jueves, 19 de marzo de 2015

EL CHULLACHAQUI - DIOS ECOLOGICO

EL CHULLACHAQUI : DIOS ECOLOGICO DEL BOSQUE AMAZONICO
Por : Roger Rummrill

Don Oroma dio inicio a su relato de la siguiente manera:
–Así como los cerros tienen sus dioses, que son sus guardianes y protectores, los muquis, los bosques de la Amazonía también tienen sus dioses, sus protectores y sus guardianes, son los llamadossacharunachullachaquisyashingosshapshicosshapingos,shatucosshitacosshollacos. Les contaré sobre los chullachaquis.
Los chullachaquis son de pequeña estatura, por lo que pueden moverse mejor en el bosque. Son de color oscuro y tienen una cabeza desproporcionada para su tamaño; pero más que por su pequeña estatura, su cabezota y su color oscuro, el chullachaqui tiene una característica muy especial en sus pies. Éstos son desiguales y de ahí viene su nombre en el idioma de los incas, chulla, desigual, y chaqui, pie. Uno de sus pies apunta hacia delante y el otro, hacia atrás.
Y en sus pies está la clave de su secreto, el enigma de su existencia y el misterio de su relación con los hombres. Muchas veces, los hombres y las mujeres caminando en el bosque y en la orilla de un arroyo encuentran las huellas de un pie que ha caminado en una dirección. Si están desorientados, puede ser que sigan la dirección de esas huellas que no conducen a ninguna parte; pero también puede ocurrir que sigan las huellas en dirección contraria y ocurra que vuelvan y retornen al punto de donde partieron.
Entonces, los hombres y mujeres, siguiendo estas huellas, van y vienen en una ida y un retorno sin término, circulando, girando como es el tiempo y la vida en el bosque, que no tiene principio ni fin.
El chullachaqui tiene buen humor, le gusta jugar y es un ser sonriente. Le encantan los niños. Cuando éstos están solos en sus chozas, porque los padres se han ido a la chacra, de pesca o de cacería, se acerca y juega con ellos. Para no asustarlos con su cabezota y sus pies desiguales se transforma en el padre la madre, el hermano o hermana, el tío o el amigo.
Cuando decide irse, porque supone que los padres de los niños están por llegar, el niño, la niña o los niños le siguen por el bosque, confundidos por la apariencia del chullachaqui; por eso muchas veces se han encontrado niños perdidos en el bosque, llorando y abandonados.
El chullachaqui se enoja mucho cuando los hombres talan los árboles del bosque en exceso, más allá de sus necesidades, sobre todo no le gusta que corten las grandes lupunas, las catahuas y los renacos, es decir, los árboles que tienen madre porque, en el bosque, los árboles, los ríos, las cochas, el arco iris, todos los seres tienen madre. Para evitar que los hombres destruyan el bosque, el chullachaqui usa todas sus artes. Lanza truenos y rayos que asustan a los hombres, hace llover copiosamente para apagar el fuego del bosque, avisa a las isulas, las grandes hormigas venenosas, para que ataquen a los taladores; también, a las huayrangas, las avispas gigantes, para que piquen y produzcan fiebre.
El chullachaqui castiga a los hombres que son enemigos de los animales del bosque, a los cazadores que matan con crueldad y demasía a la fauna de sajinos, huanganas, venados, tapires, ronsocos, majases, añujes, carachupas, otorongos, monos, aves como paujiles, trompeteros, pavas, pucacungas y perdices.
Para castigar a un cazador, el chullachaqui se transforma en venado, la pieza de caza más apetecible y más buscada del cazador. Convertido en venado, se deja ver por el cazador a tiro de arma, luego rápidamente se aleja y, después, se detiene, esperándole. Cuando éste le da alcance y otra vez lo tienen en la línea de mira de su escopeta, el venado se aleja otra vez y así prosigue con este juego hasta llevar al cazador al interior del bosque donde lo deja, finalmente, perdido.
Lo mismo hace con los cazadores de monos. Se transforma en un hermoso mono choro o una maquisapa y se hace perseguir por el cazador hacia el interior del bosque. Ahí desaparece de la vista de éste que, al final, pierde no sólo al mono sino también la trocha para regresar. El chullachaqui también puede transformarse en un paujil, la gran ave del tamaño de un pavo que vive en el corazón de la selva, para engañar a los cazadores ambiciosos y llevarlos a lo más profundo del bosque y dejarlos perdidos.
El chullachaqui también hace su chacra en medio del bosque. Muchas veces se puede escuchar, en plena selva, un golpe seco de machete o de hacha como de alguien que está trabajando en el bosque. Es el chullachaqui que está haciendo su chacra.
–Don Oroma, ¿usted ha visto alguna vez un chullachaqui? –preguntó Camuchín, interrumpiendo el relato del viejo, sin poder contener su curiosidad. Los demás muchachos estaban muy atentos, imaginando estar en el bosque, siguiendo las huellas de los pies desiguales.
–Sí, he visto no sólo una sino varias veces al chullachaqui. Les voy a contar sobre aquella vez que me encontré con él y que se transformó en mi hermano Otoniel. Vengan todos conmigo –dijo y comenzó su relato–. Era el mes de enero de un año que recuerdo muy bien, que se ha quedado fijo en mi memoria porque ese año el río Amazonas se desbordó, creció como no lo había hecho en mucho tiempo, inundando las chacras y las casas en todos los pueblos. Con la naturaleza que cambia y se transforma, también cambia la vida de los hombres porque, como ustedes saben, la vida del hombre en el río y en el bosque tiene dos etapas muy marcadas, el invierno y el verano, las dos únicas estaciones que conocemos del clima y que también son estaciones de nuestras vidas.
En ese mes de enero, sólo conocíamos el agua y el bosque inundado. Sólo había tierra en la restinga, una parte alta del boque donde los animales habían buscado refugio. Tomé mi canoa y me dirigí a la restinga para buscar tortugas motelos y huevos de perdiz.
Desde que puse los pies en la restinga, mientras caminaba por la hojarasca húmeda del monte, presentí que algo extraño me iba a pasar. El primer aviso fue el canto de la chicua, el pájaro de mal agüero. Luego una serpiente loro machaco se cruzó en mi camino. La serpiente también es un mal anuncio. Súbitamente escuché voces a mi espalda. Giré rápidamente el rostro y, asombrado, vi que mi hermano Otoniel avanzaba hacia mí.
–¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has retornado de Tapira? –le pregunté. Él había viajado al pueblo de Tapira recién el día anterior y tenía previsto regresar el fin de semana.
–Llegué esta mañana y como me enteré que has venido a la restinga, he venido a darte alcance –contestó con naturalidad.
-Pero no has traído tu escopeta. ¿Con qué vas a balear? –le dije, sorprendido de que estuviera en la restinga sin su arma.
–Te voy a ayudar a cargar lo que tú mates –respondió prestamente.
El bosque, que hacía sólo unos instantes era un concierto de cantos de pájaros, de aullidos de monos, de la estridencia de las cigarras y de algún lejano rugido del tigre otorongo, se había quedado extrañamente en silencio.
El silencio se quebró con las palabras de Otoniel:
–Estoy escuchando el canto de un paujil –me dijo apuntando en la dirección de una hilera densa de palmeras tagua.
–Ven, sígueme –dijo y caminó con gran agilidad y destreza debajo de las palmeras.
En ese instante volvió a cantar la chicua y tuve miedo. Empecé a correr detrás de Otoniel y grité:
–Espérame.
Se detuvo para mirarme y fue, en ese momento, en que pude ver sus pies desiguales en la hojarasca.
–¡El chullachaqui! –grité aterrorizado y emprendí una loca carrera con dirección a mi canoa.
Después de ese susto, abandoné la cacería de animales para siempre.


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