miércoles, 30 de marzo de 2016

SOLEDAD


El monstruo entró en el  tambo abierto y Celina no pudo hacer más que apretar contra su pecho a su hijo de cinco días de nacido.
La boa, de 30 mtrs. lengua afuera y los ojos relucientes, se subió a la cama y anudando la cola en una viga como punto de apoyo enrolló con su largo cuerpo a madre y niño matándolos.
Se desprendió de la viga, cayendo totalmente sobre la cama de palos, destrozándolo y cubrió con su baba los cadáveres de la madre y el niño y se los tragó, desapareciendo enseguida por la chacra y el bosque.
Quedando en el tambo un olor raro, a fango, a pantano, a boa.
Eso lo percibió Rufino Huayachi cuando se acercaba a su tambo, con dos paujiles que mató en el bosque.
Había dio a cazar para complacer a Celina, recién parida y que se le antojó tonar un caldo de aves de monte.
Corrió a su tambo, vio con asombro los destrozos en su tambo, no se hallaba su mujer ni su hijito, descubrió sangre y flemas, era la baba de la boa ya que todo el tambo trascendía a boa.
Comprendió lo ocurrido y empezó a llorar, su mujer y su hijito tragados por una boa. No debió dejarlos solos.
Reaccionó, decidiendo buscar a la boa y matarlo, hacerlo pedacitos.
Estaría en algún lugar del bosque, enroscada, durmiendo, digiriendo a su mujer y a su Jorgito…sus seres más queridos dentro de la boa, pero la encontraría donde estuviese.
Revisó su carabina, la cargó con toas las balas, cogió su machete largo y una hacha.
Y comenzó a seguir las huellas de la boa desde la casa, no le fue difícil, pues el surco de su desplazamiento era visible por medio de la chacra, con troncos de plátano tumbados en el suelo y hacia el río.
La maldita ha bandeado el riachuelo, dijo Rufino y lo cruzó también él, encontrando en la otra margen el surco de la fiera.
Anochecía, pero continuaba la búsqueda del monstruo, hasta que la ubicó dentro de un palmeral…la boa enroscada, dormía, la luna iluminaba parcialmente a la boa.
Rufino Huayachi estaba frente a la boa, pisando firme le apuntó el arma a la cabeza y le descerrajó dos tiros. La boa cegada de sangre, se desenroscó, elevándose a cierta altura y cayendo pesadamente, chicoteando con la cola las palmeras.
Huayachi, le acertó dos tiros más, cuidando de no balearla en la panza donde se hallaban su mujer y su hijo, en su panza abultada, la boa se estiró, palpitante de agonía, Rufino la contemplaba hasta que quedó muerta.
Huayachi se le acercó con el machete y el hacha, empezó rabiosamente a cortarla en pedacitos, menos la panza, que procuró abrirla suavemente con el anhelo de encontrar siquiera el rostro de sus seres queridos, sino enteros, por lo menos parte de sus rostros.
De su hijo encontró solo un piececito y de su mujer una parte  de su cráneo con un poco de cabellera.
La luna alumbraba la escena.

Rufino, recogiendo en anchas hojas de bijao los restos sanguinolentos y flemosos volvió a su tambo y amaneció velando esos restos ante una lámpara de aceite, los enterró al costado del tambo con una cruz de palos coronados de flores silvestres y se fue de su tambo para siempre.

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