciones especulaban que la administradora de un bar mantenía una aventura con un hombre casado, hablaban de la presidenta del club de madres que viajaba muy seguido al distrito para realizar gestiones, de la señora que viajaba los fines de semana para dejar víveres a sus hijos que estudiaban en la ciudad.
Además algunos warmishcos se iban de boca y mancillaban honores, a tal punto que las autoridades locales empezaron a registrar denuncias y sanciones por difamación y calumnia según sus normas de convivencia comunal.
En Selva Alegre, vivía Ulico un destacado chapanero que a raíz de las apariciones malignas empezó a notar un repentino cambio en su esposa Antuca a quién la encontraba esquiva y fría.
Todo coincidió desde que el Padre Julián llegó a la comunidad a rehabilitar la vieja iglesia para celebrar la misa el primer domingo de cada mes, además Antuca decidió pertenecer al grupo de oraciones, luego del bautizo de sus dos menores hijos.
Pero, ¿Por qué desconfiar del cura Julián? , era una persona caritativa y buena, jugaba con los niños, realizaba donaciones de ropa, semillas y herramientas agrícolas.
Promovía campañas médicas gratuitas, ayudaba en las gestiones comunales, era muy querido en el pueblo y siempre le despedían con acémilas cargadas de maíz, poroto, plátano, fariña y carne de monte.
Pero el Padre Julián prefería llevar carne fresca, además Ulico era sub cazador preferido a quién siempre le daba media botella de aguardiente de caña, mapachos y un paquete de balas, antes de mandarle a chapanear a un monte lejano donde abundaban los animales silvestres.
De quién más sospechar, ahora todo está claro, Antuca es la runamula se decía a sí mismo, Ulico quién ya no era el mismo de antes, su semblante había cambiado, mientras su mente mortificada maquinaba como descubrir in fraganti a su mujer.
A pesar que los sermones del Padre Julián concluían en que la confianza era la base de una relación armónica, no lograba tranquilizar a los feligreses.
En el pueblo se rumoreaba entre bromas y en serio que él era el diabólico jinete de la runamula, pues varias veces le habían visto salir de la casa de Ulico a altas horas de la noche.
Pero, el murmullo empezó a sonar cada vez más fuerte, cuando el cura mandó construir dos habitaciones  frente a la casa del chapanero para él y una monjita joven catequista que en algunas ocasiones le acompañaba, alegando la incomodidad de pernoctar en la casa comunal a merced de murciélagos y culebras que entraban con frecuencia.
Un viernes de luna llena, Ulico regresaba de chapanear más temprano que de costumbre cargando un picuro gordo.
Cuando iba cruzando el campo de fútbol, se sorprendió al ver la silueta de una mujer que corría.
Nerviosamente se escondió detrás de un cocotero para verla mejor sin dejarse notar. La misteriosa mujer llegó al centro del campo y tras revolcarse tres veces sobre su propia orina, se convirtió en una mula.
Luego apareció en escena un hombrecillo de traje negro, látigo dorado y sombrero dorado, montó ágilmente a la briosa mula y después de azotarla con furia, empezó a recorrer el pueblo a todo galope.
La espantosa mujer mula arrojaba candela por la boca y chispas en cada latigazo.
Por alguna extraña razón, las piernas de Ulico no obedecían a su voluntad y se quedó dormido en el suelo con el picuro de almohada.
Cuando el chapanero mojado por el sereno, se despertó aturdido al escuchar el trote de la maléfica mula.
Pensó que se trataba de una horrible pesadilla, sin embargo era el mismo diablo y la reencarnación del pecado que retornaban de su paseo fantasmal.
El hombrecillo desapareció en un abrir y cerrar de ojos, mientras la bestia volvió a realizar el diabólico ritual,  pero con las vueltas al revés para transformarse nuevamente en mujer y salir rápidamente del campo.
Ulico no pudo distinguir a cual casa se metió ya que había una espesa niebla.
El ambiente tenía un fuerte olor a azufre, se armó de valor y se fue corriendo a su casa en donde encontró a su mujer durmiendo plácidamente, se quedó mirándola un buen rato, hasta que logró conciliar el sueño.
Al amanecer doña Antuca había preparado un caldo de picuro y desde su cocina se percibía un agradable aroma y Ulico no contó a nadie lo sucedido.
-Curita pendejo, esta misma bala que me diste acabará contigo, se dijo así mismo el chapanero convencido de que el Padre Julián era quién se divertía con su mujer, mientras él se iba a chapanear al monte.
Entonces tomó sus implementos de caza y fingiendo dirigirse al monte, se quedó escondido en las afueras del pueblo, esperando el momento oportuno para pillar a su mujer.
Luego de algunas horas, cegado por los celos entró bruscamente a su casa con la escopeta lista y al no encontrar a su mujer, su corazón zapate´p locamente.
Temblando de furia la buscó por todos los rincones y solo sus hijitos dormían sobre una estera de yarina.
Con la decepción el hombre se acobardó y de pronto vio a lo lejos la llama de un mechero y dos siluetas.
Se escondió detrás de la puerta y cuando llegaron al umbral, les enfocó con su linterna y disparó, pero desvió el tiro al techo y el estruendo despertó a todo el vecindario.
Una fracción de segundo hubiera bastado para acabar con la vida de su mujer y de su propia madre, quienes regresaban de atender el parto de una de sus comadres.
El chapanero inventó una historia para justificar su extraño comportamiento, antes de llorar arrepentido, arrodillado frente a las nerviosas mujeres y sus sollozantes hijos.
Pero Ulico continuaba obsesionado, es así que un martes por la noche decidió hacer guardia en su propia casa y cuando su mujer dormía profundamente ató su talón con una cuerda a la pata de su cama, colocó doble tranca a la puerta y cruzó en ellos dos ramas de huingo y se mantuvo alerta.
Pasada la medianoche escuchó relinchos y alocados trotes.
Al asomarse por la ventana vio algo sobrenatural, entonces reflexionó sobre su absurdo proceder, desató a Antuca y la abrazó con mucha ternura, pero al dormir tuvo una terrible pesadilla de dos mulas que le perseguían, una blanca completamente animal y otra negra con el torso de mujer, manteniéndolo en sobresalto hasta el amanecer.
Cansados de los misteriosos acontecimientos, Ulico y otros hombres del pueblo se organizaron para desenmascarar de una vez por todas a la runamula.
Mandaron bendecir pretinas y hebras de sogas de caballos en la iglesia del distrito con la finalidad de atravesarlas en las calles del pueblo para que al mantearse la mula tomase por algunos segundos su forma original de mujer.
Pasaron tres semanas, hasta que un caluroso martes, los hombres ya estaban tras sus pasos, con piedras, palos y escopetas, además de crucifijos, mapachos, timolina, agua bendita, orina fermentada, cola de yegua, tintura de huito entre otros insumos de una receta ancestral para descubrir la identidad de la libertina y liberándola de la maldición de la infidelidad.
Mientras unos valientes hombres arriesgándose a ser atacados, intentaron fallidamente arrear a la bestia hacia las pretinas y sogas, otros eufóricos corrían por las afueras del pueblo paleando a otra briosa mula que logró escapar en medio de la oscuridad.
Ya casin de día, con sensaciones de miedo se reunieron en el campo para hacer un balance de la jornada.
Cada hombre tenía la misión de revisar a su mujer y alertar si sospechaba de alguna otra que presentara marcas a consecuencias de la paliza nocturna.
Ulico al notar un moretón en la pierna izquierda de Antuca, estaba convencido de que era la runamula.
Sin hacer alboroto tomó a  sus hijos y los dejó en casa de una vecina y luego regresó a encararla para conseguir su confesión, pero ella negó los cargos y mostrando otro hematoma en el brazo, loraba jurando que las marcas los había hecho al caerse de las escaleras.
El hombre cabizbajo dio parte a las autoridades del pueblo, quienes dispusieron buscar al Padre Julián y someterlo a la justicia popular.
Cuando Ulico preparaba los boltijos para devolver a su mujer donde sus padres, un hombre hacía un alboroto en la calle, denunciando haber encontrado a su mula maltrecha con marcas de haber sido paleada.
Se trataba de un mercachifle cuya acémila se había escapado de su corral la noche anterior.
Corroborando que todo se había tratado de una terrible confusión.
Ulico regresó con la noble Antuca quién perdonó su mala actitud, pero , él a pesar de que nunca pudo probar nada, en el fondo no creía totalmente en la versión de su mujer.
Pasaron algunos meses y una tarde de verano cuando todo parecía haber vuelto  a la calma, ocurrió una desgracia en el pueblo.
Un hombre murió aplastado por un árbol de catahua cuando tumbaba monte para hacer chacra.
Se trataba de Agucho que dejaba en la orfandad a dos pequeños niños.
A la siguiente semana  ante la resaca del infortunio y cargos de conciencia que la perturbaban, Shemica la viuda del finado y presidenta del Club de madres de Selva Alegre, confesó muy arrepentida que el enfermizo bebé que lactaba en su pecho era el hijo del cura.
Lo que sucedió después con el Padre Julián es otra trágica historia.

Carlos Velásquez Sánchez








jueves, 17 de mayo de 2018

LA BELLA RUNAMULA


                               (Cristian Meléndez Obregón
A sus quince años, Isabel se había convertido en la flor más deseada, no solo del barrio sino de todo el pueblo.
Era común ver llegar por las tardes a jóvenes que se acercaban a enamorarla, pero siempre chocaban con su abuelita que la protegía porque siempre salía con ella.
Pero alguna vez, tenía que pasar porque la pretendía el hijo del Alcalde que era un tipo presumido que si bien tenía su pinta y atraía las moradas de las muchachas y era antipático con los demás por su arrogancia en su trato con las perdonas humildes, sobre todo su hablar grosero y lo único que le interesaba era enamorar a la bella Isabel.
A la bella se le veía conversar por primera vez con un joven y con la aprobación de su abuelita.
Decían los vecinos que la abuelita dio el permiso a su nieta para salir y verse con Javier y las visitas del pretendiente se hacían más frecuentes, se le veía traer regalos a la bella Isabel y también a la abuelita.
Y los demás jóvenes perdieron rápidamente el interés en Isabel, no se sentían capaces tal vez de enfrentar a este contendiente que además de pinta tenía dinero.
Una tarde cuando Javier vino en una moto nueva, salieron los dos juntos a pasear, según le habían dicho a la abuelita una horita nomás y la traigo, le dijo.
Y a las diez de la noche, Isabel regresó sola, se les escuchó llorar juntas y la que más lloraba era Isabel.
Javier ya no apareció a verla, era un miserable que se había aprovechado de la ingenuidad y pobreza de la bella Isabel.
Fue así que ella supo que su belleza más que alegrías le traería lágrimas y cerró su corazón a todo afecto y a todo amor.
El destino, la vida o quien sabe, tal vez el mismo diablo tuvo que ver en todo esto, lo cierto que al pueblo vino un cura nuevo en reemplazo del cura Jacinto.
Ignacio así se llamaba el cura nuevo y desde que llegó las vecinas no dejaban de hablar de lo guapo y joven que era el padrecito.
A tal punto llegaron las cosas que algunos maridos recelosos prohibían que sus mujeres se fueran a misa y otros que iban a misa con sus esposas para vigilarla y también decenas de jovencitas iban a misa por el cura guapo.
Tanto hablar los vecinos de este cura guapo, hizo decidir a la bella Isabel ir a misa esa noche con su abuelita.
Al cura Ignacio se le notó algo nervioso esta vez, a mitad de misa se percató de unos ojos fijos en él, de ahí en adelante el cura se equivocó en más de una ocasión en su sermón y hasta la señal del padre nuestro lo hizo mal.
Isabel sonreía, pues sabía que ella era la causa de tal perturbación. Y así todas las noches Isabel y su abuelita se iba a la Iglesia temprano y no tardaron en surgir los comentarios y las miradas acusatorias.
Fue un martes, en una noche oscura sin luna, justo a media noche que se oyeron relinchos tan fuertes, que medio pueblos se despertó.
Unos pobladores contaron que vieron a una hermosa mula que corría primero por la cancha donde se jugaba fútbol, luego por las calles, siempre relinchando horrendamente y al final se perdió por el camino a la chacra de don Nicanor por donde hay un barranco hondo y no era la mula de ninguno del pueblo.
Y el jinete que montaba a tan majestuosa mula decía que era como un enano vestido de negro con una gran nariz y sombrero, otro decía que era como una especie de pequeño monje sin cabeza y que tenía en la mano un látigo de cuero.
Al día siguiente las personas hablaban con recelo sobre este raro acontecimiento.
Es la runamula, dijo la Sra. Consuelo quién sabía sobre estos misterios de la selva.
El viernes en la noche nuevamente a las doce de la noche, salió de entre el monte la mula y su jinete.
Doña Consuelo explicó que la runamula sale justo los días martes y viernes por que son los días preferidos de los diablos y los espíritus malos para manifestarse y alguna mujer deben andar en amoríos con el cura, dijo.
A nadie le quedó duda alguna de quién se trataba y miraron a los lejos la casa de Isabel.
Como para confirmar la sospecha de que se tenía de ella, Isabel no salió de su casa ni sábado ni domingo y cuando le preguntaban a la abuelita, por qué no salía Isabel, respondía que estaba enferma en cama.
Los niños no querían ni acercarse a su casa por temor a la runamula como ahora la llamaban.
Y un grupo decidió esperar el martes desde las once de la noche a la runamula.
Habían conseguido bastante achiote y lo diluyeron en un balde grande de Palmerola y se repartieron en bolsas pequeñas como municiones.
La idea no era lastimarla mucho sino mancharla de rojo y dejarle algunos moretones para reconocerla al día siguiente entre todas las mujeres del pueblo.
A las once de la noche uno por uno iban llegando, Juvencio como era mayor y el más osado, era el líder del grupo.
A las doce Juvencio dio un silbido, era la señal para tener a mano las bolsas de achiote y algunos sus baladoras.
Unos instantes después a lo lejos se acercaba el sonido de carrera de un animal.
Es la runbamula – gritó Juvencio, sus patas golpeaban la tierra casi al ritmo del latido de los corazones de los muchachos.
Y vieron sus ojos rojos como tizones acercarse hacia donde estaban escondidos. No sé quien lanzó la primera bolsa, tuvo que ser Juvencio seguramente, luego todos en cuestión de segundos lanzaron sus bolsas con achiote.
Varios cayeron a la runamula , a pesar de lo veloz que era y los de las baladoras tiraban sus piedras.
Vi como la runamula quiso detenerse al parecer y enfrentarnos, pero ahí mismo le cayó un baladorazo en su costado izquierdo, el jinete enano pareció dudar un instante entre atacar y seguir su camino.
Optó por lo segundo, jinete y mula se perdieron por el barranco y no lo siguieron.
En la mañanita antes de ir a la escuela, pasé por la casa de Isabel a ver si había alguna novedad y nada porque su casa aún permanecía cerrada.
En la escuela, nos vimos en el recreo toda la mancha y acordamos en ir por la tarde cerca a la casa de Isabel.
Lo que no esperábamos era encontrar mucha gente fuera de la casa y los vecinos conversaban en la vereda y en la calle.
Me acerqué a preguntar a mi prima Hilda que era lo que pasaba y me dijo:” Bien mal está Isabel, su abuelita está pidiéndonos apoyo para hacerle curar en el Hospital.
Amaneció no sabe cómo, manchada con achiote el cuerpo y con una costilla rota.
Los de la mancha nos mirábamos asustados, pero nos habíamos hecho la promesa de no decir a nadie de lo que hicimos y uno por uno nos íbamos quitando a nuestra casa.
Isabel dejó de golpe de ir a la Iglesia por un tiempo porque estaba mal y tenía que recuperarse. No tardó ni dos meses más y el cura Ignacio pidió su cambio a otra parroquia lejana.
Vino en su reemplazo un cura viejón de barba blanca y alguien dijo por ahí que vio al cura Ignacio irse del pueblo llorando tristemente.
Desde entonces no se ha sabido en el pueblo de más apariciones de la runamula.
Y que fue de Isabel, se casó y se fue a vivir a Lima y viene todos los años para la fiesta patronal con su esposo a su `pueblo.
Carlos Velásquez Sánchez


viernes, 13 de abril de 2018

EL CHOFER FANTASMA


(Contado por Rogelio Terán, Chonta Alta - San Bernardino - San Pablo)
Un hombre se encontraba parado a la orilla de la carretera en medio de una oscura y tenebrosa noche mientras caía un fuerte aguacero. Esto sucedió en la madrugada de un 31 de octubre -noche de brujas-, más o menos a dos kilómetros del cruce de una vía que conducía a dos pequeños poblados.
Pasaba el tiempo y el clima se ponía peor, y aun así, los pocos vehículos que transitaban a esa hora no se detenían a pesar de las señas que les hacía.
La lluvia era tan fuerte que apenas nuestro personaje alcanzaba a ver a unos tres metros de distancia. De repente vio cómo un extraño auto se acercaba lentamente y al final se detuvo. El hombre, sin dudarlo se subió al auto y cerró la puerta. Volteó su mirada y se dio cuenta, con asombro, que nadie lo iba manejando.
El auto, entonces, arrancó suave y pausadamente. Aterrorizado, miró hacia la carretera y se dio cuenta que adelante había una curva. Mojado hasta los huesos, se siente totalmente congelado.
El hombre asustado comienza a rezar e implorar por su salvación al advertir su trágico destino. No había terminado de salir de su espanto, cuando justo antes de llegar a la curva, una mano tenebrosa entra por la ventana del conductor y mueve el volante lentamente pero con firmeza.
Paralizado del terror y sin aliento, medio cierra sus ojos, se aferra con todas sus fuerzas al asiento, inmóvil e impotente ve como sucedía la misma situación en cada curva del tenebroso y horrible camino, mientras la tormenta aumentaba su fuerza.
Asustado y sacando fuerzas de donde ya no quedaban, se baja del auto y se va corriendo hacia el pueblo más cercano. Deambulando, todo empapado, se dirige hacia una cantina que se percibe a lo lejos.
Entra en ella, y a pesar de la hora, pide dos "media bucha" de aguardiente y, temblando aún, les empieza a contar la horrible experiencia que acababa de pasar a los pocos contertulios que lo acompañaban a libar el licor.

A la media hora llegan dos hombres totalmente mojados; se hizo un silencio casi sepulcral ante el asombro de todos los presentes. El miedo asomaba por todos los rincones del lugar.
mojados, y molestos le dice uno al otro:
"Mira Juan: allá está el hijo de p.... que se subió al carro cuando lo veníamos empujando.

Carlos Velásquez Sánchez


viernes, 6 de abril de 2018

EL DUENDE DE CHONTAPACCHA


1.-Hasta ahora cuenta una mujer, ya anciana, lo que le sucedió cuando lavaba ropa en las aguas provenientes del puquio que existe en Chontapaccha.
Dice esta señora que hace muchos años, cuando era todavía joven, se ganaba
la vida lavando la ropa de varias familias de Cajamarca.
Con el objeto de ganar sitio y tiempo, esta señora se dirigía siempre al puquio que queda en la bajada de Chontapaccha, como a las cuatro de la mañana, alumbrándose con su linterna de querosene. Pero una vez, equivocándose de hora, se fue más temprano. Serían más o menos las dos de la mañana cuando llegó al puquio y bajó su "quipe". Ya había comenzado a remojar la ropa cuando, con gran sorpresa, vio que un bulto salía del puquio, el mismo que tumbándola practicó con ella el acto sexual, no obstante los gritos
que daba y la resistencia que opuso. Desde entonces, por las noches, el mismo bulto entraba a su casa y subiéndose a la tarima en donde dormía volvía a practicar el acto sexual, sin que ella ni su marido pudieran oponerse.
Como resultado de estas relaciones, a los nueve meses dio a luz un muchacho deforme, con la cabeza parecida al del chancho, el mismo que felizmente al poco tiempo murió. Después del alumbramiento, volvió el bulto, y
el marido escuchaba en forma muy clara cuando la poseía sexualmente.
De tales hechos dio cuenta a una su comadre, quien le aconsejó que echara agua bendita a la casa y colocara en la cabecera de la cama una cruz de acero, como que en efecto lo hizo, con lo que desapareció definitivamente el duende del puquio.

2.-(Relato de Manuel Carrasco)
Se trataba de una mujer muy hermosa que se dedicaba a lavar ropa de sus clientes en el puquio de Chontapaccha, al que acudía de madrugada, circunstancia que aprovechaba un muchacho muy blanco y rubio, que aparecía
misteriosamente para requerirla de amores, a lo que, después de muchas insistencias, accedió. Una de esas madrugadas, el hombre la invitó a que se bañaran en el puquio. Pero cuando ambos ingresaron al agua, la mujer desapareció.
Sus familiares, preocupados por su prolongada ausencia, comenzaron a buscarla afanosamente, preguntando por ella en diversos sitios. Cuando ya habían perdido toda esperanza, una campesina les informó que la había visto llorando de noche en la laguna de Chamis.
Los parientes se constituyeron al indicado lugar, y después de esperar por algunas noches, en una de ellas, de Luna llena, escucharon el llanto. Entonces, se dirigieron al lugar de su procedencia y encontraron a la desaparecida medio enajenada, sentada a la
orilla de la laguna, llorando muy tristemente.
Por la fuerza la condujeron a su domicilio, en donde la hicieron santiguar por un curioso, después de lo cual recobró su lucidez y pudo contarles que el duende la había conducido desde Chontapaccha hasta la laguna, a través de un túnel que comunica ambos lugares. Al poco tiempo, la mujer cayó enferma, y sin que nada pudieran hacer los brujos, finalmente murió.

CarlosVelásquezSánchez


jueves, 29 de marzo de 2018

PASION Y MUERTE DE UNA RUNA MULA QUE AME


(WERNER BARTRA PADILLA)
El marido conjuntamente con tres policías más, irrumpió arma en mano en la oficina donde la tenía ya desmayada en mis brazos.
Era la mujer más hermosa, que la gente de Santa Rosa  había visto en años.
La policía me detuvo acusándome del delito de lesiones graves y a ella la llevaron al hospital de Tarapoto, donde a los cinco días falleció víctima de laceraciones múltiples producidas por golpes continuos con arma punzocortante.
Cuando murió, la Fiscalía cambió la acusación por el de lesiones graves seguida de muerte.
La población sospechaba que ella era una runamula, pero estoy convencido de que sí era una runamula y el diablo con sus golpes la mató.
Esa noche, aproximadamente a la 1.00 a.m. oí unos relinchos continuos y tuve la sensación de que esos alaridos decían mi nombre.
Yo estaba mirando por la ventana, agazapado, vi que parecía un caballo montado por un jinete con la melena alborotada, que golpeaba con el látigo el lomo del animal. Mientras que de la boca de éste parecía brotar chispas de fuego.
Ahora sé que no era un caballo sino una mula. Fue todo lo que vi.
Al día siguiente en uno de esos encuentros furtivos e intensos, ella me contó que se sentía mal, que no entendía porque tenía esos moretones en el cuerpo.
Estaba revisándola, cuando de pronto se cambió de ropa y me dijo que se iba.
Al momento de despedirla se desmayó en mis brazos, luego llegaron los cuatro policías que me empapelaron y por lo que estoy hablando con Uds. Señores jueces.
Pero me parece para que Uds. crean en mi inocencia, debo empezar desde el principio.
El domingo que la conocí de cerca, me acerqué a ella, no logré ver su rostro, porque en este pueblo todavía las mujeres usan velos cuando van a misa, pero percibí su olor que lo tuve en mi nariz casi una semana.
Era una mezcla  de perfume de rosas con olor a animal de monte, a venada, fuerte, casi embriagador.
Desde que llegué a Santa Rosa, los feligreses no hacían más que hablar de la extraordinaria belleza de doña Ludovica del Cisne Murayari, esposa del guardia civil Valentín Del Águila .
Al domingo siguiente, valiéndome de mi cargo, la hice comparecer frente a mí. La verdad que era bonita, pero lo que a mí me encantó fue su conversación.
Tenía 05 años de casada con el policía Valentín.
En esa selva había escuchado muchas historias de demonios, por lo que según ella necesitaba hablar de esas cosas para olvidarlas y convenimos un nuevo encuentro para el próximo martes luego de la catequesis.
Hablamos de varios temas y empezó a encandilarme de nuevo, la forma de conversar, de argumentar y empecé a fijarme en sus labios, en sus ojos, sus cejas y su coquetería y por la naturaleza del cargo que yo ostentaba estaba inmunizado a cualquier situación que implicara algún tipo de acercamiento a una mujer.
Fue una trampa en la que caí sin ningún tipo de previsión, terminé pensando en ella todo momento y esperando con ansia casi enfermiza la siguiente reunión de afianzamiento de su fe, pero lo que estaba sucediendo era que yo estaba perdiendo, casi por completo mi fe.
Mi naturaleza de hombre se reveló y ella se dio cuenta desde el principio y yo no le era indiferente.
Al principio fueron agarradas de mano como una cosa de amistad y de fuerza solidaria.
Luego una tarde hablamos de tantas cosas, la abracé y ella se dejó.
Poco a poco con mis manos agarré su cabeza y dirigí su rostro hacia el mío, yo no sabía qué hacer y la besé, sentí su lengua rozando con la mía, diciéndome: porque, porque, porque.
Después la situación se hizo incontrolable cada vez que ella iba al centro parroquial, si la veía corría a su encuentro para tener nuestros encuentros amorosos.
Nunca me rechazó, pero huía, volteaba y me sonreía haciendo un despido amoroso.
Un día ella acudió a la parroquia, terminamos abrazados y cansados, fue como una explosión de felicidad que nunca olvidaré.
Luego se volvió una relación seria, doblemente prohibida por mi condición de sacerdote y por estar ella casada.
Es cierto, fue una relación con sus picos máximos de felicidad, pero también con sus peleas y reconciliaciones.
Fue lo mejor que me pasó en la vida, así que Uds. señores jueces ¿Creen que yo sería capaz de golpearla y producir su muerte como dice la población?
Nunca por nunca, por eso odio al maldito jinete que se le pasó la mano con sus latigazos.
El maldito demonio que una vez más me arrebatara algo fundamental de mi existencia.
Primero lo hizo con mi fé y luego con el amor de mi vida.
Por eso señores jueces, en verdad me da lo mismo que crean o no en mi inocencia. Estoy convencido que dirán que en pleno siglo XXI este curita de pueblo nos quiere engañar con la historia de la runamula.
No me importa, porque al fin y al cabo con su muerte, además de mi amor y mi fe, también mi razón de vivir se fue con ella.
Gracias señores jueces, ya no tengo nada que decir. Muchas gracias.

Carlos Velásquez Sánchez