sábado, 20 de octubre de 2012

E L O T O R O N G O

Con este nombre, en la selva se le conoce al tigre americano o jaguar, siendo el más grande de su especie. Por su ferocidad y color de la piel, se puede  decir que tiene cierta semejanza con el Tigre de Bengala. Cuando por alguna circunstancia prueba carne humana, se convierte en un enemigo muy peligroso para el hombre y su piel es muy cotizada.

                                      C UE N T O

Estábamos de campamento en la playa, para dedicarnos a la caza de las tortugas y después de una semana ya habíamos acumulado un buen número de tortugas y desde entonces comenzamos a contarlas diariamente por las mañanas, pero lo curioso del caso era que todos los días faltaban 2 o 3 de las mejores tortugas charapas, es decir de las mas grandes y no se encontraban indicios de su huida, porque el cerco se mantenía intacto y no había otra forma de que escaparan sin romper el cerco y no había huellas de pisadas de ninguna clase.

En vista de que seguían las desapariciones, decidimos montar guardia nocturna por turnos. Sin embargo, pese a estas precauciones seguían desapareciendo las charapas misteriosamente, hasta que me toco mi turno. Provisto de mi machete salí a rondar por los alrededores del charapero y luego regrese.

Ya muy de madrugada me quede dormido ligeramente, pero solo cuestión de minutos, desperté sobresaltado y me pareció distinguir algo a corta distancia muy cerca del corral, me puse de pie y me fui acercando al lugar. Cuando estuve a unos 10 mtrs. Pude ver la sombra de un hombre que estaba inclinado sobre un objeto negro.

Ya no quedaba duda que se trataba del ladrón, que noche a noche iba disminuyendo nuestro depósito y le grite: Oiga , suelte la charapa y no se mueva. Ahora arreglaremos cuentas . Y avance sobre él, pero mi asombro no tuvo limites, cuando el sujeto con una agilidad increíble, puso la charapa a la espalda y echo a correr velozmente en silencio hacia el bosque, atravesando todo el ancho del charapero.

Comencé a perseguirle, pero no le pude alcanzar, porque se alejó velozmente hasta que desapareció en medio de la oscuridad. Había fracasado en la captura del ladrón y después de descansar un rato, seguí caminando hacia el boque con el objeto de marcar algunos árboles con el machete y regresar al día siguiente para seguir buscando sus  huellas.

Regrese a mi puesto de vigilancia y permanecí despierto hasta el amanecer, hasta que llegaron mis compañeros a dejar sus preciosa cargas en el charapero. Cuando les informe lo sucedido, me increparon por haberme dormido y haber permitido un nuevo hurto sin descubrir ni capturar al ladrón.

Empezamos a contar a los animales y nos dimos cuenta que faltaban dos hermosa charapas, eso significaba que el sujeto había realizado dos viajes, siendo descubierto recién en el segundo.

Buscamos las huellas por todas partes, pero no descubrimos nada, nos encaminamos todos al lindero del bosque y allí lo que hicimos fue buscar las marcas que había dejado en los árboles y comenzamos a buscar, hasta que uno de los nuestros nos pasó la voz y corrimos hacia él. Miren aquí, nos dijo, señalando al suelo. No hay huellas de pisadas humanas por ningún lado, pero estas pisadas del otorongo si son muy claras y vimos así las enormes pisadas del otorongo.

Sin hacer ningún comentario, fuimos siguiendo las huellas en silencio y muy atentos con ojos y oídos para no ser víctimas de alguna sorpresa desagradable. Después de media hora de caminata en el interior del bosque, tropezamos con uno de esos árboles gigantescos de la selva, cuyas enormes aletas se interponían en nuestro camino y al parecer aquí se perdían las huellas  porque el suelo está cubierto de abundantes hojarascas.

Entonces comenzamos a buscar por los alrededores para tratar de encontrar las huellas, cuando de pronto sorpresivamente descubrimos un verdadero depósito de caparazones de charapas. En todos esos caparazones estaban las marcas que el otorongos las había comido. Uno estaba totalmente vacío y otro todavía con las carnes a medio desgarrar, lo que significaba que el otorongo estaba en pleno festín, cuando sintió nuestra llegada y huyo hacia la selva.

Carlos Velásquez Sánchez

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