miércoles, 20 de junio de 2012

Sequías e inundaciones: ¿está molesto el Amazonas?

Por José Álvarez Alonso*
Mis amigos indígenas insisten en afirmar que la creciente extrema del Amazonas y sus afluentes tiene sus responsables: “La Yacumama, la Madre del Río, está molesta”, me dicen. He escuchado muchas historias sobre los espíritus protectores de la selva, sobre Yacumamas o Purahuas, y Sachamamas, Shapishicos y Yashingos, y cómo a veces protegen sus dominios cuando sienten que el hombre los han agredido. Ahí están las cochas “bravas”, donde la Yacumama hace oscurecer el día, desata la tormenta y embravece el agua cuando algún irreverente se atreve a hacer pesca o a talar los árboles de la orilla. Yo mismo he sido testigo de algunas anécdotas en relación con estas creencias.
Si cada cocha, quebrada o río tiene su ‘madre’ en el imaginario amazónico, y es poderosa, la madre del Amazonas, el Padre de Todos los Ríos, debe ser algo imponente, monstruoso. Y su furia incontenible se debería manifestar en proporción. ¿Tendrán razón mis amigos indígenas? El Amazonas ha hecho aspavientos varias veces en años recientes, y ha mostrado alteraciones inexplicables en su ciclo hidrológico, incluyendo las grades sequías de los años 2005 y 2010, intercaladas con crecientes cada vez más pronunciadas, hasta superar el máximo histórico el presente año.
“Los hombres han maltratado al río, lo han contaminado con petróleo, mercurio, han talado sus bosques, exterminado sus peces, charapas, lagartos, por eso la Yacumama, la Madre del Río, está molesta y se sacude”, afirman los sabios indígenas, recalcando que ellos siguen haciendo lo que han hecho por siglos sin molestar a las madres del bosque y del agua (cazando, pescando, haciendo sus chacritas), por lo que los culpables están en otro lado. Sospecho que los indígenas no andan muy errados.
Curiosamente, la ciencia viene a dar la razón en cierto modo a los indígenas: la deforestación tiene mucho que ver con las crecientes y las vaciantes extremas. Claro que hay que añadir otra causa humana a las mencionadas por los sabios indígenas: el tan mentado calentamiento global, causado por la emisión salvaje a la atmósfera de gases de efecto invernadero. Parte de estos provienen de la quema de combustibles fósiles, y otra parte de la quema de los bosques, por lo que al final volvemos a las mismas: es el hombre el que está causando los desastres climáticos que están asolando la Amazonía.

Quien ha estado en el cauce de una quebrada en pleno bosque primario durante una lluvia intensa, y luego en una quebrada en un área deforestada, puede notar una dramática diferencia: donde hay bosque intacto puede estar lloviendo torrencialmente por horas y el nivel del agua crece muy lentamente, para luego bajar también lentamente, demorando a veces semanas; en cambio, donde el bosque ha sido arrasado, en pocos minutos la quebrada se hincha, se llena de barro, y arrasa con todo, para luego de unas horas, quedar de nuevo casi al nivel que estaba. El bosque actúa como una esponja: el follaje, las raíces y el mantillo vegetal protegen el suelo de la erosión y ayudan a absorber el agua y a infiltrarla en el subsuelo, llenando los acuíferos.

Los habitantes de la ceja de selva conocen muy bien esto: los huaycos y las crecientes catastróficas se producen en las cuencas donde las laderas y cuencas altas han sido taladas, al tiempo que se quedan sin agua en verano.

Son casi 10 millones de hectáreas de bosques arrasadas por la mano del hombre en las vertientes orientales de los Andes peruanos, y otro tanto probablemente, o más, en las cabeceras de los ríos en países vecinos. Es bastante razonable juzgar que sin esa deforestación salvaje los Amazónicos no hubiésemos sufrido las sequías extremas que hemos sufrido en el 2005 y el 2010, ni estaríamos sufriendo las crecientes extremas que hoy destruyen las esperanzas de decenas de miles de personas.

Hace ya más de 30 años, Alwyn Gentry y José López Parodi publicaron en la prestigiosa revista Science (1) un artículo en el que atribuían a las cada vez más pronunciadas crecientes a la colmatación del cauce del Amazonas y sus afluentes por efecto de la deforestación en el piedemonte andino. ¿Qué dirían hoy estos dos sabios, ya desaparecidos, si supiesen que sus predicciones de crecientes y vaciantes cada vez más pronunciadas se han cumplido, y que, contrario a lo que contestaron algunos críticos, el incremento de las crecientes no se puede explicar simplemente por una variación cíclica más larga?

¿Qué hacer en la selva baja, si los que más sufren las inundaciones no son los causantes del cambio climático, ni de la deforestación en las laderas de los Andes? Primero, adaptarnos: sabemos que estos desastres van a seguir repitiéndose, y probablemente con más fuerza en las próximas décadas. Los barrios citadinos en zonas inundables de Iquitos deben ser reubicados en tierras no inundables previa y debidamente urbanizadas). En segundo lugar, recuperar tecnologías indígenas de manejo de áreas inundables y preservación de alimentos para las épocas de creciente. Y en tercer lugar, coordinar con los gobiernos regionales que tienen Ceja de Selva y con el Gobierno Nacional para que de una vez por todas se enfrente el problema de la deforestación en cabeceras de cuenca, tan maligna como la minería ilegal.

Debemos proteger los bosques amazónicos, y especialmente los de las cabeceras de los ríos, como una salvaguarda y una barrera frente a las amenazas del cambio climático y, quién sabe, de las iras de la poderosa Purahua del Amazonas y sus consortes los ríos tributarios, que se mostrarían más amables con los humanos.

martes, 12 de junio de 2012

LA SHUSHUPE

Es la serpiente más grande y temida de la selva, alcanza hasta mas de 3 mtrs. de largo, de colores vivos: amarillo y negro, formando grandes manchas. En la cola lleva un lanceta que es de pinchadura mortal como la mordedura misma. Es nocturna y cacarea como la gallina y cuando llega a la vejez le salen pequeñas orejas puntiagudas muy erguidas.
Esta serpiente no ha recibido la maldición de Dios en el Paraíso, , porque cuando persigue a alguien no se arrastra como sus demás congéneres, sino que avanza por saltos en ondulaciones verticales.
Nos encontrábamos en el interior del bosque, buscando materiales de monte para construir una choza a orillas del Alto Marañon.
La zona que habíamos elegido para el trabajo tenía fama de ser habitada por numerosas shushupes, pero, era el único lugar, en esa parte de la selva donde abundaba el material que necesitábamos, pues, no había remedio que afrontar el riesgo tomando las mayores precauciones.
Eramos cuatro amigos y salíamos diariamente de nuestro campamento por parejas en distintas direcciones.
Por las noches, como medida de seguridad, prendíamos una gran fogata. Desde que llegamos a este lugar, todas las noches escuchábamos el característico cacareo de las shushupes por los alrededores del campamento y en las mañanas encontrábamos desparramados las leñas de la fogata y veíamos las huellas que dejaban en las cenizas calientes los pesados cuerpos de estas serpientes que gustan de revolcarse en ellas buscando la calentura.
En la mañana, íbamos todos juntos abriendo una trocha a golpe de machete, de pronto, el que iba adelante dio un tremendo salto hacia atrás, con el machete en alto, listo para la defensa y decía:¡Cuidado! ¡Detenganse! y dijo: ¡Miren! ¡Que hermoso ejemplar!.
Era una enorme shushupe, que enroscada sobre si misma dormía plácidamente.Dormia tan profundamente que ni el ruido de los machetes la despertó.
De inmediato, le disparamos a la cabeza, el animal se estremeció violentamente y se desenrosco al instante, después de  varias convulsiones quedo inmóvil sin vida.
Otro dia con mi acompañante fuimos a una quebradita para refrescarnos y nos sentamos un rato en unas piedras.
Luego, notamos que se movían las ramas, prepare mi escopeta y mi acompañante empuño su machete. Seguimos atentos a los movimientos y de pronto apareció un hermoso picuro o majaz, cuya carne es exquisita y arranco en veloz carrera sin darme tiempo a dispararle y le seguimos.
Despues de perseguirle, vimos que el animal desapareció en el interior de un tronco hueco, llegamos y nos preparamos a hurgar el hueco con una larga varilla para obligar salir al picuro.
Es conocido, también que el picuro hace una buena pereja con la shushupe, porque viven juntos y lo que es mas curioso, es que ambos emiten un extraño ruido o sonido cuando están enfadados.
El animal se ponía cada vez mas furioso al ser fustigado con la varilla y mi amigo llevado por su entusiasmo se había acercado a la misma entrada del tronco para llegar mas al fondo con la varilla. Cuando repentinamente lanzo un grito de horror, al tiempo que echaba a correr como un loco a través del bosque, arrojando la varilla que tenía en la mano y era perseguido por una enorme shushupe que furiosamente daba grandes saltos para ganar terreno.
Quede asustado al ver esto y mientras reaccionaba, ambos ya se habían perdido de vista y emprendi carrera en la dirección por donde habían desaparecido, con mi arma lista para disparar.
A unos veinte minutos, encontré la gorra de mi compañero hecho trizas por los colmillos de la shushupe. Acelere el paso cuanto pude, tropezando aquí y alla con ramas y raíces, pero con la idea de auxiliar a mi amigo.
Llegue cuando en un pequeño claro del bosque,  levante la vista y casi grito, al ver a la shushupe entretenida en una pelea con la camisa de mi compañero, que sin duda la arrojo con este fin, porque en la selva sabemos que esta es una forma infalible de eludir la persecución de la shushupe, es decir arrojándole cualquier prenda de vestir para que descargue su furia en ella.
Levante mi escopeta, le dispare, pero mi nerviosismo me hizo fallar la puntería y la shushupe desapareció velozmente, dejando la camisa totalmente destrozada y algunas manchas de sangre por donde huyo, esto significaba que de todas maneras la había herido.
Sin demora, retorne al campamento para encontrar a mi compañero y asi fue. Habia llegado el, todo maltratado por las raspaduras de las ramas y espinas que no pudo evitar en su desesperada carrera por librarse de esa serpiente shushupe.
Y nos conto que esa shushupe tenia una enorme cabeza con dos orejas bien crecidas impresionantes y que no le fue fácil quitarse la camisa en plena carrera para arrojarla.
Carlos Velasquez Sanchez

SUCUSARI

Escribe: José Álvarez Alonso (*) 

El paisaje quita el aliento: copas de árboles hasta que se pierden de vista en el horizonte, algunos en flor, mientras que orquídeas y bromelias adornan las copas más cercanas; una pareja de tucanes se desgañita desde una copa cercana; por el otro lado, una enorme bandada de oropéndolas (bocholochos) va de copa en copa buscando flores y frutos maduros, y una familia de ‘siete colores’ (tangaras del paraíso) adorna cual broches de joyas azules, rojas y verdes un árbol cercano… Un atardecer o, mejor aún, un amanecer amazónico disfrutado a 35 metros de altura, desde las copas de los árboles en el puente colgante del Sucusari de Explorama, es uno de esos espectáculos que uno no puede perderse en esta vida.

Este puente colgante (del “canopy walk way” como le dicen los gringos) fue el primero de su clase en Suramérica, y sigue siendo espectacular con sus 600 metros de longitud y 14 plataformas en las copas de árboles emergentes. Desde su construcción a principios de los años 90 (gracias a un convenio entre la ONG ACEER y la empresa turística Explorama), decenas de miles de personas han disfrutado de las espectaculares vistas del bosque amazónico desde las copas de los árboles. Animales y plantas que sólo atisbamos a ver en la lejanía desde el suelo del bosque, aquí pueden ser observados a pocos metros de distancia. En particular atraen las vistosas aves de dosel, incluyendo tangaras, tucanes, oropéndolas y colibríes, que en las copas muestran una especial mansedumbre con el ser humano, ya que aquí no llegan los depredadores terrestres…

Sin embargo, algo llama la atención en esta maravilla turística del Sucusari: no se ven animales grandes. Ni un mono (salvo los ubicuos pichicos en la orilla de la quebrada), ni un guacamayo, ni un paujil… Le pregunto a Lucio, uno de los más experimentados de Explorama y quizás el mejor guía de aves de Loreto, conocido por haber trabajado con el legendario Ted Parker: hace más de 20 años que no ve en la zona un paujil, un choro o un mono negro, medice, fueron cazados hasta el exterminio… Los cazadores fueron principalmente los madereros que asolaron ésta y todas las quebradas accesibles de Loreto en los pasados 20 ó 30 años.

¿No hubo forma de prevenir esta masacre, teniendo en cuenta que esta zona tiene tanto valor para el turismo, y ha atraído a cientos de miles de turistas en las últimas décadas, generando decenas de puestos de trabajo permanentes y millones de dólares en divisas? Y ahí viene la cuestión: Explorama ahora posee una concesión turística de unas 2,000 ha, las que obviamente no son suficientes para mantener una población viable de cualquiera de los animales grandes amazónicos. Lo ideal es que se hubiese promovido la creación en toda la quebrada de una reserva suficientemente grande para proteger un recurso tan valioso y con tanta capacidad de generar riqueza. Jaime Acevedo, actual socio de Explorama, me asegura que sí se hicieron esfuerzos por preservar el área, pero otros me dicen que no fueron suficientes, y no contaron con un actor clave: las comunidades indígenas que habitan la zona.

Peter Jenson, el desaparecido fundador y original propietario de Explorama, fundó la empresa hace casi medio siglo, cuando sólo existían en Loreto tres reservas pesqueras (Pacaya, Mazán y Rimachi). Si el gringo hubiese tenido la visión de trabajar en alianza con la comunidad nativa de Orejones, vecina del albergue de Explorama, otro gallo cantaría hoy en estos bosques: podrían haber promovido la creación de una reserva comunal, contigua a la reserva turística, y la quebrada Sucusari podría haber sido salvada del saqueo. Los indígenas Maijuna de esta comunidad, con algo de apoyo, podrían haber conservado mejor su cultura, su idioma y sus costumbres tradicionales, que han estado a punto de perderse en la última generación, y podrían haberse involucrado productivamente en la actividad turística. Lamentablemente, según me cuentan algunos que lo conocieron,  el norteamericano siempre tuvo un gran recelo contra los indígenas, a los que calificaba sin escrúpulos de “salvajes”, y no quiso trabajar con ellos, ni siquiera contratar empleados de la comunidad.

Qué visión tan errada. Los Maijuna son el pueblo más amable, hospitalario y pacífico de la Amazonía. Don Sheba, uno de los líderes Maijuna de la vecina comunidad de Orejones, nos habla del saqueo provocado por los madereros: “Todo acabaron, la maderas finas, los animales, el pescado, hasta las ranas se comían… Nosotros nos quedamos sin nada, de hambre y más pobres que antes. Los madereros lo único que han traído es atraso. Pero desde hace tres años estamos cuidando la quebrada, y los animales están volviendo. Ya se vuelven a ver huanganas, sajinos, monos cerca de la comunidad, también el pescado está aumentando, ahora nuestros niños comen mejor…”

La comunidad de Orejones, junto con las otras tres comunidades del pueblo Maijuna (San Pablo de Totolla, en el río Algodón, y Nueva Vida y Puerto Huamán, en Yanayacu) ha impulsado la creación del Área de Conservación Regional Maijunas, de unas 391,000 ha, aprobada formalmente por el Consejo Regional de Loreto el pasado 4 de febrero. Las comunidades están trabajando con apoyo del Programa de Conservación, Gestión y Uso Sostenible de la Biodiversidad de la Región Loreto (PROCREL) en alianza con el IIAP y la ONG Naturaleza y Cultura Internacional en la gestión del área, con el enfoque de “conservación productiva”, que tan buenos resultados ha dado en el Tahuayo. Con algunas actividades productivas en marcha (manejo y comercialización de aguaje certificado, artesanías, apicultura, turismo) y la recuperación de los recursos pesqueros y de fauna, los Maijuna tienen buenas perspectivas de mejorar su calidad de vida en los próximos años, al tiempo que conservan la megabiodiversidad de sus bosques.

Las cenizas de Peter Jenson fueron esparcidas, siguiendo su última voluntad, desde la copa del árbol más alto en el puente colgante de Sucusari. Estoy seguro que su tunchi, que a decir de algunos guías se pasea por allí, disfrutará en un próximo futuro del retorno a este bosque que tanto amó de los animales que hoy faltan, y que poco a poco están recuperando sus antiguos territorios gracias a los celosos guardianes del ACR, los Maijuna. Una nueva visión se está imponiendo en los actuales dueños de Explorama y se avizoran fructíferas alianzas con los Maijuna, que sin duda beneficiarán tanto al negocio del turismo como a la biodiversidad y a los indígenas que viven de ella.


(*) Biólogo, Investigador del IIAP

miércoles, 30 de mayo de 2012

LA CAZA DEL PAICHE MAMA

El pescador tomó el arpón, machete , su remo y bajo del  emponado en silencio. La canoa estaba llena con el agua de la lluvia, comenzó a botar el agua, miro detenidamente el rio, su rostro se ensombreció y dijo ya están bajando las palizadas y ha empezado a crecer en las cabeceras.
Cuando llego a  las cochas de las boas para cazar al “paiche mama”, de pronto  sus oídos escucharon el leve ruido de hojarasca que se quiebra, se echo en la canoa para “aguaytar” con mayor libertad y entonces pudo ver un hermoso venado rojo, que nervioso con sus ojos grandes y vivaces, salía del bosque hacia la orilla del lago.
Estiro su cuello, olfateo el aire y elásticamente se lanzo al agua, nadaba con destreza y rapidez, por instantes se detenía para ver la orilla, cuando de pronto algo salto del agua como si fuera un pez y el venado comenzó a chapalear furiosamente, desesperadamente y después de unos minutos se fue aquietando el agua, hasta que el pudo ver que una boa lo iba envolviendo, triturando con sus anillos y luego desaparecieron bajo las aguas oscuras.
El pescador dijo que el venado había elegido mala hora para cruzar el lago, cuando las boas salen a comer, debería haber pasado a medio día.
El canal estaba cargado de una corriente de aguas oscuras, surco la corriente utilizando el remo como tangana, prendiendo el remo sobre la tierra húmeda de la orilla del canal, en los troncos de los arboles, en las grandes aletas de la lupuna y finalmente salió del lago y vio que la superficie estaba cubierta por la huama que le daba la apariencia de un campo de futbol.
Y cuando de pronto vio la burbuja de agua que el paiche forma al respirar. Mientras con una mano bogaba, con la otra agarraba el arpón listo para ser arrojado. Cuando de pronto emergió el paiche mama, debía tener tres metros de largo, es decir era del tamaño de la canoa, pudo distinguir el color plomo de sus escamas brillando con el agua, pudo calcular los cientos o miles de paichecitos pegados al cuerpo de la madre, protegiéndose de las acometidas de las pirañas y cuando levanto el arpón para disparar, el paiche se sumergió junto con sus hijos.

De haber tenido el arpón en la mano lo hubiera picado, pensó el pescador, pero se me escapo, para otra vez será.



¿Saben como cazan las boas en las cochas de la selva al paiche?



Disparan un chorro de agua, expulsándolo desde el estomago con una violencia y una fuerza de la bala de un cañón, el paiche queda atontado o muerto y la boa lo traga enterito.

Pero las boas no solo cazan paiches, también comen monos y guacamayos.

Como por ejemplo, un grupo de guacamayos que estaban comiendo frutos de shiringa en la orilla de una cocha, estando a una altura de 15 mtrs. del agua.

Hasta  esa altura les llego el cañonazo de agua de la boa.


Carlos Velásquez Sánchez

lunes, 21 de mayo de 2012

LA FIEBRE DEL CAZADOR

Cuando un cazador sigue obsesionado una bandada de pavas silvestres, paujiles o de tucanes, o corre tras una manada de huanganas, sale de la trocha y se interna confiado en la selva desconocida, es porqué está poseído de la fiebre del cazador, vence obstáculos, salva atajos, trepa, desciende, corre y salta sin medir distancias ni esfuerzos.
Avanza velozmente, siguiendo al animal que se aleja, no tiene tiempo para meditar, apenas mira el suelo que pisan sus piés, despreciando las espinas que lo desgarran y las ramas que intentan detenerle. Hasta que logra hacer puntería, dispara, hiere y mata, deteniéndose jadeante y satisfecho junto a su presa, la amarra , se lo echa a su espalda e inicia el camino de regreso.
Recién entonces, trata de encontrar el camino, mira sorprendido a su alrededor, luego se orienta y parte en determinada dirección, que supone la más acertada, enmienda los rumbos, rectificándole una y otra vez, se detiene indeciso y experimenta una desalentadora sensación que le enturbia la inteligencia.
Sin embargo sigue y sigue sacando energías de donde no existen, para de pronto haber llegado de nuevo al punto de partida, del  cual había salido horas antes, y se da cuenta de que está ¡perdido!.
Esto lo aterra, porque sabe que está prisionero de la selva y le parece que los árboles tuvieran vida y que se le acercan. El cazador emprende la fuga fatal, desaparece la conciencia y solo vé la amenaza de los árboles que le persiguen, oye ruidos y voces, corre y corre, destrozando sus carnes en las espinas,  hiriéndose en los piés al tropezar con las raíces y los troncos, hasta los fieras y los reptiles huyen a su paso.
Esta agonía al escape es lenta y se prolonga a veces días y noches, hasta que el infeliz cae rendido para no levantarse más.
Generalmente los que se pierden en la selva termina rodando al fondo de algún barranco o sumergiéndose en los chupaderos(pantanos).
Cuando un cazador no regresa a su casa, el mismo día de su partida o durante la noche, la noticia se difunde y cuántos lo conocen se reunen al día siguiente para ir a buscarlo, distribuidos en grupos recorren la selva en distintas direcciones, haciendo frecuentes disparos para dar aviso de su presencia y orientar al extraviado.
Los círculos descritos por los gallinazos que vuelan a gran altura indican que el cazador ha muerto.Los que buscan al cazador perdido se orientan por la bandada de gallinazos que descubren al mirar al cielo y acuden a rescatar el cadáver,  antes de ser despedazado por las fieras.
Los aborígenes resisten muchos días perdidos en la selva  y no es raro que logren salir de ella, siguiendo sus instintos de conservación, pero cuando un civilizado se aventura solo por la selva y tiene la desgracia de perderse, su destino es fatal.
Hay tres cosas que causan súbita reacción en el cazador que huye perdido en la selva: el canto del gallo, el ruido de un disparo y el ladrar de los perros.
Al oir el perdido esos sonidos inconfundibles, el infortunado se detiene de golpe, su cerebro vuelve a funcionar normalmente, desaparece el embrujo de la selva y como guiado por una mano providencial, regresa al lejano campamento o se encuentra con quienes han salido en su busca.
 Carlos Velásquez Sánchez

miércoles, 2 de mayo de 2012

EL CAZADOR EN LA SELVA

Los cazadores nacen, pero tienen que prepararse,sobre todo los que cazan a los animales más inteligentes de la selva como el venado y algunos monos. Los venados tienen uno de los olfatos más finos entre todos los animales de la selva. Pueden oler a sus enemigos a cientos de metros de distancia, aunque el olor del enemigo esté mezclado con el de la zangapilla, el perfume del ushún,  las floraciones de la quinilla, la agridulce fragancia del charichuelo, los humore ácidos de la huangana y las rancias exudaciones del mono choro.
Por eso , los cazadores de venado se preparan bañándose con ajo sacha, tomando renaquilla,  dietando la sal, ají y la mujer, porque solo así el cuerpo del cazador es impenetrable al olfato del venado.
Una noche antes de salir a montear, el cazador toma una purga de ayahuasca con chacruna para ver al venado que será entregado por la “madre de la selva”. Puede verle en la mareación y cantando “marirís” lo puede atraer hacia él, agarrarle los cuernos, acariciarle el lomo , tocarle el hociquillo húmedo y sentir su respiración.
Esa noche , durante la mareación el alma del venado queda atrapado por el cazador y al día siguiente cuando penetra en el monte, el venado le está esperando y muchas veces le sigue para entregarse.
                                               LOS YOBE O CAZADOR

Los yobés aprenden desde muy niños los secretos más íntimos de la naturaleza, conocen las propiedades y los nombres de todas las plantas medicinales, en especial de las plantas madres como el ayahuasca, el toé, la chacruna, el ojé y la lupuna.
Como un maestro se interna en la selva para escuchar en el día y en la noche el canto del huancahui, la melodía del pájaro flautero, el horrible grito de la serpiente shushupe y el canto muy fino e inaudible para los seres humanos comunes y corrientes de los yacurunas que viven en las profundidades de las cochas y los ríos.
El aprendiz de YOBE tiene que caminar en la noche por la selva y poder distinguir como lo hace la shosna o la carachupa, el olor del aguajillo hembra y del macho y más aún no tener miedo de hablar con las “madres” de la lupuna, del shihuahuaco, el renaco y otros grandes árboles.
Una vez que han conocido los secretos de la selva y después de una dieta que puede durar meses o años están preparados para elegir el camino de sus vidas como YOBES, ONARAS ó MUERAYAS.
El Yobe es un viroteador o chonteador que lanza flechas mágicas que pueden cazar o matar  a las gentes, lo mismo que un “mitayero” con su presa.

Carlos Velásquez Sánchez

jueves, 12 de abril de 2012

EL BRUJO HUAMBISA

Don Agucho, saca una vieja pipa de su talega y dice: “Esta es la cachimba que me regaló el huambisa. El es un hombre muy fuerte, huacapú parece, nadie puede derrotarlo y me lo regaló bañándolo en su remedio a esta cachimba impenetrable, además está bien icarada.
Yo trabajo con esta cachimba, lo utilizo acá con mi gente, es mi arma , mi hacha y mi machete, no hay maleza que pueda cerrarme el paso. Con él llego al corazón del hombre y a toda mi existencia. Veo hasta donde quiero ver, es también mi amuleto, el cual está hecho de un shungo llamado “bolaquiro”.
La figura que vés aquí, pues donde se pone el tabaco es la figura del huambisa, mira con atención estas rayitas, es su vestimenta, pues este es su cuerpo.¡Está bien hecho! ¡ Mira, mira! Aquí está su cara, sus ojos, su boca y hasta sonríe.¡Ah! que le vás a poder ver!.
Mientras tanto, en el corredor de la vieja casa esperan los pacientes y en la otra habitación se escuchan las aspersiones de aguardiente con tabaco macerado, que el brujo efectúa con su boca para purificar el ambiente.
En silencio Ulico espera a que don Agucho le pueda hacer el trabajito con pusangas y rituales y don Agucho seguía contando de su amigo el Brujo Huambisa_ “Esto te lo vás a llevar” me dijo, cuando ya nos encontramos en Barbón Cocha entregándome la cachimba.
Cuando trabajes con él , yo siempre estaré presente, y así es, esta cachimba ha sido llevado con mucha delicadeza. La boquilla es de hueso de achuni arrecho y conservo tal poder que no es fácil controlar, si no lo sabes operar, fuerzas desconocidas pueden venir en tu perdición.
En otro lugar del Caserío, el corazón de Isabelita late aceleradamente cuando le recuerdo, es como si estuviera ella a la deriva en busca del amor no correspondido. Despierta sobresaltada, se revuelca en la cama sofocada por el calor de la noche, dispuesta a seguir sonriendo antes de quedarse nuevamente dormida y acude a su mente la imagen del indio brujo, con su gran collar de huairuros y ojos de vaca y ella tiene confianza en su inmensa sabiduría.
Y Ulico seguía sentado en una banca y a su lado se sientan dos mujeres, una de ellas llevaba un bebé en sus brazos que lloraba mucho.
¿ Qué ya pues tiene tu llullito, señora?le pregunta una viejita.
¡Ni se sabe! Dice la madre- Ya le vió el médico de la posta, le ha puesto ampolletas y le ha dado frascos de remedio y nada le han hecho y el patrón de la lancha nos ha mandado a don Agucho.
Y en esos instantes el brujo despide a un paciente que sale como mareado y repara en el niñito y su desesperado llanto, lo mira, lo palpa y al levantarlo siente que se lo quieren quitar.
El brujo entiende ésta situación y dice:” Un alguien lo está acariciando y tiene susto. Mientras esparce agua de florida en la habitación y le pregunta a la madre”¿Quién ha muerto en tu familia? Y la madre dice:”Su papá se ha ahogado en el río el mes pasado”
“El lo está acariciando” dice el brujo- “no le quiere dejar, no se quiere ir. Quiere estar con su llullito.”
Ulico que observa la escena, está sorprendido y se sumerge en sus pensamientos, se recuerda subido al zapote para admirarla mejor, sin que ella se diera cuenta y cuando se cruzaban en la calle la ignoraba.
Que lejos quedaron los juegos de infancia y como habían crecido los dos. Isabelita evoca los días ya lejanos cuando iban juntos a la escuela y compartían sus juegos infantiles.
Cuando está frente a don Agucho, Ulico comprende por su mirada, que el brujo ya lo sabe todo. Entonces más confiado Ulico le dice:”Maestro quiero llegar a su corazón, al corazón de Isabelita que vive frente a mi casa.
Y el brujo Agucho le contesta:” ¡Já! , el deseo puede más que la desesperanza. Cuando quiero juntar a un hombre y a una mujer, ahí sí que soy buenazo. Son los deseos los que cuentan, entonces me convierto en huayraviento y comienzo a girar, disparo los virotes que he preparado, untando sus puntas con lágrimas de la buceta y filtros de la madre shimipampán, agrego hojitas del olvido y algunas otras cositas que yo solo sé y viajo en el shungo de uno de los virotes hasta el rinconcito donde duermen los quereres y llevo así cuidadosamente orillados los deseos de mi cliente.
Mientras tanto, Isabelita duerme el más dulce sueño, sueño que su inmenso amor convertido en pedacitos va siendo unido y empezaba ya a sentir la poderosa presencia de Ulico y los dos se entrelazaban como si estuvieran amarrados.
Y el brujo Agucho seguía lanzando bocanadas de humo con palabras mágicas y sus cánticos. El brujo siempre con su vestimenta a rayas y su sabiduría de siglos.
Al día siguiente en el río Ucayali, una pequeña canoa se apresta a atracar en la Hoyada, Isabelita maniobra el remo desde la popa y en la punta Ulico, se les veía muy felices.
Don Agucho guarda en su talega la vieja cachimba y dice:” ¡Já! Así fue, pues como lo conocí, ambos tejíamos los sueños de dos jóvenes que se amaban sin saberlo.
Ahora serán felices para toda la vida, gracias al Brujo Huambisa.

Carlos Velásquez Sánchez