miércoles, 15 de julio de 2015

LA LEYENDA DEL SACHARUNA

En una mañana espléndida de verano, Sebas, viajaba muy contento e ilusionado de vacaciones de final de año con rumbo a la Amazonia ecuatoriana en compañía de sus padres. Iban admirando el paisaje andino, sus nevados que despejados permitían ver hacia el infinito del horizonte. Disfrutaban del silbido del viento que se perdía entre el pajonal y de su movimiento que daba la impresión de ser unos verdaderos rebaños al mover con cadencia a la paja del páramo. Por ventura tuvieron la oportunidad de mirar el vuelo majestuoso de un cóndor muy cerca de un cerro de roca negra que se levanta junto a la orilla de la carretera. No faltaron los comentarios a favor de la naturaleza y del paisaje serraniego, no dejaron de haber expresiones emotivas al ver el cruce veloz de un venado que se perdía entre la espesa vegetación.
De vez en cuando, el joven viajero emitía gritos emotivos al experimentar los virajes del coche en las curvas agudas de la vía. Todo evento era causa de comentarios, de risas y de carcajadas de los alegres excursionistas.
Luego de iniciar el descenso por la cordillera oriental, enclavada en el nacimiento de una elevación propia del inicio de la región selvática, encontraron una pequeña población de colonos y en ella un comedor que ofrecía los servicios de desayuno con caldo de gallina criolla y café con tortillas de maíz. Como era ya la hora, luego de discernir sobre el asunto, decidieron hacer la primera parada para disfrutar del olor agradable sobre todo del café fresco, tostado en tiesto de barro y molido en molino de mano. Continuando con el optimista viaje, iban disfrutando del sinuoso riachuelo que paralelo a la vía se deslizaba entre piedras de varios tamaños y colores. Pasaron varios estrechos puentes y abismos espantosos. Comenzaron a sentir el calor húmedo del sector que les obligó a sacarse las chompas que llevaban puestos.
El joven viajero se había quedado profundamente dormido, especialmente por el estrago de tantas curvas y de pronto el coche fue a dar en lo mas profundo de la quebrada debido a una mala maniobra del chofer. A causa de este accidente, la pareja murió y Sebas que se había puesto el cinturón de seguridad, fue arrastrado muy bien sentado en el asiento por la corriente del río hasta una pequeña playa junto a una copiosa vegetación. Cuando despertó a causa del calor y del zumbido de muchos mosquitos, su actitud fue de lo más natural y normal puesto que había recibido algunos golpes especialmente en su cabeza, así no experimentó desorientación ni desesperación. Sin embargo al sentirse solo comenzó a gritar y de inmediato vino en su ayuda una hermosa y elegante orangután que se le acercó sigilosamente al observar a un extraño ser que se parecía a sus parientes de la selva. Ella no sabía que hacer frente a ésta tan delicada situación y rascándose la cabeza empezó a llamar a los suyos que asistieron con la velocidad de un rayo. Eran muchos simios que no desconcertó al infeliz peregrino, y que más bien seguía actuando con naturalidad.
Cuando empezaron a caer las sombras de la noche, la hermosa orangután le trajo dos papayas de mico, frutas que se veían muy amarillas que despertó el apetito del exótico varón y que sin pensarlo dos veces se sirvió tan exquisito manjar. Acto seguido, bien escoltado se dirigió a la orilla del rio en pos de unos bocados de agua que lo necesitaba para reponerse de la deshidratación. Siempre estuvo custodiado por la primate que a medida que pasaban las horas le asistía de acuerdo al cambio climatológico de la espesa vegetación.
A la hora de dormir, la esbelta y comedida orangután le guió bajo una roca muy grande que hacía de techo muy seguro durante las copiosas lluvias. Este dormitorio estaba protegido por unas inmensas telas de araña que impedían el ingreso de mosquitos y zancudos sedientos de sangre fresca para su alimentación. En la mañana siguiente y en las demás de su estadía en la selva, cumplía estrictamente con las mismas rutinas: recolección de frutas para el desayuno, búsqueda de raíces y hojas para el almuerzo, baño en el vado del río junto a monos y saínos para refrescarse en el calor selvático.
Siempre estuvo acompañado de la musicalidad que le ofrecían patos, loros y papagayos. En las madrugadas se despertaba por el armonioso y repetido cántico del gallo de la peña que dormía precisamente sobre la roca de su dormitorio. Sus días eran aprovechados para recorrer por las mangas de las guantas, por los senderos de saínos; para subir a los árboles gigantescos que le permitían mirar al infinito de la región selvática, para tomar un poco de rayos del sol o para llamar a sus amigos que siempre estaban pendientes de los peligros propios de la selva.
Con el paso de los meses y de los años, de tanto caminar y trajinar en la espesa selva, su vestido se había convertido en verdaderos harapos; de sus zapatos de muy elegante citadino no quedaban más que los recuerdos. Sus pies se habían crecido y endurecido de acuerdo a la dureza del suelo, de las piedras del río y de las raíces del boscaje. Su pelo y su barba habían crecido tanto, de tal manera que su rostro estuvo tan bien protegido de las inclemencias de tan rudo ambiente. Apenas se veían sus ojos y el blanco marfil de su dentadura. Para sus compañeros de la selva no causaba sorpresa alguna, era uno más de ellos con características diferentes bajo las mismas condiciones climáticas. Era el sacha runa, que integraba la comarca de los libres de la selva.Como su protectora siempre estuvo pendiente del sacha runa, aprovechando que a la otra orilla del gran boscaje habían matado a un inmenso oso y lo habían abandonado los cazadores, luego de que las aves de rapiña vaciaran su piel, ella con mucho esfuerzo la trasladó para elaborar un gran traje para su protegido. La lavó durante varios días en el río, cuando estuvo seca y sin mal olor, la untó con semillas de higuerilla machacadas con piedras para que sea mas suave y agradable y la cubrió su cuerpo, creando así un personaje único, rústico y bien protegido ante el ataque de sobre todo de las abejas que se defendían cuando les robaba la miel para su alimentación.
Durante su vida selvática, jamás causó desorden alguno. Era amigo de todos y de todas, su tiempo lo dedicó al cuidado y a la protección de la pacha mama, a vivir su vida en un mundo de armonía y de libertad, de respeto y de sometimiento a las leyes de la selva.
A los nativos del lugar que recorrían la región en pos de cacería o de pesca, los vigilaba con sigilo y discreta reverencia. Entendía que eran parte integrante del inmenso boscaje y que su existencia dependía de lo que la selva les podía ofrecer. Por su parte ellos que lo habían visto alguna vez bañándose en el río bajo la luz de una luna inmensa y redonda en una noche de verano, lo reverenciaban, imaginando que era algo supremo, lejano pero semejante. Es que era el Sacha runa, es decir el hombre de la selva al igual que ellos que deambulaban día y noche por ella en pos de la supervivencia.
Por su parte, el Sacha runa, el personaje mítico de la selva jamás dejó de custodiar a sus árboles que corrían el riesgo de ser destruidos por los colonos hambrientos y sedientos de dinero que no escatimaban esfuerzo alguno y que con sus hachas bien filudas querían hacer de los milenarios, centenarios e indefensos árboles: tablas, tablones o madera para vender a extraños comerciantes inescrupulosos que no tienen la mínima conciencia de los efectos negativos de la destrucción del entorno ecológico.
Cada vez que escuchaba el sonido destructor de una hacha asesina, el Sacha runa en compañía de sus amigos de la selva acudían al sitio mismo de la destrucción para hacerles espantar y provocar el retiro pavorosos del lugar.
Los colonos conocían por conversaciones de sus colegas mas viejos que vivieron experiencias pasadas, que el Sacha runa les quitaba las herramientas, que les ortigaba y les hacía bañar en la cascada de la muerte. Con estos antecedentes los leñadores, siempre estaban a la defensiva y trataban de no acercarse al sitio peligroso y peor talar los árboles codiciados por los habitantes de la selva. Sin embargo, cuando llegaban los comerciantes sentían la tentación de ir un pos de uno de ellos, pero cuando recordaban la versión de la existencia del Sacha runa, se detenían al solo imaginar tan tremendo castigo.
Es así como el personaje de la selva, el Sacha runa, se convirtió en una leyenda para la gente de la zona. El gran boscaje, gracias a su presencia se mantiene frondoso, lleno de árboles gigantes y majestuosos, de plantas de diversa índole, con hojas de las mil formas y variados colores que ofrecen diversos usos, especialmente curativos al igual que sus raíces.
En la fresca y acogedora selva, hay miles de seres vivos que disfrutan de su riqueza alimentaria, del calor y de la humedad, del agua pura y cristalina sin ninguna contaminación. Ahí disfrutan a las anchas desde los seres más diminutos como los hongos y las bacterias hasta los más grandes y voraces carnívoros dentro de la cadena alimentaria. Están las simpáticas hormigas, las llamadas arrieras, las culonas, las saca calzón y otras mas que realizan actividades sin descanso. Están también, los termes y los comejenes que aprovechan al máximo las ramas caídas y podridas. Viven también las lagartijas, las iguanas y los camaleones que siempre están ocupados en la cacería de insectos descuidados que deambulan a toda libertad; los sapos, las ranas, los grillos y las cigarras que en las tardes luego de afinar sus instrumentos musicales ensayan una larga sinfonía nocturna dedicada a la madre naturaleza.
En este inmenso boscaje, no faltan las culebras, las anacondas y más serpientes que se dejan acoger por la fresca hojarasca en las noches frías emitiendo verdaderos silbidos para comunicarse entre la parentela. Están también ratones, conejos, los cuyes de monte y más diminutos mamíferos que están siempre atentos a la presencia de algún enemigo natural. También están los traviesos y aulladores monos, micos y mas parientes cercanos haciendo en las ramas verdaderos circos para distracción de elevados loros, pericos, papagayos, carpinteros y un sin número de pájaros de mil colores que gorjean sin cesar anunciando la llegada del día durante todas las madrugadas. Están presentes también los atractivos pavos reales cortejando y protegiendo a sus parejas; los búhos, lechuzas y muchísimos pájaros nocturnos dueños y señores de la oscuridad, en donde hacen de las suyas para su supervivencia.
Viven más de ocho mil variedades de bungas, abejorros y abejas: melíferas, meliponas y trigonas que visitan sin cesar a miles de flores para recolectar el néctar para elaborar la miel para su alimentación al igual que el polen y realizar a la vez la polinización para asegurar la producción y la perpetuación de las especies vegetales a través de sus semillas.
Que inmensa maravilla es el conjunto de la vida en la inmensidad selvática.
Que grande y gigantesca es la existencia del planeta tierra.
Si el ecosistema sufre desequilibrio a causa de la destrucción de sus elementos, de verdad se pone en riesgo la existencia toda.

Carlos Velásquez Sánchez


LA LEYENDA DEL ACHIOTE Y DEL HUITO

En tiempos muy antiguos, luego que apareció el arco iris sobre los cerros, surgieron en la amazonía dos mujeres jóvenes de extraordinaria belleza. Eran las vírgenes de la selva .La una de cabellos claros y su compañera de pelo negro azabache, recorrían los bosques en busca de novio. Cierto día se encontraron con el gavilán ¨tijera hanga¨, que era el espíritu del hombre cazador, que tenía su morada al interior de la montaña. El ave rapaz se puso a conversar con las sumak warmis (mujeres hermosas) que cedieron ante sus lisonjas y accedieron a ir a su casa de la gran lupuna milenaria.
¨Tijera hanga¨ les dijo que para que no se pierdan en el camino pondrá señales con plumas de su cola. Sin embargo, escondido tras un viejo tronco, otro cazador muy malo escuchaba la conversación de ¨tijera hanga¨. Se trataba nada menos que del ¨apangura puma¨(puma sucio), un animal apestoso que andaba comiendo cangrejos. El ¨apangura puma¨ se adelantó por el bosque y tomando las plumas dejadas por el gavilán, las cambió con dirección a su guarida. Las jóvenes no dudaron en seguir ese equivocado sendero.
El malvado cazador las tomó como esposas a las dos muchachas, pero ellas se sentían defraudadas y sucias. Sintieron el rechazo de todos y en su desesperación acudieron al gran espíritu de la selva ¨ARUTAM¨ que tiene la eterna juventud y le pidieron las convierta en planta que sean útiles a todos los habitantes de la región para en esta forma limpiar sus cuerpos y ser aceptadas por los cazadores y la gente. Entonces el ¨gran espíritu¨ tuvo lástima de ellas y decidió que la de cabellos claros se convierta en manduro o achiote y la de cabello negro en el emblemático árbol de wituk o huito.
A partir de ese momento, esas plantas se encuentran por toda la Amazonía para uso y disfrute de sus habitantes.


Carlos Velásquez Sánchez


LA HISTORIA DE LA CEIBA QUE NO DEJABA VER EL SOL

Hace mucho tiempo, la selva era oscura, el sol no llegaba hasta el suelo y reinaba la tristeza y el silencio. Wone, la gran ceiba, vivía en el centro del bosque, su tronco era tan grueso que se tardaba varios días para darle una vuelta, y era tan alto que llegaba hasta el cielo, hasta las estrellas, y sus frondosas ramas se extendían sobre toda la inmensidad de la selva.
Abajo, en la selva, siempre estaba oscuro, hacía mucho frío, los animales vivían tristes, no había flores ni colores ni alegría. No había sol. Yoí e Ipi, los primeros hombres tikunas, un día invitaron a todos los animales de la selva para tumbar a Wone. Reunidos allí, emprendieron la tarea, los jaguares con sus garras, los caimanes y las borugas con sus dientes, las hormigas con sus tenazas… todos los animales ayudaban. Al final de la jornada, se fueron a descansar, y al regresar al siguiente día, Wone, que era un árbol mágico, estaba como si nada hubiese pasado y su tronco había cicatrizado.
Los animales comenzaron nuevamente su trabajo, esta vez con más empeño, pero al siguiente día, Wone estaba otra vez intacta.
Así que entre todos decidieron trabajar sin descanso hasta cortar todo el tronco de Wone. Por supuesto tardaron muchos días en lograr talar el inmenso tronco de la gran ceiba. Llegó el día en que sólo faltaba cortar el último trozo de madera, en el centro. El veloz conejo fue hasta allí para cortarlo con sus dientes, mientras los demás animales corrían a refugiarse en la selva antes de que cayera. Sin embargo, reinó el silencio por un buen rato. Los curiosos animales comenzaron a aparecer poco a poco alrededor de Wone, que para sorpresa de todos no había caído y flotaba sobre el húmedo suelo de la selva. El desconcierto y la algarabía se apoderaron entonces de los animales que opinaban y gritaban sobre lo sucedido. En medio de aquel ruido se oyó el canto del Aypapai mama, una avecita nocturna que siempre está mirando al cielo, y cuya voz, en noches de luna, resuena en la selva. Y su canto contaba lo que había descubierto. Arriba, en la lejana copa de Wone estaba Mareeke, el oso perezoso, que con sus patas delanteras se aferraba de una estrella y con sus patas traseras sostenía a Wone, por lo que ésta no caía. Encargaron entonces a la ardilla pequeña, la más veloz de todas, de subir hasta donde Mareeke, para pedirle que soltara el árbol, pues los animales allá abajo se morían de frío y aburrimiento.
Pero Mareeke se opuso a dejar caer a Wone, pues Gnutapa, creador del universo tikuna, le había encargado esta labor y el abuelo perezoso no podía fallarle. Así que la ardilla bajó por el tronco de Wone para llevar la noticia. Decidieron que la ardillita regresara hasta la copa del árbol, esta vez con hormigas majiñas y tabaco, para echarle a Mareeke en los ojos. La ardilla volvió a subir por el tronco, y tardó varios días en llegar hasta la copa, y encontró que Mareeke estaba dormido. La ardillita habló al abuelo perezoso, lo despertó y éste volvió a negarse.
Entonces la ardilla arrojó las hormigas majiñas y el tabaco en los ojos de Mareeke, quien no pudo resistirse al ardor que le producían las picaduras de las hormigas y el tabaco, y soltó la estrella de la que estaba aferrado.
Wone tardó varios días en caer, y a medida que esto sucedía, el sol iba entrando en la selva como un amanecer. La vida empezó a reír, las plantas florecieron, los animales cantaban y la selva se llenó de sonidos y de magia. Las ramas de Wone cayeron en la gran cordillera de los Andes, rasgando la tierra de las montañas, de donde brotó agua, y el inmenso tronco cayó con tanta fuerza en el centro de la selva que formó el cauce de Ta—t, el gran río Amazonas. La historia cuenta que una de las ramas al caer golpeó la cola de la ardilla, y es por esto que hoy en día todas las ardillas tienen la cola partida hacia adelante.


Carlos Velasquez Sanchez

domingo, 28 de junio de 2015

EL COLLAR DEL CURACA

Una tarde, bajo la sombra de una lupuna, el Curaca Tupan me enseñaba su ciencia, aprendida en el libro de la naturaleza, más antiguo y más sabio que todos los que se han escrito.
-El curare, es el veneno que no perdona, se saca de las hojas amarillentas- me decía.
La flecha que tiene la punta de marona no se envenena, porque la marona con sus filudos bordes, corta y al disparar la flecha puede herirse un dedo y basta una pequeña herida, más pequeña que la picadura de un mosquito.
De pronto, se escuchó una risa de mujer que hizo desviar la mirada del curaca. Era Sumac, trayendo los anzuelos y la cesta de gusanos y me dijo: Vamos a pescar tucunares.
Sumac, trayendo los anzuelos y la cesta de gusanos y me dijo: Vamos a pescar tucunares.
Sumac, era la más joven y la más bella de las doce esposas del Curaca y también la preferida. A ella nada le negaba.
-Vayan, pero no olviden la carabina, dijo el Curaca y Sumac cogiéndome de la mano me dijo: Vamos pronto. Alcánzame. Seguimos caminando, yo iba adelante, para apartar las ramas, de pronto Sumac, me detuvo violentamente. Un paso más y habría sido mordido por una víbora, era un jergón y estaba lista para el ataque.
Dispare casi sin apuntar, la víbora dio un salto y se enrosco en contorsiones, como si fuera una viruta que cae al fuego.
Llegamos al lago, dejamos a un lado los anzuelos y nos pusimos a recorrer las orillas y vimos que había una gran cantidad de tucunares y acarahuazues.
Sumac, eligió como blanco un gran tucunare largo y disparo su pequeño arpón. El pez estaba herido, huyo hacia el centro del lago, desenrollando el hilo.
Para recobrar esto, era preciso introducirse en el lago, Sumac lo hizo y para no mojarse el vestido, levanto tanto la apretada falda, que tuve que cerrar los ojos, mareado, aturdido, viéndole sus lindas piernazas y sentí que la sangre subía por oleadas a mi cabeza.
Sumac, se dio cuenta y al volver con el pez y el arpón, me dijo: ¿Que tienes?
No es nada, le respondí con voz temblorosa. Me resbale y por poco caigo al agua.
Pescamos más y esa tarde le damos una sorpresa al Curaca Tupan, ya que habíamos agarrado 15 ejemplares entre tucunares y acarahuazues.
Luego, ella me dijo. Vamos a recoger aguajes y para llegar a los aguajales había que pasar una zanja pequeña. Un árbol caído servía de puente, Sumac quiso pasarlo a la carrera, pero se resbalo y cayó a la zanja.
-Ayúdame a levantarme y se reía.
Salte dentro de la zanja y le tendí la mano, pero ella me dio un tirón y caí yo también. Fue un instante y nos besamos ardientemente. De pronto en el fondo del bosque oí un crujir de ramas 
y hojas secas. Me levante de un salto, con la carabina en la mano, listo para disparar, creyendo que era un otorongo.
-Soy yo, era el curaca.                                                   
Aturdido, le conté lo que había pasado. El Curaca sin responderme, mirándome a los ojos, con una mirada penetrante, mientras me acariciaba la cabeza con sus manos, murmuro: Ya eres un hombre.
Después de comer en la maloca, nos sentamos alrededor de la fogata y Sumac le dijo: Cuenta una historia.
Tupan, acaricio los collares que llevaba sobre el  pecho. Todos ellos, estaban hechos de los dientes de los enemigos que cayeron atravesados por sus flechas o se abatieron a los golpes de su macana.
Cogió un collar de dientes menudos e iguales y los separo de los demás.
¿Conoces este collar?, dijo, dirigiéndose a mí.
Varias veces, me has pedido que te cuente como lo conquiste. No he querido hacerlo, porque eras un niño. Ahora ya eres un hombre.
Es el peor enemigo que he vencido.
Hace mucho tiempo, cuando yo era joven y fuerte, Cori era la más linda doncella de la tribu y nos queríamos desde que ambos estábamos en la edad de correr tras una mariposa.
Cuando partí a la guerra contra los aguarunas, ella tiño mi cara con el color de la guerra. Regresamos después de haber vencido a nuestros enemigos.
En mi canoa traje plumas suaves de garza blanca, bálsamos que curan las heridas, ojos de bufeo que despiertan el amor, piedras verdes y transparentes que traen los huambisas de las cabeceras del Pastaza, collares de alas de ronsapas, pieles de tigre negro, tan raras que los huambisas dan tres mujeres por cada piel.
Todo fue para Cori, ella curo mis heridas y me adormeció con sus canciones.
En la Fiesta del Sol, según el rito que enseñaron sus abuelos a nuestros abuelos, ungieron a las doncellas con resinas olorosas  y a los jóvenes nos dieron de beber masato, en el que habían puesto raspaduras del “ullo” del achuni, para excitar el amor.
A la medianoche, las doncellas a una señal del brujo, huyeron hacia el bosque y nosotros corrimos tras ellas.
El joven que lograba coger a una doncella por los cabellos, la hace suya y es ya su esposa.
Pero, siempre los jóvenes y las doncellas están de acuerdo. Ella indica al que ama hacia donde se va a dirigir y yo sabía por dónde correría Cori, pero como ella era muy bella, muchos la deseaban, entre ellos un guerrero de mi misma edad, alto y fuerte como yo.
Se llamaba  Shora, hasta que llegó la hora.                  
El brujo dio la señal y las doncellas corrieron hacia el bosque. Yo corrí tras de Cori y ella al verme se detuvo, cuando de pronto surgió Shora, que se me adelanto. Un flechazo recibido en una pierna, no me dejaba competir con el. Cori lo vio, dio un grito y escapo.
Con el esfuerzo que yo había hecho, se me abrió la herida. Shora se acercaba a Cori y Cori desviándose, lo dejo burlado y de ese modo, ella vino a quedar entre Shora y yo.
Y al mismo tiempo, ambos pusimos las manos sobre la cabeza de la doncella.
Nos miramos y había tal odio en nuestras miradas, que sin decir palabra nos abrazamos en una lucha en la que había que matar o morir. Luchamos en silencio, Shora se había aferrado a mi cuello con ambas manos y me faltaba la respiración.
Pensé en Cori y lo agarre por los cabellos, le obligue a echar hacia atrás la cabeza.
Mis dientes se prendieron a su garganta. Sentí que algo tibio bañaba mis labios. Los brazos de Shora se aflojaron y yo segui apretando los dientes hasta que mi enemigo se desplomo.
Tambaleándome a punto de caer, me acerque a Cori y nos unimos en un beso, llenos de sangre y con sabor a muerte.
Bien, te he contado esto, para que veas como amaba a Cori. Un hombre no puede decir que ama a una mujer, sino cuando ha estado a punto de matar o de morir por ella. Cori y y o fuimos felices y aun cuando te parezca mentira, yo no tenía más esposa que ella.
Y Sumac, le dijo : Y ahora,¿ Porque tienes tantas esposas?. El Curaca no le respondió y continúo contando:
Un día, en la selva, mientras seguía el rastro de una manada de huanganas encontré desnudo, hambriento y desgarrado por las espinas a un cauchero extraviado. Era un blanco como tú. Podría haberle atravesado de un flechazo, pero lo traje a mi tambo, cure sus heridas y vestí su desnudez.
Poco después, supimos que los aguarunas preparaban un ataque contra nuestra tribu y tuvimos que estar vigilantes.
Una noche, vigilando la oscuridad del bosque y la flecha en la cuerda del arco, lista para disparar, sentí un deseo de ver a Cori, de tenerla en mis brazos y dejando mi puesto de vigilancia, corrí a mi tambo y ¿Sabes lo que vi? Te lo imaginas. Era Cori y el extranjero…Si… ellos. No sabía qué hacer, mis oídos zumbaban como enjambre de abejas.
De pronto, escuche el grito de guerra de los aguarunas que me despertó de mi dolor. Corrí a combatir, que mi voz sonaba como el rugido de un otorongo y atacamos.
Tenía sed de sangre y ansias de matar. Mi macana iba rompiendo las cabezas de los aguarunas, hasta que quede frente a frente al Curaca Aguaruna. Nos atacamos, las macanas cortaban el aire con un silbido, al dar un golpe mi macana se rompió y quede desarmado.
Mi enemigo levanto la suya para darme el último golpe, pero antes me lance contra él, lo cogí por las piernas, lo levante, lo hice girar sobre mi cabeza y lo estrelle contra un árbol.
Al ver esto, los aguarunas empezaron a huir y nosotros los perseguimos, sembrando el campo de cadáveres.
Después, volvimos para recoger a nuestros muertos, entre ellos estaba el extranjero, también había muerto, combatiendo valientemente. Nuestro Curaca y los guerreros me eligieron en su lugar.
¿ Y Cori? Volvió a interrumpir Sumac.
Espera y lo sabrás… Dos días después. Bueno, sabes cómo duele la picadura de una tangarana. Es esa hormiguita roja que arranca pedacillos invisibles de la piel con sus mandíbulas envenenadas de un líquido que quema más que una brasa.
Pues bien, dos días después lleve a Cori lejos, muy lejos. Ella caminaba apoyada en mí. Y encontré lo que buscaba: un nido de tangaranas al pie de su árbol favorito.
De un tirón, le arranque todo el vestido y Cori quedo desnuda. Me sonrió. No comprendía lo que quería hacer y ante su asombro la ate con sogas del monte, la cogí en mis brazos y la lleve hacia el árbol de la tangarana.
En los ojos de Cori, se veía ya el terror, se defendió, atada como estaba.. Me mordió en el hombro, pero logre atarla al árbol y enseguida me aleje.
Sus gritos de desesperación taladraban mis oídos hasta la distancia.
Yo sabía que iba a sufrir, primero sería una hormiga, luego otra y otra.
Después llegarían miles de hormigas, le picarían en los ojos, en los labios, en el cuello, en los senos y su cuerpo se iría cubriendo de sangre.
Su piel iría desapareciendo toda ella lentamente.
Pero su tormento era pequeño, porque yo sufría mucho más.
Cuando regrese al día siguiente, encontré un pequeño esqueleto muy limpio y muy blanco.
Al pie del árbol estaban regados sus cabellos, los recogí, le arranque los dientes a la calavera, los horade y los ensarte a la cuerda que había hecho con sus cabellos.
Desde entonces tengo este collar sobre mi pecho.
El Curaca se calló y un temblor de espanto sacudió a los más bravos guerreros de su tribu.
Sumac, disimuladamente a espaldas del Curaca Tupan, cogía sus manos y las estrechaba con fuerza. Al mismo tiempo, Sumac le clavaba una mirada ardiente y sus labios le sonreían en una sonrisa de promesa.
El Curaca Tupan al ver los dientes menudos, iguales y blancos de Sumac, pensó: “Que dientes más hermosos para mi collar”.
Humberto del Aguila Arriaga 

martes, 16 de junio de 2015

LA MALDITA BUFEA

Navegábamos por el rio Ucayali y decidimos acampar en una amplia playa. Los bogas que eran seis, clavaron diestramente las horquillas para tender los mosquiteros y luego prendieron una inmensa hoguera con  el doble fin de cocer los alimentos y ahuyentar a las fieras.
Y después de una suculenta cena. Compuesta por una sopa de sachapato, pescado fresco a la hoja, mono ahumado, yucas, plátanos sancochados y una buena taza de café, nos quedamos sentados  alrededor de la  hoguera.
De pronto en el bosque lanzo su canto el urcututo. ¡ Maldita sea tu estampa!- dijo colérico Santiago Freire, antiguo montaraz,  amenazándole con el puño cerrado a dicha ave nocturna.
¿Qué te hace esa pobre ave para que lo maldigas? dijo Asís.
¡Que saben Uds.! Es un ave de mal agüero porque pronostica desgracias.
Entonces dije : Hay que bendecirla ,lejos de maldecirla, porque gracias a su anuncio se pueden tomar precauciones.
¿ Que sabes tú , de la selva? ¿ Conoces la pusanga? ¿ Elpiripiri? ¿ Las virtudes de los huesos del pavoncito?¿ Los efectos del clavo huasca, los del oje, lo que se puede hacer con  el achuniullo?. ¿El poder que da llevar como brazalete la “raca” (vulva) de una bufea?. Nada de eso, no conoces nada.
Bueno, bueno, interrumpióFélixTaleca, cállense, y que Freire nos hable del hueso del pavón, del piripiri, del achuni y de todo lo que sabe.
Bien y nos decidimos escuchar los absurdos que largaría Freire.
Bueno. El piripiri es una planta que crece en los terrenos pantanosos. Son varillas largas, débiles que tienen la forma de hojas de florete. Con ellas se consigue  excitar el apetito sexual de las mujeres.
Un simple afrodisiaco – interrumpióun boga.
Puede ser, la pusanga es otra cosa. Es una pequeña planta, parecida a la malva, de un aroma penetrante. También excita, pero hay algo sustancial que lo diferencia de un afrodisiaco y es que si con la mano impregnada de pusanga se estrecha la de una mujer, ella se muere de amor por ese único hombre y no por cualquiera. El resultado, es el mismo empleado por las mujeres.
Muchos forasteros que vinieron a la selva, se quedaron definitivamente, se enredaron con cualquier muchacha y se quedaron en la selva olvidando a su familia, posición, intereses, todo.
Esos hombres habían sido pusangueados.
Bien, seguimos, todos conocen el achuni, ese animalito que parece un osito. Pues bien , se mata un machito, se le extrae el miembro viril y se le seca completamente.
El polvillo que se saca raspando ese órgano, bebido con cualquier líquido, es suficiente para que el hombre más calmado y gastado recobre su potencia sexual.
Con el clavo huasca, que es un vegetal, sucede otro tanto. De ahí, que los Curacas de las tribus salvajes conserven el afecto de las mujeres de su etnia hasta cuando tienen ochenta años.
¿ Que hay de los huesos de los pavoncitos? interrogo Asis.
-Miren, el pavoncito es un pavito real en miniatura que vive a orillas de los ríos y es maravilloso.
Se coge el hueso  plano que forma el omoplato y se le abre en el centro un pequeño hueco como una mirilla y  cuando se quiere que una mujer se enamore hasta la locura basta mirarla largamente por esa mirilla y el éxito es seguro, un flechazo. El amor que se despierta es fuego.
¿ Y con las bufeas?
Bueno, las bufeas.
Freire callo. Desde el rio llegaba algo asi como un lamento desgarrador. Asís dio un salto y cogió una linterna y un remo, al mismo  tiempo que exclamaba: Alguna canoa ha naufragado y piden auxilio: Vamos pronto y emprendió la carrera hacia el rio, pero le detuvo la voz de Freire.
No corras, porque es la MALDITA.
Es la malditabufea que me persigue. No tardara en gritar en la misma orilla.
Efectivamente, el lamento, seguido de un bufido que se dejóoír al lado de nuestras canoas.
Así va a estar toda la noche. Hace ya seis años que me persigue, pero un día de estos la voy a liquidar de un balazo.
Entre esta maldita bufea y yo, hay una historia larga de amor y muerte.
Todos se rieron.
Por lo visto se te ha partido el seso para que vengas con el cuento de que entre esa bufea y tú hay una historia de amor.
No es entre los dos únicamente, también fue parte de …
¿ Quiénmás?
Sabes quién : Ge-rar-do Cas-ti-llo.
Un campesino que tuvo un extraño fin.
Yo soy el único que conoce el secreto de su muerte. Yo y esa bufea, que fue su asesina.
Estás loco, mandate ver  por un médico.
Digan lo que quieran. Cuando termine mi relato podrán juzgar y los que quieran me oyen, los que no, se van a dormir.
Y Freire comenzó a hablar :
Los bufeos, por si no lo saben, son mamíferos cetáceos. Los naturalistas los conocen con el nombre vulgar de pez mujer, porque las hembras tienen el busto y el sexo iguales a las mujeres.
En toda la selva se sabe que el bufeo macho sigue largos trechos a las canoas cuando en ellas hay una mujer que esta con su menstruación.
Hay veces que se aproximan tanto a las embarcaciones, que al dar el volantín que acostumbran, lo hacen debajo de ellas y provocan un naufragio. Rara vez se salva la mujer objeto de la persecución. Se dice que el bufeo la arrastra a su reino debajo de las aguas.
Los indios de la selva y los mestizos, seducidos por la semejanza  femenina, cuando cae una bufea en las redes realizan sexo con ella. Y el hombre que hace el acto sexual con la bufea, debe tener a su lado un compañero para que lo arranque, si es preciso a palos, porque el espasmo de la bufea es tan intenso y tan largo, que puede morir el hombre encima de la bufea en medio del más intenso placer.
Inclusive algunos indios tenían la costumbre de pescar bufeos para acoplarse por turno.
Gerardo Castillo y yo habíamos constituido una sociedad en el shiringal de San Pedro en el Tapiche para explotarlo.
Trabajamos con el mayor entusiasmo, ya que el jebe había alcanzado el precio más alto que se conociera y caía de improviso en los puertos para controlar a los peones.
Pero, de pronto Castillo cambio por completo, se levantaba muy tarde, parecía inquieto y no se preocupaba por nada útil, al mismo tiempo que comenzó a adelgazar y a empalidecer.
Yo creía que teníaparásitos intestinales y le insinué que hiciera un viaje a Iquitos para ponerse bajo tratamiento médico, pero el rechazo colérico mi insinuación.
La habitación de Castillo estaba junto al mío y esto me permitió darme cuenta de que mi socio casi todas las noches abandonaba su lecho y volvía después de dos horas.
Cuando una noche, escuche en el rio el mismo lamento que hoy oímos y veía que Castillo salía precipitadamente de su cuarto. Esto se repitió varias noches.
Y una noche le seguí en su marcha hacia el rio y escuche voces: la de Castillo y otra, femenina.
Me acerque todo lo que pude y vi que Castillo tenía en sus brazos  a una mujer bellísima, desnuda con una cabellera que despedía reflejos dorados.
¿De dóndevenía? ¿ Quién era entonces la desconocida amante de Castillo?
El instinto debió avisarle a la desconocida que alguien la observaba, Porque volvió inquieta su cabeza.
Permaneció inmóvil conteniendo el aliento, luego me deslice hacia el rio, hundiéndome en el, hasta que solo mi cabeza quedo afuera del agua-

Escuche el rumor de besos y suspiros, después sentí un chapuzón como de alguien que se lanzaba al rio y Castillo con pasos vacilantes regresaba a su habitación.


Desde entonces, cada vez que oía el lamento que llegaba del rio, le seguía a Castillo para ver si descubría la personalidad de la desconocida y l manera como llegaba.
La salud de Castillo iba de mal en peor, cada día estaba máspálido y más débil,  a punto de que apenas podía caminar, pero cuando oía el lamento, no sécómo sacaba fuerzas y corría a la balsa, de donde volvía dando traspiés como un ebrio.
Comenzó a sufrir de cólicos hepáticos que le hacían rugir de dolor y le puse una inyección de morfina y se quedó dormido.
Mientras el negocio se venía abajo, el jebe había bajado de cotización, la producción disminuía y las deudas crecían.
En eso sentí que llegaba el lamento de la desconocida y corrí a la balsa.
En ella, estaba la bella mujer, sentada completamente desnuda y con los pies hundidos en el agua. Sus tibios brazos se ciñeron en mi cuello y sus labios se prendieron a los míos.
Fue una noche de amor muy interesante y dulce que he vivido.
Luego la mujer me miró fijamente a los ojos y dio un grito, pero, luego sonrió.
¿ Cómo te llamas? le pregunte. Ella sonrió sin darme una respuesta, de pronto canto el gallo y la mujer se sobresaltó, porque ya amanecía.
Es hora de que me vaya. No puedo estar más le dije. ¿Cuándo vuelves?. Mañana, me respondió y se lanzó al rio, emergió después su cabeza y aquí fue horror ante mis ojos, su hermosa cabeza se iba transformando en una horrenda bufea.
Dio un bufido y se hundió para reaparecer más lejos y seguir alejándose dando saltos sobre el agua.
No séqué me paso, estaba atontado, como loco, me di palmadas en la cara para convencerme  de que no estaba soñando. Dios mío, ¿Un hada? ¿ Un demonio? Era algo horrendo.
Mientras tanto, Castillo se moría, débil, extenuado, apenas podía levantar la cabeza. En tanto, todas las noches se  escuchaba el angustioso llamado de la mujer pez, de esa maldita.
Yo, para alejarla, clave una cruz en la balsa y ahí estaba sentada, mirando la casa, era bellísima, atrayente, seductora. Sentí que todas mis ansias me empujaban hacia ella, pero supe contenerme.
No, No, Nunca más y viaje al Ucayali.
Deje a Castillo al cuidado de la cocinera, doña Santos, de su hija Isolina y del viejo Pizango, trabajador que vivía con nosotros. Regrese a los dos días y me dieron la noticia de la muerte de Castillo. Había muerto de una manera extraña.
El , que apenas podía moverse, fue encontrado completamente desnudo en el centro de la playa en la banda opuesta.
¿ Cómo había podido llegar hasta ese lugar? ¿ Quién lo llevo, pues no faltaba una sola canoa? Alguien debió hacerlo.
El viejo Pisango me conto que esa noche no podía dormir, se levantó y vio que una mujer blanca como un rayo de luna, viniendo del rio entro al cuarto de Castillo y abrazados se dirigieron hasta la balsa, más tarde lo buscaron afanosamente y un peón todo asustado dio a conocer que el Señor Castillo estaba muerto en la playa, con la cara mirando al cielo y con una expresión de dicha.
Hubo algunos rumores- dijo Taleca- se llegó a decir que tú lo habías envenenado para quedarte con todo Jai Alay.
Sus herederos recibieron hasta el último centavo que les correspondía. Que crimen ni niño muerto. Te digo que fue la bufea.
Ella le exprimió la vida y desde entonces la maldita me persigue por todas partes.
Voy al rio Tapiche y allí esta ella, llamándome con su voz dulce, que parece un suspiro, una queja y con su bufido que parece una amenaza.
Voy al rio Amazonas y allí esta, tarde o temprano siempre me encuentra y de esto ya son seis años, hasta que un día cuando le vea dar un volantín, el voy a meter cuatro balas en el cuerpo.
Bien, mejor es que nos vayamos a dormir, pues tenemos que madrugar.
A las 4.00 a.m. después de desayunar bien, nos repartimos en las canoas y seguimos rio abajo.
Cuando de pronto, un enorme bufeo colorado comenzó a dar volantines y a seguirnos, cosa que no le dimos importancia y nos adelantó.
Minutos después oímos  gritos y voces de auxilio y vimos la canoa de nuestros compañeros volteada y sus tripulantes aferrados a ella.
Al fin nos pusimos en contacto y los náufragos estaban ya en tierra cuando llegamos y vimos la cara de terror y mirada de locura que tenían.
¡ Y Freyre?, pregunte, no viéndole en el grupo.
Los náufragos inclinaron la cabeza. Mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Y Freire , pregunte nuevamente.
Muerto. Desaparecido Fue la bufea, dijo Asís, hablo mientras los sollozos cortaban su relato.
Allí esta la maldita, dijo Freyre.
La bufea dio un volantín a menos de 100 mtrs. de la canoa. Freyre, copio una carabina de repetición y con los ojos enrojecidos por la cólera miro por todas partes esperando que reapareciese.
La bufea no tardo en dar un volantín cerca de la canoa y antes de que se hundiese. Freyre disparo dos tiros, luego un nuevo volantín de la bufea hizo voltear a la canoa.
Todos caimos al agua, lanzando maldiciones y nos cogimos de la embarcación.
Freyre , era el único que se reía,  y no es mentira, ni fantasía, lo jurare hasta en la hora de mi muerte.
Vimos cerca de Freyre, asomar saliendo del rio la cara de una mujer bellísima de cabellos dorados, hiso ver sus senos y abrazo a Freyre, obligándolo a soltarse de la canoa, ella le besaba, nosotros gritamos y Freyre y la mujer se hundieron para siempre.
Asís, se hizo la señal de la cruz y dijo : Hay que buscarlo.
Pero, había que llegar a Iberia y pedir el auxilio al dueño don Heli y empezamos la búsqueda en dos botes. Ojala le encontremos, porque el rio Ucayali no devuelve a sus víctimas. Cuando de pronto en una playa vimos a dos cuerpos tirados en la arena, cerca de la orilla.
Saltamos de la embarcación y nos dirigimos hacia ellos. Y con asombro y terror vimos el cuerpo de Freyre, completamente desnudo y estaba con los brazos apretados al cuerpo de una bufea, que presentaba sobre el lomo, cerca del cuello las heridas producidas por los dos balazos.
Allí mismo en el bosque los sepultaron a los dos en una misma fosa a Freyre y a la bufea y le pusimos una cruz, para que los dos reposen juntos.
Debe ser  tan dulce morir en los brazos de una sirena o vivir con ella.

Humberto Del Águila Arriaga

domingo, 7 de junio de 2015

LOS HIJOS DEL SOL Y DE LA LUNA

Para explicar sus orígenes los Shipibo relatan el mito de los hijos del sol y de la luna. Aseguran que Dios había creado a estos dos astros como dos divinidades que no deberían juntarse jamás, pero desobedecieron los consejos. A consecuencia de estos amores siderales la luna se vio embarazada. Una noche de tormenta un rayo abrió el vientre de la luna y bajaron a la tierra 7 niños de conformación humana.
El más pequeño de los hijos del sol y de la luna llego al mundo con habilidades que no poseían sus otros hermanos. Sin embargo había mucha envidia en contra de los hermanos que mostraban algunos poderes y sabiduría. Algunos grupos querían matarlos y los asediaban.
Para escaparse de las persecuciones en la tierra el hermano menor disparó cantidades de flechas hacia el espacio, construyendo, de esa manera, una escalera por la que regresarían hasta el infinito de donde habían venido.
Por esa escalera endeble, y convertidos en hormigas curiuinsis provistas de trocitos de hojas, los 7 hermanos subieron en busca de sus padres portando el mensaje de la selva.
En su camino, llegaron hasta el borde de un inmenso lago poblado de caimanes feroces. Para pasar a la otra orilla, pensaron hacerlo saltando sobre los lomos de los lagartos.
Cuando ya estaba por llegar al otro lado, el hermano más pequeño y guía de todos, el último lagarto despertó y lo cogió en el aire, trozándole una pierna.
Al caer al agua entre gritos, se despertaron los otros lagartos y, entonces, se desató una lucha descomunal contra los otros muchachos.
Parecía que las fieras iban a terminar devorando a todos los hermanos. Pero entonces, sucedió lo increible.
Bari, el sol, que había estado siguiendo a sus hijos y al verlos indefensos y acorralados, se compadeció de ellos y transformándolos en estrellas los subió al cielo, donde se convirtieron en una constelación, que los colonos conocen por el nombre de los 7 cabritos (los pleiades) y que los Shipibo llaman huishmabu. Una de las estrellas se llama quishi huma, es decir, sin pierna en recuerdo del muchacho-guía al que el lagarto trozó la pierna cuando intentaba cruzar el lago.
La altura y posición de estas estrellas con relación a la tierra es interpretada por los indígenas como el avance de las estaciones del año que orientan la vida de los Shipibo.
El invierno y el verano están anunciados por la declinación de las 7 cabritas y ese conocimiento sirve a los Shipibo para orientar sus actividades de caza y pesca.
Así el mito de huishmabu forma parte del calendario de los Shipibo. Después de las privaciones del lluvioso invierno cuando las crecientes de los ríos y lagos son tan grandes que ‘los peces se pierden en el agua’ y la lluvia cae dia tras dia, los shipibo se orientan por la aparición del huishmabu para saber que dejará de llover.
En tiempos de pocas lluvias que se llaman el verano, tiempo de abundancia de peces, los Shipibo organizan sus excursiones a las grandes cochas para pescar con arco y flecha la sabrosa palometa o hacer campamentos en las playas inmensas del gran río para buscar huevos de taricaya en los inmensos arenales que se forman por el descenso del caudal de las aguas. La tortuga taricaya deja sus huevos en esos arenales. Esos huevos son un manjar para el paladar de los shipibos.
Cada una de las estrellas que forman la constelación del huishmabu, es conocida y tiene su nombre y su historia que los viejos shipibos relatan bajo la luz de la luna o las fogatas, el anocher, a orillas del gran rio, en los inmesos arenales, antes que todos se vayan a dormir.
Para nosotros, los mestizos occidentales, las estrellas dan vueltas alrededor del sol en un movimiento de traslación.
En cambio en la concepción de los Shipibo las estrellas pasan por el río cielo en sus canoas.
La estrella Nete Huishtin (venus) siempre sube y baja 3 veces antes de subir definitivamente al centro del firmamento. Los Shipibo dicen que allí hay fuerte corriente de agua que mueve a esa estrella. Para ellos todo se relaciona con el conocido río. Creen que no estamos solos en el universo. Existen otros mundos poblados por ejemplo en la Vía Láctea, o Nahua Bay, el camino de otras gentes.
Los shipibo-konibo que habitan el Ucayali tienen una gran cantidad de mitos, leyendas e historias que van transmitiendo de generaci´n en generación, aun cuando en los últimos años, mucho de esta tradición oral se esta perdiendo por influencia de otras culturas.


LA LEYENDA DE ETSA

Iwia, un demonio terrible, tenía la costumbre de atrapar a los shuar, meterlos en su enorme shigra y después comérselos.En cierta ocasión, atrapó y luego se comió a los padres de Etsa. Se llevó al poderoso niño para tenerlo a su lado y, durante mucho tiempo, le hizo creer que él era su padre.
Cuando Etsa creció, todos los días cazaba para el insaciable Iwia, que siempre pedía pájaros para postre. El muchacho regresaba con la gigantesca shigra llena de aves de todas las especies. Una mañana, cuando apenas empezaba su cacería, descubrió que la selva estaba en silencio. Ya no había pájaros coloridos por ninguna parte. Solo quedaba la paloma Yápankam, posada sobre las ramas de una Malitagua.
Cuando Etsa y la paloma se encontraron en medio de la soledad, se miraron largamente.
-¿Me vas a matar a mí también? preguntó Yápankam.
-No, dijo Etsa. Parece que he dejado toda la selva sin pájaros.
Sintiéndose culpable, a Etsa se le fueron las fuerzas y se dejó caer sobre el colchón de hojas del piso. Entonces Yápankam voló donde estaba Etsa y, a tuerza de estar juntos en medio de ese silencio, se convirtieron en amigos.
Yápankam aprovechó para contarle al muchacho la manera en que Iwia había matado a sus verdaderos padres. Entonces, nada ni nadie podía consolar a Etsa: lloraba con una mezcla de rabia y tristeza.
Cuando Yápankam se dio cuenta de que Etsa estaba calmado, le dijo:
-Muchacho, no puedes hacer nada para devolverle la vida a tus padres, pero aún puedes devolvérsela a los pájaros.
-¿Cómo?, dijo Etsa. La paloma explicó: “Introduce en la cerbatana las plumas de los pájaros que has matado, y sopla”. El muchacho lo hizo y de inmediato empezaron a salir miles de pájaros de todos los colores que levantaron el vuelo y con su alegría poblaron nuevamente la selva. Etsa ya no volvió donde Iwa.